Archipielago

Una gran adicción. 04 By Paula Castillo Monreal

Por primera vez desde que fundé Familia Funeraria he tenido que pelearme con la competencia. Ha sido muy desagradable.

            —A este hombre se le ha muerto su mujer y no tiene ni familia ni amigos —le dije al imberbe de Descanso eterno. —Y, por lo tanto, es mi cliente —sentencié.

            —Pero a mí me han llamado los de la Residencia por orden del señor —insistía el joven de chaqueta dos tallas menos que la necesaria, y pantalón pitillo.

            —¡Basta ya! Por favor —nos gritó el anciano agarrado a su bastón, soporte de un cuerpo que se desmoronaba por el Párkinson. —Yo quiero que sea lo mejor. Me tienen que ayudar —nos dijo en medio del temblor.

            Agarré del brazo al pirulí y salimos a negociarlo fuera de la sala. Estaba negra. Lo que pensé que me iba a llevar un momento –firmar los papeles con don Francisco y hacernos cargo de su mujer–, se convirtió en una hora de negociaciones. Yo solo quería marcharme al centro comercial, y se me estaba pasando la hora. Todo se resolvió cuando propuse al joven un contrato mejorado al que tenía con la competencia, y la incorporación inmediata a la plantilla de Familia funeraria. Los cuatro, él, don Francisco, su mujer y el chófer, partieron para el tanatorio. Yo, afiebrada, conduje de forma temeraria hasta el Zielo shopping.

            Cuando llegué, me costó seguirle la pista. El centro estaba lleno, acababan de inaugurar las rebajas y, cada persona que se me acercaba olía a él. Después de un buen rato, lo encontré en la planta de juguetes; ayudaba a una de las dependientas a poner en marcha un tren eléctrico. Los dos se inclinaban hacia el juguete sin importarles rozarse. Estoy segura de que me vio. El fuego que me ardía en el estómago y la llamarada que salía por mi boca me delataron. Continué escaleras arriba y terminé en la cafetería con varios sándwiches de ensaladilla, y apagando los celos con una caña. Mientras hablaba por teléfono con Familia Funeraria –por fin habían llegado al tanatorio–, lo ví. El pelo se le movía a cada paso, la barba de varios días no impedía que el hoyuelo se le marcase sobre un mentón perfecto. Me fijé en que las muñecas eran estrechas para hombre, y las manos alargadas. Llevaba una bandeja con una Mahou y una hamburguesa, y movía la cabeza de un lado a otro, imagino que buscando una mesa; las gafas de sol solo me permitían hacer suposiciones sobre los ojos que tendría el tipo con el que no dejaba de soñar.

La otra noche le di un susto a Manuel; me dijo que gritaba y hacía aspavientos con las manos mientras soñaba que las puertas del tanatorio se cerraban. El sistema de seguridad no dejaba abrirlas desde dentro y, sin embargo, los cadáveres no hacían más que inundar las salas. En una de ellas, una mujer de negro pegaba la cara al cristal blindado que la separaba del muerto, no paraba de besarlo. El carmín rojo estampado contra el frío que mantiene vivos a los muertos. Al acercarme para consolarla, lo vi. Aunque no llevaba gafas de sol lo reconocí al instante. En ese momento del grito fue cuando Manuel me acercó un vaso de agua.

            Con el recuerdo del sueño le perdí de vista. Decepcionada comencé a ordenar los restos de ensaladilla en el plato, y a limpiar el vaso de restos de carmín, y cuando estaba a punto de levantarme, el aliento que me llegaba por detrás de la nuca, me recordó al olor de  mis muertos.

—Hace varios días que me sigue —, me dijo mientras se sentaba frente a mí. —¿Qué quiere?

            Me dejó muda, y sorda, mis orificios taponados. ¿Cómo iba a decirle que me había enamorado de él? No se me ocurrió otra cosa que levantar las manos y decir:

            —Nada que declarar.

            Y nos reímos tanto que el hoyuelo le comenzó a brillar, y no tuvo más remedio que quitarse las gafas de sol porque le lloraba el ojo de cristal.

            —Será mejor que no vuelva a venir por aquí —me dijo colocándose de nuevo las gafas. —La acompaño a la salida.

            Me agarraba del brazo como si fuera una delincuente, pero yo caminaba despacio estirando el momento. Estaba dispuesta a seguir espiándole. No es fácil encontrarse con un cíclope, pensé. Y pasé por la planta de juguetes para llevarme el vagón con el que le había visto jugar. Manuel me dijo que hubiese preferido la locomotora.

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