narrativa

Orígenes: Los obeliscos de Roma by Valentí Gómez i Oliver

Imagén by Valentí Goméz i Oliver

Tal vez el obelisco sea “un rayo de sol petrificado”. Los antiguos egipcios lo consideraban un ser vivo, una entidad autónoma que tenía naturaleza divina. Los propios faraones les atribuían una gran importancia y, al erigir uno, hacían inscribir su nombre de modo que, mágicamente, pudieran gozar de una protección completa durante toda la eternidad. El mayor culto a los obeliscos se produjo durante la época faraónica en la ciudad egipcia de On, en griego Heliópolis (ciudad del sol).

 Los antiguos romanos trasladaron numerosos obeliscos egipcios a su capital. Esta “ruta de los obeliscos” incluye a los que resisten desde la época clásica-trece- más el de Axum (abisinio) y otras dos rarezas. Todos los obeliscos, menos el de la Villa Torlonia y el del Foro Itálico, están dentro de la ciudad amurallada. La belleza de los obeliscos- una especie de metrónomos en los que se ha subtituido el péndulo por el jeroglífico- está acompañada por su ubicación en lugares esplendorosos: empezaremos por el más grande.

Plaza San Juan de Letrán. En esta plaza se encuentra la basilica homónima, considerada la catedral de Roma. En el centro estuvo la estatua de Marco Aurelio (hoy en el Campidoglio) y ahora ocupa su lugar el impresionante obelisco de granito rojo de Tuthmosis III. Provenía de Tebas, siglo XV a.C. y es el más antiguo de la ciudad. También el más grande: 32 m. (son 46 m. incluída la base). Constantino lo trasladó a Alejandría y Constancio II lo llevó a Roma, al Circo Máximo. Fue Sixto V quien lo erigió de nuevo. Si observamos con detenimiento un obelisco veremos como la parte superior- que los egipcios llamaban ben-ben y los griegos piramidion– tiene forma de una pequeña pirámide.

Villa Mattei (Villa Celimontana). Algunos historiadores creen que la pequeña pirámide de la parte superior era, originariamente, una lámina de oro. Es por ello que al reflejar los rayos de sol, lo hacía de manera extraordinaria. En esta villa típica del Cinquecento romano- rodeada por el Coliseo, por las Iglesias del Celio- fue colocado el obelisco de Ramsés II, regalo del Senado Romano que antes estuvo en el Capitolio, adornando un templo de Isis. Siglos más tarde, el nuevo propietario de la villa, el príncipe Manuel de Godoy, lo colocó (1820) en la entrada del palacio, donde está ahora.   

Axum. Este obelisco de origen abisinio, llegó a Italia en 1937. Ha estado situado en un lugar con una fabulosa vista panorámica, frente al Circo Máximo.  Presentaba un carácter completamente fálico, con la punta del monolito “circuncidada”. Tras una larga pugna con su legítimo propietario, Etiopía, ha sido devuelto y desde 2008 puede verse allí.

Villa Torlonia. Obelisco fuera de la ciudad amurallada- muy cerca de la Porta Pia, a cuatro pasos del centro por la Via Nomentana- fue construido en el siglo XIX, siguiendo la moda de los artefactos que evocaban las antiguas civilizaciones, especialmente la egipcia. Famosa villa por haber sido la residencia de Benito Mussolini durante el “ventenio” fascista (comienza en 1922). En este conjunto neoclásico de los nobles Torlonia, destaca el parque en el que resaltan las catacumbas hebreas de los siglos II y III.

Plaza del Esquilino. El origen de los obeliscos es antiquísimo y han estado asociados con el pájaro Beni (para otros Benu o Bennu), equivalente a nuestra ave Fénix. Antiguamente esta ave, que se autogeneraba, volaba desde Oriente hasta Heliópolis. En una de las siete colinas romanas, zona de gran lujo en la época de Augusto, destaca un obelisco (gemelo del que está en el Quirinal) que tiene 14 m. y antes estuvo en la entrada del Mausoleo de Augusto. Erigido de nuevo por Sixto V mantiene el tipo en la plaza y, casi de reojo, protege la espalda de la basílica de Santa María la Mayor.

Plaza del Quirinal. Al igual que el ave Fénix, que residía durante cinco años en Heliópolis y al final regresaba a Oriente, para ceder su lugar a la nueva ave Fénix, los obeliscos fueron desplazados de un lugar a otro de la ciudad según las necesidadaes del diseño urbanístico. Le ocurrió al obelisco “gemelo” del anterior, colocado en 1783 por Pío VI, en esta plaza, en medio de las dos estatuas de los Dióscuros (hijos de Zeus), copias romanas de originales griegos atribuidos a Fidias y Praxíteles.

Salustiano. Hay una tradición que asegura que el ave Fénix nacía entre las llamas del fuego y por eso, como símbolo de inmortalidad, tuvo para los filósofos herméticos (Roma ha acogido a muchos de ellos) gran importancia. En una zona muy conocida, llena de aliento creativo, en la plaza Trinità dei Monti, cuya famosa escalinata desemboca en la Plaza de España, surge el obelisco Salustiano. Fue hallado en los Huertos Salustianos de la Via Salaria y es una imitación romana de los egipcios. Colocado en su actual ubicación por Pío VI en 1789.

Pincio. Los antiguos romanos transportaron los obeliscos a Roma para disfrutarlos estéticamente y por el gran respeto que les infundía la civilización egipcia. Hay estudiosos que afirman que el número de obeliscos en Roma llegó a ser una cincuentena. Nosotros veremos menos. Algunos son auténticos pero con falsas incisiones. Otros incluso son imitaciones (¡obeliscos y jeroglíficos falsos!). El que está en el Pincio- terraza desde la que se admira Roma- es una copia romana que adornaba la entrada de la tumba que Adriano erigió para su favorito, el joven Antinoo. Fue Pío VI quien lo ha hecho llegar hasta aquí.

Plaza del Popolo. Domina el centro de la plaza el obelisco de Ramsés II, dedicado a Ra, trasladado a Roma por Augusto y colocado en el Circo Máximo. Tiene unos 35m. Erigido por Sixto V. Este Papa lo hizo colocar, minuciosamente,  para que pudiera ser visto, siempre y a cualquier hora, desde las tres calles que desembocan en la plaza. El amor por la minuciosidad le jugó, siglos más tarde, una mala pasada al jesuita Athanasius Kircher- famoso astrónomo y matemático del siglo XVIII- quien elaboró una interpretación muy “personal” y disparatada de los jeroglíficos, al considerarlos solo un símbolo mágico y no- lo que realmente son- ¡parte de un sistema lingüístico!

Psamético.  En 1822, afortunadamente, Jean-François Champolion  descubrió la piedra de Rosetta: textos en jeroglífico, demótico y griego. El enigma de los jeroglíficos empezó a ser desvelado. El obelisco de Psamético II, procedía de Heliópolis y fue colocado por Augusto en el Campo Marzio. Inutilizado por un incendio, fue recuperado por Benedicto XIV (siglo XVIII). Para repararlo tuvieron que utilizar las placas de granito rojo de la famosa columna Antonina, lo cual se evidencia y resalta al contemplarlo en la plaza de Montecitorio, sede actual  de la Cámara de los Diputados.

Plaza de la Rotonda. Ya en el siglo XVI el arquitecto Domenico Fontana diseñó la ciudad en forma de estrella (in sideris formam), utilizando los obeliscos para evidenciar los puntos más importantes de la ciudad. En esta plaza se halla el Panteón, templo pagano construido por Agripa y reconstruido por Adriano. Frente al templo refresca la hermosa fuente de Giacomo Della Porta, en cuyo centro se asoma el pequeño obelisco, hallado cerca de aquí y colocado por Clemente XI.

Plaza de la Minerva. Un antiguo templo dedicado a Minerva da el nombre a la plaza. Una zona adyacente llamada Minervium estaba habitada, en su mayoría, por la colonia egipcia de Roma. Se han hallado algunos obeliscos. El que aparece a lomos de un simpático elefante- obra del genial Bernini- estuvo rindiendo culto en Egipto a la diosa Neith, correspondiente a la Minerva romana. El encargo a Bernini se lo hizo Alejandro VII para celebrar su pontificado con algo espectacular e imitar al papa Inocencio X.

Plaza Navona. El papa Inocencio X le encargó a Bernini la fuente central, la Fuente de los Ríos. En la cima se colocó el obelisco de la época de Domiciano, que yacía en la Via Appia. Los obeliscos nos hacen pensar en el sol, en el dios Ra, en sus cultos, en los seres a los que protege. Entre ellos los ríos, en esta plaza aventajados malabaristas que sostienen el obelisco. Sus nombres: Ganges,  Nilo,  Río de la Plata y  Danubio.

Plaza de San Pedro. Uno de los mayores “sembradores” de obeliscos en el siglo XVI fue el papa Sixto V. No quiso que los elementos paganos de los monolitos confraternizaran mucho con la atmósfera cristiana de la ciudad; para ello durante su papado (1585-1590) todos los obeliscos debieron culminar la pequeña pirámide con la cruz y parte del blasón de su familia. Lo comprobamos al ver el obelisco en la plaza con la basílica más grande del mundo. El obelisco llegó de Heliópolis, en el 37 d.C, y pesaba casi 500 toneladas. Colocarlo costó 4 meses de trabajo, más de mil obreros, fatigas … y a quien rezara un padrenuestro y un avemaría a la cruz del obelisco, el papa le concedía una indulgencia de diez años.

Foro Itálico. Obelisco dedicado a Mussolini, reciente. Restaurado presenta láminas de oro que cubren la parte superior del monolito

¿Obeliscos enterrados?

En la iglesia de San Luis de los Franceses, cerca de plaza Navona, hay tres cuadros de Caravaggio que vale la pena visitar. Modernos estudiosos afirman que, tal vez, un gran obelisco de mármol rojo yace debajo de la plaza donde se yergue la iglesia. Y otros más atrevidos hablan de más obeliscos enterrados. Como decía Ramón Gómez de la Serna, “el obelisco es la palmatoria de los siglos”, y tendremos mucho tiempo para desenterrarlos, si los hubiere. Ma, chi lo sa?

Bibliografía del artículo

  1.  El último libro del gran egiptologo italiano, completado a su muerte por la estudiosa Partini ; Boris de Rachewiltz, Ana Maria Partini, Roma Egizia (Culti, Templi e Divinità Egizie nella Roma imperiale), Edizioni Mediterranee, 1999; en italiano
  2. )Un documento exhaustivo sobre la significación del obelisco; Cristina Zardo, Gli obelischi di Roma, Newton Compton, 2007; en italiano
  3. http://www.egiptomania.com

Bibliografía Valentí Gómez i Oliver


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