Ya suponía que no acudiría a la cita. Los puñados de palabras intercambiadas en los dos meses de intensa correspondencia le habían puesto en alerta. Los cuentos de hadas le habían atraído de niño. Las princesas existían en su mente con rasgos indefinidos, pero portadoras siempre de manos delgadas e increíblemente blancas.
La vida se había ocupado de desmantelar los trucos y espejismos de los primeros amores. A estas alturas de su vida conocía los andares y la forma de mirar de las mujeres que acababan vomitando su tristeza tras algunas copas que las desinhibían (que les abría el alma en canal). Sabía de las mujeres que acababan regresando a sus enajenaciones tras abrocharse la falda y recoger a duras penas sus pertenencias, entre las que nunca faltan el sentido del ridículo (ni un romanticismo colgado en la percha de la puerta de sus ojos). Este lo recogían cuidadosamente para hacerlo invisible en su vida cotidiana.
Esta mujer le pareció poco habladora, muy pudorosa y, de forma independiente al número de personas que la rodeasen, siempre parecía estar sola. O él la imaginó así. Él sospechaba que era tenaz y que, seguramente, fue una niña fantasiosa, capaz de fabricarse un universo a su medida donde aislarse de un mundo que le parecía hostil. La imaginó distante y poseedora de un secreto que nada ni nadie conseguiría arrancarle.
La noche antes, y por un acuerdo tácito de no intercambiarse foto alguna, habían concertado el primer encuentro en la entrada de un teatro céntrico. Ella postulaba, enconadamente, que no llevaran indumentaria ni complemento alguno que les hiciese identificables. Se mostró terca en la certeza de que se podrían reconocer entre la multitud, como ella es capaz de notar un garbanzo entre colchones. Cuando él escribió en el último momento «llevaré una revista Time», no llegó a saber si ella lo había llegado a leer.
Con media hora de antelación, él entraba en un bar, desde donde podía verse el teatro, y pidió un café con leche (que tomó sin dejar de observar la calle). A las seis en punto estaba ante el teatro, mirando la acera, a un lado, y luego a otro. Una mujer se acercó a la cartelera. Su aspecto era cuidado. Cuando él la miró para llamar su atención (con un gesto de interrogación en su mirada), ella al instante bajó la vista y se alejó sin mediar palabra.
Con la revista enrollada en la mano derecha miraba el reloj y a la gente, alternativamente, y cuando el frío le empezó a calar los huesos se alejó hacia la boca del metro. Ella bajaba del taxi, inquieta, y se le rompió un tacón. Aún maldiciendo al tipo que con su coche en doble fila impidió que llegase a una hora razonable, miró la acera, se detuvo, se acercó a las taquillas y volvió a mirar su reloj. Le imaginó muy puntual. Poco dado a cuentos chinos. Luego se fijó en una revista “Time” que yacía en la papelera.
Él había entrado en el metro, pero subió las escaleras y atravesó la calle, para contemplar, fascinado, a una mujer con un zapato en la mano, haciendo contorsiones ante la entrada del teatro. Con la otra sujetaba el bolso, para subirse luego el cuello de un abrigo azul marino de paño. Su cabello colgaba
asimétrico por su cara, y ante la imagen no pudo evitar sonreír. Sin haberlo previsto, se encontró escondiéndose tras un poste de publicidad municipal y solo quiso seguir ahí, sin moverse, observándola. Era una película para él, que sin pretenderlo se había convertido en un espectador privilegiado de una función cómica en plena calle. Ella le vio en uno de los movimientos de su cabeza y se quedó mirándole. Quieta, con la mano del zapato, lo dirigió hacia él. Ambos rieron luego, muertos de frío, por un borrón, en la primera línea de un cuento por escribir, si es que se atrevían a escribirlo, tomados de la mano.
Pero eso se sabría tras la obra de teatro que habían quedado en ver juntos.
@Maripau González Bodeguero
@Imagen generada IA
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