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SEIS ESTRELLAS by Nohelia Alfonso

Imagen tomada de Pinterest

Saúl Quijada era el tipo de hombre que esconde sus cadáveres bajo la alfombra. Dueño de una gran compañía internacional, gustaba de rodearse de bonitas secretarias a las que regalaba operaciones de aumento de pecho a cambio de favores sexuales. Frecuentaba el casino y los prostíbulos de lujo casi tanto como rehuía a su esposa y a su hija enferma de síndrome de Down. Incluso llegó a contratar a un asesino a sueldo para deshacerse de ellas, pero tuvo que matarlo él mismo para evitar la estafa que el matón estaba preparándole.

Le gustaba el café vienés, los habanos, y los trajes italianos con sus perfectas rayas coincidentes en el corte de las hombreras. Y en cuanto a curvas, todas menos las de su mujer. Él también había engordado, y estaba absolutamente calvo, pero eso no importa cuando nadas en dinero. Cualquier exceso es poco.  Aunque suponga una venérea. Siempre puedes sacar tu revólver mejicano y sembrar el Atlántico de cadáveres de rusas secuestradas en su más tierna adolescencia.

Sus últimos negocios resultaron tremendamente arriesgados. La policía interceptó el yate cargado de coca. Por suerte no pudieron relacionarlo con su nombre, gracias a ser un hombre precavido que arregló todo para que el pastel cayera sobre su fiel mayordomo desde hacía 25 años.

Una mañana despertó en un hotel de 6 estrellas, un dato curioso, seguramente tras haber perdido literalmente la cabeza en algún desmadre de los suyos. Llamó al servicio de habitaciones, y acudió un botones muy joven en cuya placa podía leerse el nombre de Lucio.

– Señor, póngase su albornoz, ya está todo preparado- dijo.

Saúl Quijada, dispuesto a disfrutar de un jacuzzy lleno de mulatas solícitas, o quizá de una sauna seguida de un masaje asiático,se encaminó tras Lucio por los pasillos pulcramente enmoquetados del hotel hasta una estancia circular donde había más personas con albornoz, al parecer esperando su turno. Se fumó uno de sus habanos mientras conversaba con un coronel y se preguntaba por cuál de aquellas puertas lo harían pasar. Enseguida regresó el joven botones, junto con dos fornidos hombres a los que indicó:

-Crematorio 6, muchachos.

Los tipos agarraron de los brazos a nuestro ricachón, dispuestos a conducirlo a la fuerza a aquella puerta.

-¿Crematorio?- se resistía el señor Quijada- ¿Es una broma? ¿Qué demonios es este sitio?

– Bienvenido al Infierno, Saúl- dijo Lucio.

– ¿Cuánto tiempo lo dejamos, Señor?- preguntaron los musculosos subordinados.

– Por hoy solo media eternidad. Mañana ya veremos.

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