Soy La Arena rojiza Mojada que se remueve cuando soy tocada. Aunque parezco inestable, granulosa y ondulada, mi esencia me enraiza. Pruebo a pisarme con firmeza y me torno dura, lisa y estática. Mis residentes lo saben y me utilizan como cobijo. Agujerean mi corteza, pero no me hieren. Vivo como coraza y como cimiento. Tanto abajo como arriba sirvo de residencia permanente. Existo porque soy necesitada.
Huelo el petricor que elimina mi sequía. Huelo a cuarzo, a feldespato, a una concha fragmentada en decenas de un vestigio de lo que fue hogar. Me recuerdo al mar, al olor de la sal. Siento cómo me seca y me cuartea, a la vez que sé que me sana y me limpia.
El olor a coral me asciende y me olvido de que soy Arena, aunque nunca deje de serlo.
Soy la Vieira Anaranjada Moteada que busca abrirse a la claridad. Si bien me siento rígida en mi cáscara, lloro el agua marina que se filtra. Al escuchar mi llanto, el mar me mece en una nana de sosiego. Al fin me abro, aun sin olvidar lo que otrora fui cuando no conocía esa luz. Aunque creo que el esclarecimiento me debilita y me expone, es mi centro y equilibrio. En este caso solo existo porque soy.
Saboreo lo metálico de esa misma sal que me agrietó y que ahora, lejos de aborrecerla, la necesito.
Salivo cuando veo ese halo luminoso atravesar el agua y me olvido de que soy Vieira, aunque nunca deje de serlo.
Soy la Roja Aureola del sol que produce ese Mador incandescente y húmedo. Sofoco y asfixio como el fuego, ardo en mi estómago si no me permito ser y construyo una maraña de quemazón en mis entrañas cuando me oprimo. No obstante, siento esa luz que deseo y que, en realidad, soy.
Diría que ciego si me miro, y que solo me observe traslúcido u opaco, para que únicamente sienta mi calor. Sin embargo, me digo «mírame» y no me cegaré; más bello soy cuando me veo transparente y sin tapujos.
Mi fulgor a veces quema y me olvido de que soy Sol, aunque nunca deje de serlo, para poder refugiarme en el roce de mi salvación.
Yo soy el Aire Misterioso que me libera del exceso del calor. Abro un atajo entre el sol y el cielo, por el que puedo caminar con mimo, sin temor a acercarme a la llama y depender demasiado de ella, olvidándome de la tibieza de mi propia compasión. Soy capaz de mover tierra, agua y fuego, sin apenas advertir que me he movido, pues fluyo cuando soy, y siempre he de ser.
Rozo la arena y la alboroto con cariño, volatilizando sus cimientos para abrir nuevos caminos.
Agito el agua y disperso dulzura en su salitre, evitando que sus posos se enquisten en el fondo. La ondeo y recuerdo su sensualidad.
Acaricio el fuego, sin severidad, con los dedos húmedos para que no se expanda y arrase las raíces, pero sin acercarlo mucho al agua; no deseo que se apague.
Me gusta ser aire, porque siempre soy, aunque a veces me olvide de serlo, porque el cielo es demasiado amplio y me pierdo entre las nubes.
Soy, por ende, el éter que Hoy Amanece, y Mañana, y ayer. Me comunico con la noche y con el día. Hablo una vez y mi escucha es perenne.
Oigo cuando tiembla la tierra si tiene miedo; cuando ruge el agua si se reprime; cuando arrasa el fuego si vomita; cuando sopla el aire si se extravía.
A pesar de hablar y escuchar cuando debo, a veces me olvido de que soy cielo cuando me refugio en la oscuridad y cedo el testigo a otra Luz más fuerte. Pero estoy tranquilo, pues ella siempre sabe.
Soy Omnipresente, aunque en ocasiones no (me) veo. Doy la Luz a la tierra para que se sostenga con energía; al agua, para que alumbre a la vieira; al fuego, para que no esté solo; al aire, para que se encuentre; al cielo, para que pueda hablar y escuchar.
Sin embargo, a veces me olvido de ser cuando pienso. Entonces me releva la conciencia.
Soy siempre, aunque descanso cuando duermo; entonces sueño para resguardarme mientras me limpian y me reorganizan.
Piénsome en blanco y me abriré la puerta en donde tierra, agua, fuego, aire, cielo y Luz son al unísono. Soy con ellos. Y, así siendo, soy Vida.
Es difícil serlo siempre, aunque siempre sea. A veces me olvido de que lo soy. Y entonces me digo «AUM» tantas veces como necesite.
Soy Vida en mí misma. Y veo vida cuando, después de inspirar y expirar unas cuantas veces, al fin abro los ojos. Entonces me veo con las piernas cruzadas, sostenida por la arena, viendo el agua que baja incesante, sintiendo en mi piel el calor del sol que, junto a la brisa, seca unas pequeñas gotitas de sudor que se deslizan por mi espalda. Miro al cielo, que me sonríe y me guiña el ojo cuando el pájaro mosquitero aletea sus diminutas alas.
La claridad, por un momento, me ciega, y cierro los ojos. Pero deja de cegarme cuando Pienso que he sido y soy Todos ellos: la Arena, la Vieira, el Sol, el Aire, el Cielo, la Luz, la Vida y Yo.
Entonces los abro de nuevo y, simplemente, Soy.
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