Ha pasado mucho tiempo. ¿Cuánto? No lo sé, quizá doce años. Y aún hoy me pregunto si lo soñé, lo imaginé o me lo inventé.
Antes de empezar a contar esta historia, que espero no os aburra, debo decir que siempre me gustaron las mujeres inalcanzables para mí. Encima y , para acabarlo de arreglar, no me atrevía y no me atrevo a “entrarles”a las mujeres. Me falta la cara suficiente para tamaña acción.
Era un lunes de mayo. La primavera reventaba con ganas. Ese día no tenía plazos que cumplir, escritos que presentar y ninguna otra cosa aburrida que hacer. Decidí darme el día libre, así que me despedí de mi secretaria hasta el día siguiente. Salí a la calle hacia las diez de la mañana. A esa hora
todavía no había mucha gente callejeando. Paseé desde Fontanella hasta las Ramblas. Tenía la opción de bajar hasta Colon o bien tomarme algo en una terraza. Decidí lo segundo.
Me acerqué hasta la terraza del Zúrich. Normalmente siempre estaba concurrido. En este bar las mesas solían estar muy juntas. Para aprovechar el espacio y que la gente no ocupara la mesa durante mucho tiempo. Me senté en una esquina y hacía el final, con esto conseguí que, si alguien se
sentaba a mi lado, solo pudiera ser delante o a mi derecha.
No me molestaría nadie.
Le pedí a un camarero aburrido un agua con hielo y una rodajita de limón, además de un ristretto. Di un trago al agua fresca y un sorbo a la taza de café. Me coloque los auriculares, las gafas de sol y me dispuse a escuchar música. Sonaba la playlist de Diana Krall. Solo quería descansar y desconectar.
Acuñado por la música y lo s rayos de sol había alcanzado casi el estado del nirvana, cuando alguien llamó mi atención, tocándome el codo. Tuve un aterrizaje forzoso en la realidad. Mire a mi derecha y allí estaba ella.
Movía los los labios rojos y generosos, pero yo no la escuchaba por la música.
—Perdone… —empecé a decir mientras me quitaba. Los auriculares.
Ella sonreía divertida.
—Le preguntaba que si le importa que me siente con usted. —su voz sonaba melodiosa.
Mire las mesas y las sillas de alrededor. Estaban vacías. ¿Y entonces a qué venía la petición?
—Disculpe,no la entiendo.
A la mujer se le quedó la sonrisa algo helada en. El rostro. Ella parecía no estar acostumbrada a que se le negar nada.
—Que si me puedo sentar con usted.
El camarero, apostado a la puerta del bar, miraba divertido la escena.
Me quité las gafas de sol, volví a mirar a la mujer con incredulidad y le hice un gesto con la mano señalando la silla libre.
Ella abandonó la mesa de al lado y se trasladó a la mía, cargada con sus cosas. Aproveché para darle un repaso. Está mal que lo diga, pero fue lo que hice. Llevaba un bonito vestido azul celeste con florecitas amarillas, este dejaba al aire los hombros y las piernas por encima de las rodillas. La
piel morena, posiblemente de sesiones de rayos UVA. Cuando se sentó le pude ver bien la cara. El pelo largo hasta los hombros, era castaño claro, supongo que llevaba mechas. Los ojos eran grises de mirada limpia.
Empezaba a estar algo incómodo en mi traje azul marino.
Ella era de las inalcanzables.
Continuará…
@Antonio García
@Imagen Pinterest
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.