Archipielago

DIBUJANDO CORAZONES EN LA NIEVE   by Q. Molina

Su esposo, Yoshimo, falleció durante el invierno, ya no podrá contemplar las flores de los cerezos que tanto amaba. Fue él quien cavó los agujeros y los plantó, mucho antes de la gran guerra,  uno por cada hijo, tres en total. Cómo la última en nacer fue Aiko, eligieron  un cerezo de flor rosada, a diferencia de los otros dos, blancos. Decía Yoshimo que el color rosa de los pétalos era debido a la tragedia, las flores en su origen  eran  níveas, pero tras los sangrientos episodios de guerras del pasado, en los que innumerables samuráis perdieron la vida, sus viudas no soportando la perdida, y ante un futuro sombrío e incierto, realizaban el ritual de seppuku, entregando su vida a los pies de los honorables árboles. Y ellos transmutaban  el dolor, la sangre y  las lágrimas, en pétalos rosáceos de delicada y efímera belleza.

Los dos hijos varones fueron a la guerra, no regresaron a Nagano, ni tan solo los cadáveres. El pequeño formaba parte de la unidad ‘Viento divino’ y la nota decía: «Fallecido honorablemente en defensa de su país», pero ella, siendo una madre, supo que su hijo murió entre llamas y hierros retorcidos, aullando de dolor.  Su árbol lo anunció con una insólita floración anaranjada. El hijo mayor murió un año más tarde, ahogado en el océano, durante  el desembarco en una de las  islas filipinas. Aquel año su árbol no floreció, algunos lo achacaron a las lluvias inusuales de aquella primavera que anegaron la tierra. Sí, ocurrió en el agua, ella lo supo.

Después del horror de los hongos de fuego y la rendición, la población dejó de mencionar el conflicto bélico, como si se tratara de un fantasma maligno que no convenía invocar, se hablaba de economía y modernización, el ave fénix de la esperanza renacía de las cenizas de una tierra calcinada.  Los tres cerezos sincronizaron su floración, el tono de las flores blancas desapareció, fue sustituido por un pálido arrebol, un sonrojo tímido del cielo, al atardecer. Yoshimo contemplaba las nubes de flores y no se explicaba la mutación, murmuraba sobre híbridos, polinización cruzada y abejas, aunque  ella sabía que era asunto de los kami, no estaba al alcance de la comprensión de los hombres.

Aiko era diferente, delicada y esbelta,  suave como un copo de nieve, dura y fría como el hielo, con la furia explosiva de una tempestad. Practicaba secretamente una antigua vía,  desde que era niña, con un yamabushi, un asceta retirado en una gruta de la montaña. El hilo rojo unía a su hija al destino de aquel anciano,  su cerezo también lo confirmó, cuando tenía ocho años, las flores estériles se convirtieron en gemas rojas, brillantes como el cristal. Ame lo vio claramente, Aiko tenía el cuerpo de una mujer y el espíritu de un varón. Por ello desde aquel momento, sus padres no se opusieron  a que frecuentara al anacoreta.

Yoshimo no comprendía el designio de los kami, un cerezo ornamental no produce frutos, son  resultado de selecciones genéticas, científicas, durante centurias hasta obtener la floración perfecta. Al principio se encogía de hombros cada vez que veía las cerezas, al mismo tiempo se maravillaba ¿quién puede entender a las deidades de la naturaleza?  La suya era una aceptación plena y serena de la realidad que vivía.  Con la edad cada día se parecía más a su esposa, Ame, idéntico corte de pelo y color, cano casi albo. Ambos se estaban convirtiendo en una imagen especular  de su pareja, sus cuerpecillos  enjutos se encogían al caminar  como si el peso de la vestimenta fuese una carga insoportable.  Sin embargo, era especialmente en el carácter donde el mimetismo se hacía más evidente: frases que iniciaba uno y acababa el otro, simultaneidad de ideas y pensamientos en el mismo instante, y con suma frecuencia, hasta que descubrieron que podían ahorrarse las palabras y entenderse solo con la intención, en silencio.

Ocho meses antes, durante la celebración del hanami, los tres cerezos produjeron una inflorescencia tan opulenta y abundante que ocultó todo el ramaje, doblándolo bajo el peso de las corolas  hasta casi tocar el suelo. Semejaban dulces gigantescos de algodón de azúcar,  nubes de láminas rosadas  suspendidas sobre la hierba.  En el sexto día de vida de las flores, una fina lluvia cayó coronando los pétalos con brillantes y diamantinas gotas de agua. En el octavo día sopló el viento, agitando los árboles y sacudiéndolos, se produjo una nevada de copos rosáceos, un aroma dulzón, mielífero, lo impregnaba todo. Ame y Yoshimo sacaron las sillas al jardín y se sentaron bajo las copas. Jugaron y rieron mientras trataban de capturar los erráticos pétalos con la lengua. El kami estaba presente. Las flores cómo presintiendo una despedida,  mostraban toda su magnificencia y belleza, en su lenta caída de pluma acariciaban los rostros arrugados de los ancianos.

Cuando el tumor anunció su presencia hacía tiempo que se había instalado, igual que un huésped invisible e indeseado, en el interior de Yoshimo. Era demasiado tarde para  aplicar un tratamiento curativo, solo quedaba esperar.

Los días que siguieron, lejos de ser un frenesí para concluir labores pendientes, se convirtieron en un disfrute atemporal de cada instante. Cómo los niños, solo importaba el presente, las palabras pasado y futuro no significaban nada, eran solo un sonido. Ella se lo explicó un día: «Yoshimo, la etiqueta del quimono no es la vestimenta, es un pedacito diminuto de tela donde detalla la composición del tejido y los cuidados que necesita, son solo datos, no te puedes vestir con la etiqueta, ni siquiera es necesaria, no puede sustituir al quimono, lo verdaderamente importante».

Las flores granate y coral de las peonías se abrieron dejando su ofrenda, un delicado perfume que recordaba a las rosas, muy intenso al anochecer cuando los murciélagos trazaban cortes en el cielo cárdeno y las luciérnagas se desplazaban lentas, convertidas en puntos de luz pulsantes. Después llegó la recogida del kaki y las manzanas, y la lluvia, el olor de la tierra empapada hablaba de humus y setas. Ame y Yoshimo gustaban de un ritual, mejor que la ceremonia del té, según ella: la celebración del boniato asado, la liturgia de colocarlos en las brasas y esperar, la boca haciéndose agua anticipando el momento de saborearlos, el olor de la leña quemada. Una vez apartados del fuego pasárselos de mano en mano, dando pequeños brincos, soplando para no quemarse, aunque los dedos fríos agradecían aquel calor extra. Aplastar la blanda carne con la lengua mientras el dulce inundaba el paladar, les hacía cerrar los ojos de placer. Cuando los crisantemos comenzaron a abrir sus capullos multicolores, anunciando el invierno, ambos sabían que él no vería una nueva primavera.

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