Acudieron lágrimas mientras leía. Lo había escrito él mismo diez o doce años antes y ahora lo corregía para la editorial.
Era una fantasía, un invento, un texto cercano a esos ejercicios de ¿Qué ocurriría si…? Y tú tienes que idear unos aconteceres en torno a una propuesta, a veces disparatada, haciéndola verosímil.
Sí que es cierto que usó ciertas características suyas para el personaje masculino pero nada definitorio, sólo un par de circunstancias que el tiempo modificaría. La mujer fue toda invención. Sólo su nombre se corresponde con el de una arboleda que cruzaba regresando del trabajo y aunque el camino era algo más largo, le gustaba pasar por entre aquellos árboles.
Ayer, tanto tiempo después de terminado el texto, el escritor se ha dado cuenta de que ha estado viviendo estos últimos meses algo parecido a lo que escribió: Una mujer mucho más joven (casi veintitodos años) le pidió ayuda y él se la ha brindado en cuanto ha podido. No se parece a la joven del relato y son otros sus miedos pero es la misma sensación de desprotección en la mujer real y en la inventada.
Sí es el mismo sentimiento que describió para su relato el que hoy le asalta. La gratitud, enorme gratitud, hacia quien le ha pedido ayuda porque, a estas alturas de la vida -de ambos, personaje y escritor- que alguien reclame tu auxilio, ese tipo de ayuda imprecisa que a veces no es más que estar, es algo tan impagable que roza lo sagrado.
Marga, en el relato, tenía miedo a las tormentas. Solange, en la realidad, le tiene miedo a la vida. Para Marga fue suficiente una puerta abierta, una mano amiga. Solange también necesita una puerta y una mano. Y un abrazo y una palabra de comprensión y una voz firme que le diga que no está bien odiar, que le diga me gustan tus ojos pero no está limpia tu mirada.
Marga siguió su vida tras la marcha de su amigo. Es de esperar que Solange pueda hacerlo. El personaje quería que Marga perdiese el miedo a las tormentas, el escritor quiere que Solange recupere la sonrisa que un día vio brillar en sus ojos y lo hará, las señales son inequívocas pero Solange le ha besado. Ha puesto sobre sus labios un beso tierno de boquita pequeña y esta vez no había rencor en su mirada sino el brillo limpio, la luz cálida y azul que el escritor le había dicho esperar… ¿Y ahora? Porque eso, en el cuento, no ocurrió.
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