Las doce uvas de bote peladas y sin pepitas flotaban en su jugo verdoso en mi copa. Parecían titilantes huevas de pez, o medusas moribundas, casi transparentes, y me daba el mismo asco pensar en comérmelas. «Es más fácil tragarlas así», había dicho la tía Pruden. No la contradije. Verdaderamente lo era. Si no vomitabas.
En la tele, Ramonchu y alguna escultural muchacha explicaban el funcionamiento de los cuartos desde la Puerta del Sol, como cada maldito año desde hacía nueve en la casa de las tías.
Mi cuñado prorrumpió en grititos ansiosos cuando la bola dorada comenzó a bajar. El muy imbécil, que hacía escasos minutos había hecho gala de su cerebro superior contándome que una drag Queen y un maricón eran lo mismo, ostentaba una peluca rubia y una corona ridículas sacadas del cotillón mientras se pegaba a la pantalla como si fuera la primera vez que viera una.
«Niña, ven con los demás», espetó la tía Asun desde el sofá, haciendo un gesto de orden con la mano. Para ella siempre seré una niña. Pero no una niña dulce, no su niña, una niña tonta, a pesar de haberme criado desde los seis años. Todo te lo decía como si aún los tuvieras y metieras la pata de continuo. «Niña, ¿cómo te van a gustar las chicas? ¿Pero qué disparate es ese?», me había gritado con doce. Y luego me encerraba en la oscuridad de la enmohecida despensa para que pensara en lo que había dicho.
«¿Quieres dejar de dar la nota y venir aquí?», soltó mi hermana entre dientes dirigiéndome una mirada de escalofriante superioridad. Seguí sin moverme del brazo del sillón que había junto a la ventana del fondo del salón. Prefería ver el espectáculo desde lejos.
Sonó la primera campanada. Recordé aquella terrible Nochevieja tras la muerte de mis padres en aquel accidente. No podía entender que el resto de la familia se comiera las uvas como si nada. Me hice sangre con las uñas en las palmas de lo fuerte que cerré los puños para no usarlos contra ellos. «Niña, la vida sigue», decían ante mis lágrimas. Y siguió. Claro que siguió. Segunda campanada. A mi mente vino la tía Asun obligándome a comer un bizcocho entero, hasta vomitar, por haber pellizcado un trozo sin permiso. Tercera campanada: Las rodillas huesudas de la tía Pruden clavándose en mis costillas mientras me mantenía sobre ellas para darme fuertes azotes en el trasero por tirar, sin querer, un frasco en la perfumería. Cuarta campanada: Mi hermana dejándome atada a un árbol durante horas, en la negrura de la noche, para que no la delatara cuando se escapaba con quien sería mi futuro cuñado. Quinta campanada: La manaza del ya cuñado entre mis piernas, por debajo de la mesa, el día de su boda. Sexta campanada: La tía Asun ahorcando delante de mí al gato que recogí de la calle y obligándome a mirar porque me había dicho que no lo metiera en casa… Séptima, octava, novena, décima, undécima… Se acabó.
El primero en descorchar el champán fue mi travestido cuñado. Pero no llegó a servirlo. Comenzaron las convulsiones y los espumarajos brotaron de su sucia bocaza como una fuente efervescente. «¡Ding!», golpeé mi copa con un tenedor. Mi hermana acudió en su ayuda, pero también empezó a soltar aquella pasta blancuzca a borbotones por las fauces, contraída por las fuertes sacudidas estomacales. «¡Ding!», seguí con mis particulares campanadas. La tía Pruden cayó de rodillas al suelo, agarrándose el gaznate, a punto de la asfixia. «¡Ding!». La tía Asun extendió una mano suplicante hacia mí antes de desplomarse junto a los otros en la alfombra. «¡Ding!». Todos muertos. «¡Ding!». Derechitos al infierno con el que la tía Asun me amenazaba por pensar en chicas. «¡Ding!». Lo que no sabía es que, en las horas encerrada en la despensa, había encontrado el matarratas. “¡Ding!».
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