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EL PAJE DE LOS REYES MAGOS by Mercedes G. Rojo

     Es la noche del 5 de enero, noche mágica de Reyes. Ruge la televisión en la sala mientras los niños de la casa hacen zapping de cadena en cadena observando en unas y otras las cabalgatas de Reyes, llenas de color, de música, de payasos y personajes de cuento…. Ella, mientras tanto, trajina en la cocina ultimando los últimos detalles para una cena que en su casa siempre ha sido típica. Después vendrá con ellos el momento de preparar los zapatos – bien limpios – para que los Magos puedan depositar sus regalos. Y la bandeja con los tres vasos de leche, el turrón y unas pastas para que puedan reponer fuerzas después del largo viaje… y la jarra de agua para los camellos. En ese momento suena desde el fondo la voz de su hija preguntando:

Mamá, ¿cómo es posible que los tres Reyes Magos estén a la vez en tantos sitios?

Y sin pensarlo siquiera contesta como en su día le habían contestado a ella tantas veces, siendo chica.

Porque por algo son magos.

Pero los niños de ahora son demasiado listos para conformarse con una respuesta tan simple y que a todas luces se contradice con las imágenes que les devuelve la televisión.

— Ya, mamá, pero si pudieran estar en varios sitios a la vez veríamos sus mismas cara en todos ellos, y estos no se parecen en nada entre sí.

Se dio cuenta de lo que habían cambiado las cosas. Cuando ella era niña, como máximo, sólo podían verse dos cabalgatas: la de la propia localidad y la que retransmitía la principal cadena de televisión  (la otra era la U.H.F.). Claro que, en cualquier caso, la cabalgata televisiva llegaba hasta ellos con imágenes en blanco y negro y los medios técnicos del momento  no permitían observar el despliegue de detalles de todo tipo que permiten los medios actuales. También pudiera ser que la chiquillería de entonces, tan poco acostumbrada a vivir la emoción de los grandes espectáculos que sólo se producían una o dos veces al año, estaba tan nerviosa por la magia del momento que esas pequeñeces les pasaban totalmente desapercibidas, tan pendientes estaban del momento en que llegarían los regalos. Se sienta entonces con sus hijos en el sofá y hace un recorrido por las cabalgatas del momento. Desde sus ojos de adulta no le parecen más que una versión navideña de los desfiles de Carnaval y Piñata, o incluso de esas carrozas infantiles que en algunos lugares preparan con motivo de las Fiestas Mayores.

Vamos a ver – les dice –  durante esta noche los Reyes están tan ocupados preparando los regalos de todos los niños y niñas que les han enviado sus cartas, que para representarlos en cada una de las ciudades ellos tienen que buscarse unos sustitutos que saluden por ellos a la chiquillería que les espera. De esta forma  tienen suficiente tiempo para prepararse y llegar a todas las casas a tiempo de dejar los regalos mientras los más pequeños aún duermen.

Y tú de mayor ¿los ha visto alguna vez? A los de verdad, digo – pregunta su hija.

Ella sonríe mientras se encoge de hombros con un poco de picardía.– Cuando seas mamá, lo sabrás – añade.

Sus hijos, callados, se vuelven de nuevo a las imágenes de la televisión.  Cree entender con ello que han dado por buena su explicación, al menos eso parece.  Su hija se recuesta en sus rodillas y, con el calor de su pequeño cuerpo contra ella, se queda ligeramente entrevelada.  Y es en ese preciso instante de duermevela que pasan por sus recuerdos los detalles de aquella otra noche de Reyes, cuando era una niñita de la edad de su hija que aún creía fervientemente en los Magos de Oriente y en el poder mágico con el que hacían llegar regalos a todos los niños y niñas del mundo.

            “Aquella noche, como todas las de Reyes, en su casa se había cenado un poquito antes que el resto de las noches especiales de Navidad, aunque esa cena también había sido de fiesta. En la sala había quedado preparada la bandeja de los turrones (especiales, de los que hacía mamá artesanalmente) y las copas para los Tres Reyes Magos, porque en aquella época aún no era políticamente incorrecto ofrecer licor en prenda de bienvenida, aún cuando esa bienvenida implicase a los más pequeños de la casa.

            Los zapatos habían sido primorosamente limpiados y cada uno de los tres hermanos había elegido para los suyos el lugar que les pareció de  más preferencia, junto al balcón cubierto con las cortinas de color granate, para que los Magos nada más entrar fuera lo primero que vieran y así no tuvieran duda de donde depositar sus regalos.

            Después, haciéndose los remolones, aunque no tanto como otros días, se habían encaminado a sus respectivas camas con la intención de dormirse cuanto antes. Estaban seguros de que si dormían “deprisa” antes llegaría la mañana siguiente y con ella los regalos.

            En la calle se habían amortiguado, ya hacía rato, el bullicio y la emoción de la cabalgata que ellos vieron pasar desde el balcón de casa, casi como si estuvieran en una tribuna de honor.

            Y justo cuando papá comenzaba a contarles el cuento de “buenas noches” con el que cada día los arropaba, llamaron a la puerta.

En la entrada se oyó a su madre abriendo el cerrojo y cuchicheando en voz baja con alguien. Después de unos minutos la puerta se cerró de nuevo y al momento apareció ella en el umbral de la habitación.

—Tengo una sorpresa – dijo. – Mirad quien ha venido a daros las buenas noches.

            Tras ella apareció un rostro negro, muy negro, cubierto con un tocado oriental que hacía irreconocible al personaje. La segunda de los tres hermanos, la más  curiosa, se llevó tal susto que comenzó a llorar desconsoladamente asustada. Eran tiempos en los que en aquella pequeña ciudad de provincias no se veían personas de otras razas, y menos de aquel negro tizón conseguido a base de betún de zapatos como después pudo saber.  El personaje se acercó hacia ella intentando calmarla.

—No te asustes, soy yo, Juanín.

Juanín era el hijo pequeño de los vecinos, unos cuantos años mayor que ellos y que les tenía un especial cariño. Aquellas navidades había hecho de paje negro en la cabalgata y, de regreso a casa, llamó en su puerta para darles una sorpresa y llevarles una bolsa llena de caramelos.

¡Y tanto que la sorpresa fue morrocotuda! Al menos para ella. Por más que sus padres y el propio Juanín insistían en que era él, ella se negaba a reconocer tras aquella profunda capa de maquillaje y aquel turbante de colores a su entrañable vecino, mientras se acurrucaba contra la esquina de la cama, cubriéndose la cara con las sábanas.

Él insistía. Ella lloraba… y su hermano mayor se reía al ver el susto que tenía encima. Por fin, para convencerla de quien era en realidad, se quitó los guantes bajo los que aparecieron las delgadas manos de piel blanca de su vecino. Como aquel gesto no fue aún suficiente para calmarla, su madre le proporcionó al vecino una toalla y agua caliente y allí mismo, delante de ella, comenzó a quitarse el maquillaje de su cara y con él el susto que la pequeña se había llevado.

Poco a poco, en la misma medida que la cara iba aflorando entre los restos de betún que se iban con el agua, fue recobrando la niña la serenidad, aunque no dejaba de sentirse bastante perpleja.

Como era de las personas que a todo buscan una explicación, tuvieron que contarle que hacía él, Juanín, bajo aquella capa de oscuro betún, acompañando a la cabalgata de los Magos. ¿Es qué acaso todo era una mentira, una especie de obra de teatro?

Algo recuerda que le contaron sobre un paje que se había puesto enfermo a última hora y al que había que sustituir porque tenía que ayudar sin falta a los Reyes a recoger cartas y entregar regalos a los niños y niñas de aquella ciudad. Como no encontraron a nadie de su misma raza que pudiera sustituirlo pensaron que Juanín, que más o menos tenía la misma edad y tamaño que el paje enfermo, era el más adecuado para ello. Lo vistieron con sus ropas y para que la chiquillería del pueblo no lo reconociese, le tiznaron la cara con lo primero que pillaron a mano, betún de limpiar los zapatos.

Recuerda como poco a poco,  tras el cansancio provocado por sus lloros, se fue durmiendo mientras escuchaba la historia de su vecino. Cómo había ido a esperar a los Reyes a la estación de tren, y cómo husmeaba entre los camellos cuando éstos bajaron del vagón, algunos con su carga de regalos ya incorporada. Y la emoción que le causó ser elegido para sustituir al paje y acompañar a los Magos. Y la sorpresa que pensaba dar a sus pequeños amigos cuando lo vieran vestido de esta guisa… A Juanín se le daba bien contar historias y al final acabó durmiéndose arrullada por su voz.

Al día siguiente, tras despertar y abrir emocionada sus regalos un año más, corrió a su casa a mostrárselos y juntos se rieron un rato del tremendo susto que la pequeña había pasado esa noche, tras la inesperada visita.”

Recuperándose ahora de este duermevela, la madre suspira sentada en el sofá. Su pequeña está también  medio adormilada mientras en la televisión la llegada de los Reyes ha sido sustituida por festivales infantiles que celebran la misma. Y se demora un momento más  pensando hasta cuando les durará la ingenua ilusión que aún conservan en un mundo donde lo comercial ha sustituido a la fantasía. Sabe que ya muy pronto podrá compartir con ellos esa historia de su niñez que casi todos los años rememora sin querer. Y sonríe.

Se levanta para darle los últimos toques a la cena. Sus hijos, aburridos ya del espectáculo navideño que se proyecta en la televisión, colaboran poniendo  la mesa.

Están deseando completar el ritual que da comienzo a esta noche extraordinaria tras la cual estos mágicos personajes depositarán en sus zapatos algunos de los regalos con los que han estado soñando todo el año.

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