narrativa

A LA HORA DE LOS OFICIOS by Paula Castillo Monreal

                                                                                          

La puerta se cerró. Eso fue lo que le dije al enfermero.

El portón comenzó a moverse lento, un suave gruñido le acompañaba en su cadencia. Se arrastraba. Las bisagras, que resplandecían con la luz que les caía directamente del sol, giraban en cámara lenta como las barras de los caballitos de la feria. Mi cara reflejada en su espejo. No se detuvieron hasta que encontraron el tope de mis dedos.  Entonces ya no pude hacer nada.  Hipnotizada por el recuerdo del tiovivo dejé inmóvil la mano apoyada en el cerco. La puerta se terminó de cerrar.

Todas corrían, y mientras se alejaban, su zumbido se hizo insoportable.

«¡Bruja!», gritaban.

Supe quiénes eran. Les había visto las caras. Sin pudor, pasaron por delante de mí. Nos miramos. A pesar de las capuchas no podían ocultar sus ojos saltones y oscuros. Yo, con la cara al aire. La cara destemplada por el dolor. No se me ocurrió hacer nada mientras el portón me apresaba entre sus fauces. Solo cuando terminó de cerrarse y escuché el chasquido, solo entonces, sin dejar de mirar la calle por la que habían desaparecido, empujé la puerta para liberarme.

Girar y empujar. Era sencillo; como el tirador en la esgrima que se estira desplazándose en forma de flecha. Con el cuerpo vencido hacia mi pierna adelantada, extendí el brazo izquierdo y me giré entera. Empujé sin fuerza una de las hojas del portón de la iglesia.  La otra, con el parteluz de testigo, reverenciaba a los fieles que entraban y salían de los oficios.

Allí continuaban los dedos, quietos. Solo yo sentía su palpitar.

La sangre manchaba el cerco de la madera desgastada. La sangre roja que escurría por el canto de hierro apestaba a azufre. Los dedos envueltos por la sangre espesa. Los dedos, desprotegidos, con la carne expuesta, empujaban la rendija semi abierta. Mis dedos que ya no lo eran.

Las uñas me cuelgan con cara de asco y gimo de miedo. Otra vez el zumbido y el crec crec de sus huesos retorcidos por el movimiento de las alas mientras corren hacia mí. Vienen de abajo, de las chabolas junto al río, donde los cipreses miran por encima de sus muertos.

Entre el asco y el dolor caigo vencida.

«La puerta se cerró». Eso fue lo que le dije al fraile enfermero. «Pero a tus dedos no les pasa nada, niña», me dijo mientras giraba una y otra vez mi mano, y sacudía las moscas que me rondaban.

Al salir, de reojo, las vi paradas junto a la puerta. Sin mirarme se relamían.

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3 respuestas »

  1. Hola Paula, lo he tenido que leer dos veces, y aún así me desconcierta y sorprende. Creo que he quedado atrapado en la atmosfera que has creado. Desde hoy, miraré las moscas con otros ojos.
    Un saludo.

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