Archipielago

Relatos falaces, 5: Operadora by Félix Molina

Ingresó en la nave con una cuarentena como ella. De todos los países del Cono Sur. Hasta un par de argentinas había, manoteando como italianas. Comenzaban la mañana a eso de las nueve, cuando ya podían sonar los teléfonos en el otro lado. A la hora del almuerzo no paraban, el trasiego del sándwich tenía que disimularse como fuera con el de la llamada. Apagaban a las diez de la noche. Si alguna llamada no se había complicado.

Pero era un dinero seguro, cada mes. Eso la mantenía pendiente del hilo telefónico, aunque ni de chica le gustó el teléfono. Era productiva, acumulaba cincuenta llamadas de éxito a la semana, y todos (ese todos que aparecía de vez en cuando por la nave) lo sabían.

De Claudio Romagosa ella no sabía nada. Roma, como le llamaban los compañeros de la planta de celulosa, había empezado su vida de soltero hacía un año, acompañado de una niña. Ese mismo lunes hacía justo un año, precisamente, desde que su mujer lo llamó mientras estaba prensando y le dijo que cuando volviese a casa no la iba a encontrar, que la comida estaba en el frigo y la niña bien puestecita en el sofá.

El teléfono sonó a eso de las nueve y cuarto. Roma se había pedido uno de sus días para llevar a la niña al médico. Le parecía que no oía bien. Se acabó la media tostada y lo cogió. Al otro lado estaba ella. Quiero ofrecerle algo. Había escuchado esta frase en una serie, a una chica que interpretaba a una como ella y le pareció ocurrente. Fresca.

Disculpe, señorita, pero ahora no tengo tiempo, dijo él, apuntalando a la niña en la mesa del comedor para vestirla.

Comprendo, quizá en otro momento, dijo ella.

Había sido su primer fracaso de la semana. Pero no le dio la menor importancia dada la cincuentena de éxitos con la que se calzaba esos siete días. Tampoco a las diez y veinte de la noche, cuando, después de un día de cero éxitos, agarró el bolso y enfiló la avenida que la llevaba al autobús.

El martes fue otro lunes. Y el miércoles otro martes. El jueves volvió a insistir con Romagosa. Esta vez lo pilló en el especialista, el otorrino. Era verdad, la niña se estaba quedando sorda.

Me va a perdonar, pero me pilla fatal.

Claro. No se preocupe. Lo intento más adelante.

Tenía una voz pausada y que movía a la pausa, a la tranquilidad. Y lo sabía, jugaba con ello. Lo mismo que estaba en esa nave podría estar leyendo La peste para una editorial de audiolibros. Se consolaba con ese pensamiento mientras daba cuenta del sándwich como podía, al otro lado de Severina, la jubilada que patentizó su vigésimo intento fallido de ese día. El viernes cayó como un plomo en una bañera. Para no hacer el cero semanal, lo intentó otra vez con Claudio. Esta vez ni lo descolgó.

Ahora era ella, en jornada sabatina, de pleno fin de semana, quien recibía una llamada. De corte seco, sin identificarse.

Le advierto: si la semana que viene se conduce igual, sin un solo éxito, la perderá.

¿La plaza? ¡No por favor, la necesito, no tengo otro modo de ganarme la vida aquí! Se lo ruego, he hecho semanas de cincuenta éxitos…

Qué coño la plaza, la vida, ja, ja, ja.

Colgó. Empezó su lunes sin darle más importancia. No quiso comenzar con Romagosa para no desazonarse tan pronto. Tuvo otros dieciséis fracasos hasta el sándwich. Entonces algo las interrumpió a todas. Cristófora, la colombiana, se desplomó. No fue el sándwich, aunque fuese menudísimo y de pésima calidad. No tenía pulso. Estaba muerta.

Ella se hizo cargo del bolso. Tenía una amiga común con la colombiana, en el mismo bloque, y consideró que era la custodia perfecta de esas posesiones. Después de prepararse la comida se lo llevaría. Mientras pelaba la cebolla para el sándwich del día siguiente tuvo una corazonada, algo que le nubló la cabeza casi hasta el dolor. Destapó la funda con ventanita del móvil que estaba en el bolso de Cristófora e hizo la ele que es la contraseña de los que no quieren vérsela con complicaciones. Ahí estaba. El número. La llamada muchas veces perdida del mismo número que la llamó a ella el sábado.

Les dieron el martes libre, porque la Seguridad Social tenía que hacer unas comprobaciones. El miércoles se continuó con otro cero, y sin el intento con Romagosa, que ya reservaba siempre para un viernes idílico. El jueves los vio pasear por la nave, señalando puestos, sonriendo a otras operadoras, dejando caer el vuelo de sus abrigos por la nave central. Hubo uno que la miró, directamente. Con horror, ella solo quiso achacarlo a que había cambiado de peinado.

El viernes reprodujo (un poco en sordina, pero igual de amenazante) el temido cero. Como novedad, Claudio lo descolgó, pero solo dejó oír una respiración agitada. Tenía otros claudios, otros del otro lado que la trataban bien (y también probaba periódicamente con ellos), pero le había tomado algo que se pudiera llamar afecto a este hombre de entre treinta y cuarenta, operario, soltero con hijo, como tenía manuscrito en una libreta. ¿Qué le pasaría?

El fin de semana no pensó en la nave. Ni en Cristófora. Ni en Claudio. Comió chuletas y alquiló hasta una barca en el Retiro, aunque estaba sola. El que las alquilaba se apiadó y la ayudó a remar los últimos metros del alquiler, subiéndose con soltura desde otra embarcación. Se tomó un chocolate con churros y volvió pronto a casa. El móvil, que se había cuidado bien de dejar junto a la mesita de noche, tenía una luz encendida, parpadeante. Y trece llamadas perdidas. Del número aquel.

El lunes quiso disimular la congoja con otro peinado. Era uno que le hacía su madre, cuando estaba abandonando la niñez. Entonces le trajo suerte y ahora también se la traería. Pero el miedo no la dejaba ni marcar. Con verdadero pánico, comenzó con las llamadas, mientras el dolor en el pecho se iba agudizando. Un cero más, otro fracaso. Notó una sequedad inédita en la boca, el vahído que la descontrolaba y la tenía ya fuera de la nave. Y otro cero. La quemazón y el ahogo, el desvanecimiento a las puertas. Se decidió entonces por Claudio, por Romagosa.

Roma estaba desesperado. No daba pie con bola en la fábrica de celulosa. Su mujer estaba a un cuarto de hora de presentarse con una trabajadora social, porque lo de la niña no era normal. Pero esta vez, casi por hacerse más propicia la mañana, lo cogió.

Claudio… quiero… quiero ofrecerle… algo.

Sí, dígame, señorita. Cuénteme.

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