Archipielago

Un día cualquiera en una ciudad de mar

 Comer con los dedos

By Paula Castillo Monreal

Huele a comino y a sexo. Y a pimienta y canela. También a excremento de dromedario y a tierra roja mojada. Al entrar en la casa, el olor del café me apacigua el alma. Lo han hecho para mí, también los hojaldres que mojo en el Qáhue bajo la atenta mirada de Sadiq. Se ríe. Me dice que no recordaba haberme visto comer así: con tanta voracidad. Después vinieron las presentaciones, solo había mujeres en la casa: la madre, la esposa, la hija, la suegra. Los hombres inundan de música las calles, y tras ellos los turistas que bailan al ritmo de las notas improvisadas. Son las mujeres las que llevan el agua a los cauces secos de los ríos que riegan los oasis. Cuando regresan, organizan la casa y la aldea, y esperan a que regresen los hombres. Un escalofrío me recorre entera, y al tocarme los brazos me extraña la humedad que siento. Las temperaturas en el desierto pueden variar mucho. Durante el día, cuando el sol cae vertical sobre las dunas, pueden subir hasta cuarenta y cinco grados, sin embargo, durante la noche, bajan hasta los quince.  No traje ropa de abrigo, pienso.

            La música no cesa. Solo tengo en mi mente el deseo de que todo se convierta en silencio. El sonido metálico de las castañuelas me rompe los tímpanos. Dicen que es para que no se olvide el ruido de las cadenas. Las caravanas de hombres atravesando el desierto. Su música recuerda lo que antes era su lamento. No me reconozco en ella. Los golpes del tambor y los golpes de las cuerdas, las castañuelas croando sin parar. Todo me retumba, el corazón y las vísceras. Quiero a Sadiq que me mira más allá de lo que soy. Piensa que no respondo como siento, que hay algo en mí que no fluye. «Tus ríos tampoco fluyen a pesar de la música», le digo. Y entonces se ríe. «Tienes que liberar a Laura, liberarte tú», y me manda a descansar como si fuera su hija.  Esta noche me han invitado a asistir a una Lila, la ceremonia más importante de la aldea: un ritual ligado al poder de los espíritus. Más música, más tambores y castañuelas. Sonrío a Sadiq que intenta averiguarme.

Después del desayuno, es la madre de Sadiq la que me lleva a una habitación con un ventanuco por el que se cuela la luz, pienso que en un par de horas se llenará de sombras. El colchón está en el suelo sobre alfombras tejidas por ella. Así me dijo. El olor al curtido de las pieles y los tintes inundan el habitáculo que me han cedido para vivir el tiempo que desee quedarme. Mientras, la hermana de Sadiq tendrá que dormir con la madre. «No se moleste», le digo. «Yo no sé el tiempo que voy a quedarme». Pero ella solo habla la lengua Mandé. Sin deshacer el equipaje, me quito los zapatos y froto los pies contra el pelo de la alfombra. No sé porqué lo hago, pero me alivia el desconcierto y hace que olvide mis preguntas, y el cuerpo se me llena de espacio. Consigo dormir. Por primera vez desde que murió, sueño con Laura. Es un sueño tranquilo, no hay tambores ni cadenas. Nos abrazamos bajo el techo de las estrellas y siento esa alegría inmensa que queda después del agotamiento, del olvido de uno mismo y del mundo.         

Tengo el privilegio de comer en la habitación rectangular, rodeada de hombres con chilabas blancas. Comemos sentados sobre cojines vestidos de blanco y con flores de colores bordadas. Las mujeres continúan en la cocina, se las oye reír. Me confunde no estar con ellas, pero el placer de comer con las manos hace que me olvide. Hago lo que ellos: me chupo los dedos, y la música, las conversaciones y las risas se desvanecen. Despierta mis sentidos el aroma del comino, y cuando mastico un grano de pimienta, lloro. Tomo un muslo de pollo de la bandeja con los dedos pegajosos de cuscús y mastico la cebolla que lo envuelve mientras se me escapa la risa. La boca convertida en una fiesta. Solo bebo té que me sirve la mujer de Sadiq, y sin embargo siento que estoy ebria.

Salimos todos juntos hacia la Lila, y el paisaje es un paquete de papel charol color naranja. Caminamos entre sabores y olores de los que el cuerpo se impregna.  La música que no cesa. A penas sé moverme con la chilaba blanca que me cubre. Arrastro con ella todo lo que cabe dentro.  Las castañuelas, me parecen ahora una suave melodía, y los tambores, el fondo que la sostiene. Mis pies descalzos juegan en la arena fría de desierto. Anochece. El sol tras las dunas las vuelve malvas, y el pueblo rojo perfila sus líneas. Las piernas se me mueven solas al son de la melodía gnawa. Los músicos han rodeado a un hombre que se tambalea y cae al suelo atormentado por los espasmos. Estoy a punto de ir en su ayuda, pero me encuentro presa en mi cuerpo que también tiembla. En ese momento los tambores avivan el ritmo, persiguen al hombre en su movimiento hasta que el espíritu logra salir de su cuerpo. Y entonces se queda abatido, tirado en la arena. Quieto por fin, la música cesa. Caigo de rodillas iluminada por las hogueras y del temblor paso a la náusea. Alejada del grupo logro apoyarme en el tronco seco que empuja con sus ramas la fachada de la casa. «Ha sido una ceremonia conjunta», oigo que dicen los turistas del campamento. Cuando vuelvo en mí estoy acostada en la cama con una ropa que no es mía. Sonrío al pensar que no es Sadiq quien me ha desvestido. Y pienso en él, feliz con su mujer y sus hijos.

Al salir dejo abandonadas todas mis cosas. Solo la melhfa añil me envuelve.

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