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 LA VIDA DE PETER                                                                                            by Paula Castillo Monreal

Horacio se sentó abatido a la espera del último autobús que le llevase a casa. El día no se le había dado bien. Regresaba con los mismos cuchillos con los que había salido apenas despuntaba el día. Ni una venta. Dejó la maleta en el suelo, respiró y cuando divisó el 71, se quitó el sombrero que aburrido dormitaba, y mirándolo con los ojos llenos de lágrimas, lo dejó sobre el banco de piedra. Cuando la puerta del ómnibus se abrió, Horacio dio un salto y se esfumó.

Las alas caídas de Peter —así llamaba Horacio a su sombrero—, comenzaron a moverse con el viento que ya arrastraba hojas secas. Sintió miedo. Horacio le había abandonado. Sacó sus múltiples ventosas, desgastadas por la edad, y se sujetó como pudo al asiento de piedra.  Una mujer de gran envergadura se sentó a su lado. Debajo de los pliegues de la falda quedó sepultado, y por un momento respiró. La mujer lloraba sin consuelo posible. Peter la miró de reojo intentando averiguar su aflicción. Al pestañear, la mujer sintió cosquillas. Se sacudió la falda pensando que sería alguna hormiga, y al verlo, lo apartó de un manotazo. De nuevo, Peter tuvo miedo y pensó que nadie querría un sombrero aburrido y viejo como él. Una furgoneta paró delante de ellos, alguien desde dentro, abrió la puerta. La mujer dio un salto y se esfumó.

A Peter le comenzaron a fallar las fuerzas. No conseguiría resistir el viento ni la noche a la intemperie. Ahora era él quien lloraba. Lo habían abandonado. A él, al aburrido de Peter. Así le dijo la novia a su inseparable Horacio: «Deshazte de ese aburrido sombrero. No venderás ni un cuchillo si continúas presentándote con él». Pero él nunca pensó que Horacio haría caso de semejante majadería. Toda una vida protegiendo los cuatro pelos grasientos de su amigo, para que ahora sin más, le abandonase. Solo por una mujer celosa y estúpida. Ni siquiera unas palabras, o haberle buscado una casa o incluso una residencia para pasar sus últimos días. Nada.

Estaba en estas elucubraciones cuando un tipo con olor a ginebra se sentó encima. Su espalda crujió, apenas podía respirar. El tipo lo agarró con su mano nervuda, y después de mirarlo, se tapó la cara con él y se durmió. El viento amenazaba fuerte. Peter, mareado por los efluvios etílicos, pensó que sería un infierno la vida junto al borracho, y le mordió. El hombre logró abrirle las mandíbulas, y bruscamente, lo tiró tras los setos. Peter, espantado por el olor, se dio cuenta que había caído sobre una pasta blanda cuya  procedencia imaginó. «¿Cómo podré salir de aquí, hundido en la miseria?» pensó a la vez que la fontanela se le vino a la garganta. La bota del tipo la sentía ahora sobre las amígdalas, y allí lo dejó agonizando.  

Cuando Horacio llegó a casa, se llevó la mano a la cabeza para quitarse a Peter de encima. Solo encontró un vacío sobre el que lloró. Recordó los años felices cuando los dos salían perfumados y de punta en blanco. Inseparables, viajaron a países exóticos y ciudades con grandes avenidas. Siempre juntos, Horacio y su aburrido sombrero de color marrón. Eso le decía Natalia, su novia.

—No aguanto su tristeza, Horacio. Sin él, tú eres otro. Cuando te lo quitas, la cara se te ilumina del color de la vida.

—¡Qué cosas dices, Natalia! Solo es un sombrero.

—Haz lo que quieras, pero no volveré contigo hasta que te deshagas de él. No ganarás un duro con él. Es más, te hará perder todo lo que tienes.

Y se dejaron de hablar. Horacio intentó salir algún día sin él, pero un sentimiento de culpa le hacía volver a casa inmediatamente.

—O Peter, o yo —le dijo como ultimátum, Natalia.

Y ese día salió con él en la mano, sin mirarlo. Los ojos de Peter clavados en el cuello. El vómito en la garganta al recordar el momento de su huída.

—No te preocupes tanto por tu aburrido sombrero. Alguien lo recogerá —le dijo Natalia con dos copas de vino en la mano—. ¡Celebremos que por fin estamos solos!

Sentado en el parque, cansado de cargar con los cuchillos que no vendía, se fijó en el mendigo que pedía limosna con un sombrero viejo de fieltro marrón. A pesar de que le faltaba un trozo de ala y del esparadrapo que le cubría la copa, había algo en sus ojos que le recordaba a Peter. ¡Era Peter! Avergonzado y sin querer que lo viera, cogió sus cuchillos y se escondió.

Horacio, no daba crédito a lo que estaba viendo; los niños, los hombres y mujeres que estaban por el parque, todos sin excepción, dejaban caer monedas en los bolsillos de Peter. El mendigo, agradecido, les bailaba y tocaba la flauta. Al terminar la jornada laboral, el mendigo se vació las monedas en los bolsillos de la chaqueta, y se puso el sombrero.

—¡Eh, amigo! —le llamó Horacio—le compro el sobrero.

Extrañado el mendigo le miró.

—Ni por todo el oro del mundo le vendería a usted mi sombrero, ahora que lo he encontrado.

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