narrativa

El ancho y escabroso mundo de Pierre Lemaitre

Historias de amor, escándalos, corrupción y asesinatos son los ingredientes de la nueva novela del premio Goncourt, ‘El ancho mundo’, una saga familiar que se mueve entre el Líbano, Francia e Indochina. Hoy llega a las librerías españolas tras su éxito en Francia. ‘Babelia’ publica un fragmento en exclusiva

By Artículo publicado en Babelia El País

Los años treinta fueron provechosos para la Casa Pelletier, que compró varias fábricas pequeñas en Trípoli, Alepo y Damasco. Sin duda, la fortuna de la familia era mucho mayor de lo que su tren de vida, bastante modesto, permitía suponer.Aunque había confiado la gestión de las filiales a distintos gerentes, Louis Pelletier no delegaba en nadie la tarea de velar por la calidad de la fabricación. Consideraba su deber visitar las sucursales, llegando a veces a presentarse sin avisar para tomar muestras, analizarlas y modificar los procesos de producción.Aseguraba que no le gustaba demasiado viajar (”Soy bastante casero”, decía en tono de excusa) y, aunque ciertas responsabilidades en una federación de ex combatientes lo obligaban a desplazarse de vez en cuando a París, parecía evidente que aquello no tenía mucho peso en su existencia porque toda su energía, talento y orgullo estaban volcados en la fabricación y la calidad de “sus jabones”. Nada lo hacía más feliz que ver humear las calderas —cuya temperatura se controlaba las veinticuatro horas del día— y admirar los conductos que llevaban el jabón líquido hasta los moldes. El proceso de corte en barras, bloques o pastillas le llenaba los ojos de lágrimas. “Voy a sustituirlo un rato”, le decía a veces, inopinadamente, al empleado del final de la cadena, y entonces podía verse al mismísimo propietario de la fábrica empuñar un mazo delante de la máquina de corte que deslizaba hacia él las pastillas de verde jabón y, con un golpe ni demasiado suave ni demasiado fuerte, estampar en ellas el logo de la Casa Pelletier, con la silueta de la fábrica entre dos hojas de cedro. La señora Pelletier dirigía al personal, supervisaba la llegada de los productos y la salida de los camiones y llevaba las cuentas. Los dominios de su marido se centraban única y exclusivamente en el proceso de fabricación. No era raro que, en plena noche, cogiera la bicicleta (nunca había intentado siquiera conducir un automóvil) y se fuera a la fábrica para realizar muestreos que luego podía comentar con el maestro jabonero de guardia hasta primeras horas de la mañana.

Afirmaba que la Casa Pelletier había nacido en realidad el día en que se había encendido el primer “gran caldero”, al que bautizó como la Ninon —según él por paronimia con la Niña, la primera de las tres carabelas de Colón— y cuyo nombre hizo grabar en una placa de bronce que se fijó en la base. La señora Pelletier frunció el ceño cuando, dos años después, llamó al segundo tanque la Castiglione porque no veía relación alguna con el descubrimiento de América. La instalación del tercero, bautizado como la Palleva, la sumió en la más absoluta perplejidad, así que decidió preguntarle a François, considerado el intelectual de la familia porque había acabado el bachillerato antes de la edad habitual.—Son nombres de mantenidas, mamá: la Ninon es por Ninon de Lenclos y la Castiglione por Virginia de Castiglione. La Palleva es el mote de una tal Esther Lachmann, por eso de: “Paga y llévatela”.La señora Pelletier se quedó boquiabierta.—¿Eso eran, nombres de mantenidas?—Sí, mamá —confirmó François tranquilamente—, eso eran.—¡Pues claro que no eran mis mantenidas! —protestó el señor Pelletier al ser preguntado—. Eran simples cortesanas, Angèle: les he puesto así a los calderos porque eran mis amiguitas, nada más…—Y unas golfas…—Sí, también… pero no tanto por eso…A la señora Pelletier le gustaba contribuir a que su marido tuviera reputación de hombre infiel: debía de halagarla. Louis nunca la había engañado, en realidad, pero ella no perdía ocasión de condenar en público una mala conducta que sabía puramente imaginaria. Un ejemplo: cuando su marido viajaba a París se hospedaba siempre en el Hôtel de l’Europe, así que, al volver, a menudo elogiaba la cálida acogida de la propietaria, la señora Ducrau, a quien, en consecuencia, ella describía como “la amante de mi marido” o, si hablaba con sus hijos, “la amante de vuestro padre”.

Cuando su marido viajaba a París se hospedaba siempre en el Hôtel de l’Europe, así que, al volver, elogiaba la cálida acogida de la propietaria, la señora Ducrau, a quien ella describía como “la amante de mi marido” o, si hablaba con sus hijos, “la amante de vuestro padre”

Louis siempre protestaba:—¡Pero si la señora Ducrau debe de tener 200 años, Angèle! —decía.Y su mujer respondía con un gesto de la mano que significaba: “¡Eso cuéntaselo a otra!”Durante la peregrinación, sin embargo, la señora Pelletier estaba preocupada por algo que nada tenía que ver con las amantes de su marido o los nombres de los tres grandes tanques de jabón: sobrevivir.Y, en su opinión, no estaba nada claro que pudiera conseguirlo.Acababan de pasar la mezquita de Medjidié y la fábrica le parecía un horizonte inalcanzable.—Déjame, Étienne, voy…Había estado a punto de decir “voy a morirme aquí mismo”, pero una brizna de lucidez y sentido del ridículo (no dejaban de encontrarse con gente conocida) se lo impidió, de modo que se limitó a aflojar el paso y a apretarse el pañuelo contra las sienes. La brisa marina envolvía la ciudad en una frescura primaveral, nadie sudaba, ni siquiera ella; sin embargo, le hizo señas a Étienne de que parara a un vendedor de bebidas frescas que hacía sonar sus campanillas para comprarle un vaso de agua de tamarindo que se bebió con cara de resignación, como si fuera cicuta. No tenía otra forma de mostrar su agotamiento; eso y levantarse el sombrero para pasarse un dedo por la frente. Se detuvo de nuevo boqueando y con una mano sobre el corazón. Étienne se volvió y le dirigió una mueca de resignación a Hélène: no había nada que hacer. Las sucesivas partidas de los hijos habían sido, cada una en su momento, como clavos en el corazón de su madre.Pero, Angèle, nuestros hijos ya son mayores… —había razonado el señor Pelletier—. Es normal que quieran irse de casa…—No se van de casa, Louis, ¡huyen!El señor Pelletier acababa rindiéndose siempre: su esposa disponía de un arsenal casuístico que él jamás conseguiría emular.—Anda, anda, no te preocupes por mí, Étienne… —dijo la señora Pelletier entre jadeos.Y Étienne, resignado, se contentó con apretarle ligeramente el brazo para animarla a seguir a pesar del agotamiento: paso a paso acabarían llegando. La tarea de apoyar a su madre le correspondía porque esta vez él era el infractor, el culpable de la situación.Los precedentes aún estaban en el recuerdo de todos.Dos años antes François había anunciado que quería marcharse a París para ingresar en la Escuela Normal Superior, y la señora Pelletier se había derrumbado cuan larga era en el suelo de la cocina.—Es sorprendente… —se aventuró a decir el doctor Doueiri, que no había tratado más que insolaciones y bronquitis (era un hombre bastante memo y siempre se quedaba estupefacto ante los problemas de salud de sus pacientes; sólo brillaba jugando a la belote).François tuvo que quedarse todo un día junto a la cama de su madre, oyéndola lamentarse hasta en sueños de tener un hijo tan ingrato y repitiendo una y otra vez que aquella familia iba a matarla.—Y tú callado, como siempre… —le reprochó a su marido.—Es que… la Escuela Normal… —alegó el señor Pelletier vagamente, pero no tardó en coger la bici y marcharse a la fábrica.Cuando la señora Pelletier consintió finalmente en levantarse, François tuvo que soportar otra prueba tanto o más dolorosa que la anterior, consistente en ver a su madre “preparar sus baúles”.—Ya que has decidido irte… —rezongaba ella diez veces al día mientras juntaba, seleccionaba y apilaba ropa y provisiones para el viaje.

El ancho mundo. Pierre Lemaitre. Traducción de José Antonio Soriano Marco. Salamandra, 2023. En librería el 12 de enero.

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