Las sábanas de plástico transformaron la cocina y el pasillo de casa en un laboratorio en forma de tubo. Mario y Juanjo, con unos monos de trabajo, unas mascarillas, y las gafas protectoras, pasaron de ser unos obreros novatos a unos investigadores de Expediente X en plena faena. Con la excusa de reventar las baldas de obra, y hacer el hueco suficiente para meter la nevera nueva, parecían estar buscando una nave espacial camuflada.
Armados de un mazo, una radial, una escoba y un recogedor, destruían a golpes rítmicos el marco y las estanterías. La pared vibraba, el espacio hasta el techo actuaba como un embudo sonoro aumentando el ruido con calambres que recorrían sus brazos. El hormigón, y el ladrillo fragmentado, sangraba polvo por el suelo antes de volver a levantarse en suspensión creando el efecto de ser unos aparecidos en color gris dando un último adiós.
-Aparta…Aparta Mario que ahora caerá con el último golpe.
– ¿Qué coño es esto?
-Pero…Si yo sólo quería ensanchar el hueco para la nevera. -Se lamentó Juanjo.
El agujero había ido más allá. No sólo había destrozado las baldas, sino que había atravesado la pared liberando una habitación llena de oscuridad, telarañas y un frío enrarecido, lo que menos esperaban los dos investigadores improvisados.
– ¿Porque…? ¿Desde cuándo?
Juanjo estuvo a punto de meter la cabeza para ver si veía algo más, pero Mario extendió la mano hacia él, se quitó los guantes y encendió la linterna del móvil.
El foco de luz recorrió el techo de una pasada.
-Joder menudo espacio de puta madre… ¿Y lo tapiaron?
-A lo mejor ni lo sabía el que me lo vendió. No tiene mucho sentido perder este sitio.
Mario bajó el haz de luz buscando algo llamativo, parando en las esquinas hasta que su muñeca quedó inmóvil y un tímido temblor hizo bailar el cono blanco.
-Espera…
En el puto medio había algo muy muy raro.
– ¿Un cuerpo?
Mario se acercó al borde del agujero. La claridad apenas cambió, igual que el tembleque.
-Es raro…Es…raro. ¿Tienes otra linterna mejor que esta? ¿Una de luz amarilla?
Tardaron más de media hora en encontrar una grande en el trastero, y otro rato más en atreverse a mirar de nuevo.
Esta vez cogieron una banqueta para apoyar la linterna y mantener fija la luz.
Justo en medio del suelo había un cuerpo tumbado, de cara hacia ellos. Y lo más inquietante es que cintura para arriba estaba…
– ¿Dormido? Parece…Dormido… ¿Blandito? ¿Reciente?
-No lo entiendo…Pero el resto es un esqueleto ¿Ves lo mismo que yo?
– ¡Ohhh dios mío! Le han matado y luego le han echado ácido, u otra substancia, y lo han metido ahí dentro.
-No tiene sentido…
-No lo puedo creer…- Juanjo se llevó las manos a la cabeza y empezó a respirar ruidosamente.
-No tiene sentido te digo…Aunque fuera lo que dices este tío debería ser ya un esqueleto… ¿Hace cuánto tienes la casa?
-Eeeh… ¿Cuánto? – Extendió una de sus manos y empezó a contar en voz baja.- Espera…¿Cinco años y medio?
Mario seguía negando con la cabeza, cogió la linterna y con mucho cuidado fue iluminando otra vez el techo.
-Fíjate, fíjate…
– ¡Joder! ¿En qué? ¿Hay que llamar a la policía?
-No nos hemos dado cuenta antes…Hay muchas telarañas…Pero sólo en un lado.
– ¿Qué quieres decir?
-Céntrate y mira…No hay telarañas en el lado en que el trozo del cuerpo parece reciente. Parece estar limpio, demasiado limpio, y el otro lado en cambio no, ¡Está sucio y más viejo! Hasta esa parte del suelo está rajada.
-Es cierto…El otro lado es como si alguien se hubiera metido ayer mismo a limpiar…Pero las baldosas…Ese diseño no es muy moderno que digamos.
– ¿Y la ropa del tío? El chaleco de lana, el pelo tan repeinado…Uno del siglo XXI no se viste así ni de coña.
– ¡Te juro Mario que no sé nada de esto!
-Tranquilo, eso ya lo sé…Esto lleva por lo menos cinco décadas cerrado.
– ¿Entonces? ¿Qué es esto?
-No lo sé…- Mario siguió moviendo el foco de luz por la pared buscando alguna otra marca.
-Necesitamos un…Espera voy a por el que tengo en la habitación, el cable con el que lo tengo enchufado es largo.
Juanjo subió las escaleras y regresó a los pocos minutos con el reloj despertador y su cable de dos metros.
– ¿Estás imaginando lo mismo que yo?
-No estoy seguro…Y no sé…Pero ten cuidado…No, no toques el interior por si acaso.
Juanjo enchufó el reloj, y aparecieron los números en rojo 16:37. Con delicadeza lo colocó en el borde del agujero, y tironeando poco a poco del cable, lo deslizó hasta que quedó en el suelo cerca de las rótulas del desconocido.
16:37,16:38,16:39,16:40…16:58…17:28…18:46…19…20…24:13…Los números rojos empezaron a ganar velocidad…Los minutos se comportaban como segundos, las horas como minutos y llegó a las 7:00 y la alarma para ir al trabajo sonó un segundo antes de volver a callarse y correr más el tiempo.
-Esto… ¿Exactamente…Qué significa?
Mario cogió el cable de manos de su amigo y arrastró el despertador hacia el otro lado de la habitación hasta dejarlo al lado de las manos entrecruzadas del hombre yaciente.
Los números rojos dejaron de moverse, eran las 14:22, o así les pareció una eternidad hasta que se dieron cuenta que el 22 había cambiado a un 23…y tres horas después pasó al minuto 24 y a la mañana siguiente parpadeaba todavía un 14:26.
Ambos amigos tragaron saliva y sólo se les ocurrió desenchufar el despertador y tirar el cable a través del agujero.
Las obras de la cocina han terminado. Han desaparecido los plásticos, el polvo, el cartón de embalaje, los monos de trabajo…La sensación de estar dentro de un laboratorio experimental se ha desvanecido también.
Después de varias semanas toca cena con amigos, y de paso se apuntan sus parejas y críos. La nevera de Juanjo encanta a los niños, es de color roja y tiene una pantalla, de esas inteligentes, que te indican la hora, la presión atmosférica, pone música y tiene un botón para sacar cubitos de hielo al momento…Cuando los mayores no se dan cuentan se suben a una banqueta y empiezan a apretarlo. Un cubito, dos, tres…Se ríen y aprietan otra vez…Y los minutos que marcan la hora en color verde empiezan a cambiar como si fueran segundos.
Anabel 7Feb23
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