Archipielago

Una gran adicción. 06

By Paula Castillo Monreal

Viajar en autobús ha supuesto una revelación para mí. Todavía me asombra la violencia que puedo llegar a sentir ante determinados hechos y circunstancias de la vida. Desde luego es algo con lo que no estaba familiarizada.

El coche permanece inmóvil aparcado en el garaje, y yo continúo sin las llaves. Después de varios meses, sigo merendando con Iosu en la cafetería del centro comercial, y a veces lo acompaño de regreso a su casa. Todavía no me atrevo a pasar el umbral de la puerta, aunque él me lo sugiere cada día con mayor vehemencia. Lo que me enamoró de él, aparte de su hoyuelo en la barbilla, fue su desaliño y su mal olor. Sí, tengo que reconocerlo, su mal olor. Me resultaba atrayente, era tan hediondo, que yo creo que se apoderó de mí la necesidad de averiguar de dónde provenía, y caí una vez más en otra gran adicción. Cada vez que me despedía de él, su olor, tardaba varias horas en desaparecer de mis células olfativas. Todo lo que olía, olía a él. Hasta Manuel, mi marido, tan pulcro, tan aseado, olía a él.

Me comentó que padecía de osmidrosis, y que había afectado siempre a sus relaciones personales y laborales, y que, desde luego, no estaba relacionado con su higiene. También me comentó que hacía tiempo se trataba con acupuntura, pero no le servía de mucho: un par de días, y vuelta a empezar. Claro está, le dije que, a mí, no me importaba en absoluto. Era lo que me más me atraía de él, así que, por mí, podía dejar la acupuntura. Todas esas agujas clavadas en las axilas, ¡qué dolor!

Pero eso es una cosa y otra muy distinta el olor que inundaba el descansillo al llegar a su casa: ese olor a muerto. Me recordaba al trabajo, los problemas que cada día eran más en Familia Funeraria, los muertos a los que tenía que vestir cuando me faltaba personal, y las noches en vela cuando el muerto no tenía a nadie que lo acompañase en el trance. No señor, el olor a muerto no lo quería fuera del horario laboral. Porque claro, una cosa es el olor a vida, aunque sea pestilente como el de Iosu, y otra cosa muy distinta es el olor a cadáver.

Así que la otra tarde, cuando salí del tanatorio, volví a coger el autobús para regresar directa a casa –no había conseguido hablar con Manuel en todo el día–, sin pasarme a ver a Iosu. Íbamos como sardinas en lata, y el hombre que tenía delante de mí tenía un aspecto espeluznante. Vestía con traje negro y camisa blanca sin corbata, abrochado hasta el último botón, y el cuello de la camisa amarillento del roce. Amarilla también la piel mate. Los labios, finos, sellados el uno al otro. Y me miraba. Yo también intentaba mirarle, pero no podía. Sus ojos hinchados, grises, fijos sobre mi escote me hacían tambalear de estremecimiento. Me quise cambiar de sitio abriéndome paso entre cuerpos que se sujetaban unos con otros. ¡Aquel individuo me siguió!, volvió a pararse frente a mí, y allí de nuevo ocurrió: su olor. El tipo olía a muerto. El individuo al que yo acababa de colocar en su ataúd ecológico, un ataúd de cedro modelo Evolución con Cruz y Cristo de metal. Ese individuo me había seguido.

Una furia interna se apoderó de mí. Yo volvía la cabeza y miraba al resto de los pasajeros. Nada. Nadie parecía darse cuenta de que aquel hombre estaba muerto y olía como tal. De la furia pasé a la agresión. Quizá lo empujé demasiado fuerte. No calculé que un coche nos adelantaría por el arcén y le pasaría por encima. De todas formas, no me preocupé. Nadie puede morir dos veces.

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