Archipielago

Lunas de Lantano —09 by Félix Molina

9.Yo he sido aquella que paseó orgullosa

Dediqué unos minutos, solo ya en el comedor, a echarle un vistazo a los poemas de Flor vulnerada, en el ejemplar subrayado que me pasó Rosa Menuda. Aparté mi mano materializada en el momento justo, para que la argentina no notara mi esencia de fantasma, aunque mi maestría la estaba convirtiendo ya casi en una sustancia.

Poco que comentar. Desde el punto de vista filológico, digo. Nada que no hubiesen superado la primera Rosalía o la última Alfonsina, de hecho. Versos cortos y sueltos, de espíritu gótico o neorromántico (daga del pasado, luz abridada, pesebres de neón). Juego certero de metáforas y unas lonchas de compromiso cada dos o tres poemas, que lo habían convertido en un bestseller poético. Como investigador policial me atraían más los subrayados de su compañera argentina, Rosa. Se las había arreglado la puñetera para destacar en amarillo fosforescente todas las faltas métricas. También había escrito entre un manubrio de exclamaciones que había que revisar una cita de Dante. Y luego, condescendiente, decía que un verso, eso sí, le comunicaba con Plath.  Sobre un margen de esas anotaciones, escribí: interrogar en profundidad a Rosa.

En esas estaba cuando me distrajeron Antonio y Antonia, del personal de oficios de la Fundación, entretenidos en dejar claro sobre las mesas del comedor que era víspera de Todos los Santos, mediante unas calabacitas con velas.

—Disculpe, son instrucciones de la dirección, inspector… —masculló apurada Antonia.

—Nada hay que disculpar, mujer, la muerta muerta está.

Me arrepentí al instante de lo expresado. Son cosas que un espíritu (y más uno con una cátedra de filología) lleva muy mal.

—No, es que sus compañeros nos han dicho que, salvo el módulo de la interfecta y sus alrededores, no había problema alguno en que hiciéramos nuestro trabajo —apuntaló Antonio, casi con la misma fuerza que la base de una calabaza sobre el mantel.

Los tres miramos lo que dejaba ver el portón grande del comedor, en el pasillo lindante con la alacena oficial, por donde el equipo científico y sus dos forenses desfilaban. No fui tan inconsciente como para no avisar, por mis medios, a la policía: un cadáver desatendido no es agradable ni útil. Ni ellos me conocían a mí ni yo a ellos, pero, como los pececillos que hurgan las barbas de la ballena, ambos nos aprovechábamos de nuestros conocimientos. Luego me daría una vuelta por los laboratorios, para revisar los enjundiosos y mal escritos informes periciales, pero ahora mi sitio estaba aquí, en el epicentro del crimen.

—Sí, no hay problema, pueden desempeñar libremente sus tareas. Por cierto, ¿qué tal Inés, les daba mucho trabajo?

—Apenas, inspector. Yo no habré hecho ni dos veces su módulo y Antonia me da que ni eso.

—Ni lo conozco —murmuró Antonia—. Desde que lo ocupaba ella, me refiero.

—¿Y no les parece extraño? Algo habría que hacer en su módulo, digo yo.

—Inés era… muy suya, inspector.

Y lo afirmaron casi al unísono, mientras fijaban la vista en la elegante cubierta de Flor vulnerada y yo intentaba esconder lo que tendrían que ser mis talones.

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