jueves, septiembre 3 2026

OTRA VÍBORA EN EL VASO by Catalina Bello

Estoy despierta. Me ha despertado el olor, la sábana fría. He defecado. Oigo ruido, mi respiración bajo el plástico. Hay alguien, ahí, al otro lado, pero no puedo abrir los párpados. No sé si los he abierto. La lengua me pesa, sabe a metal. Un charco de orín salta desde mi vulva. He perdido el conocimiento…, no sé cuánto, cuándo, dónde… No recuerdo. Me agota pensar. No pienso. El cuerpo, mi cuerpo, está encima de algo. Huele a insecticida. El vientre me sube, está hinchado. Estoy hinchada. Me pudro. Toco una pared: es metal, está fría. Estoy fría…, pero no. No, muerta no. Respiro… No, no cadáver.

Sudor, rigidez. Yo. Un hormigueo recorre piernas, brazos… El cubo en el que estoy guardada se desplaza. Me apartan el plástico. La luz abrasa. Es brutal. Me encojo. Tapo los ojos. Me limpian. Soy yo, no muerta. Me ponen una sábana.

Huelo: gotero. No muerta, no. Separo las pestañas; deslumbra, blanca: es una bata. Me palpa, me ausculta el pecho. Es un hospital, es una morgue, es una médica. ¿Qué pasó? Recuerdas

Me incorporan: dolor, me parte en dos. Piso el suelo, frío. Mis piernasazules. Nunca tuviste las piernas azules. No sabes qué ha pasado. No quieres recordarlo y no pensar en ello te hace olvidar el dolor, el hospital…; así que giras tu pensamiento, buscas otros: algún nombre. Aisha. ¿Quién es Aisha? Te suena. No, tú no eres Aisha.

Las dos cantáis como cigarras alegres al ver vuestro nuevo papel pintado pegado a la pared de tu habitación. «¡Qué bonito es, y tan lleno de cántaros de cristal con lotos y jazmines y caléndulas…!», dice Aisha. ¡Cristal!, ¡como el tarro del suero que me están poniendo ahora mismo! Luego, jugáis a que vais a las fiestas de los Punjas con saris y hacéis ofrendas de flores como los más mayores… Salís al patio a buscar pétalos para hacer mandalas… Para trenzarnos con ellos el peloMás lejos…, más…, si no, no los hay grandes. Tenemos que salir a buscarlos al otro lado de la valla de la casa. Camináis entre la cúrcuma y el sándalo. Debajo hay algo, algo que pincha. No lo veo, pero pica… Pica a Aisha. Te agachas a mirar. No ves nada, pero gritas. Ha vuelto a picar. Me duele. ¡Mi brazo está grande, muy gordo, como la pierna de Aisha! Se lo enseño, pero se está durmiendo. ¡Aisha se ha puesto a dormir! ¡Y duele! ¡Me hace pupa! ¡Y ella juega a dormir! Pues yo no juego. Pero sientes que tú también te vas a dormir. ¡No! ¡No quiero! ¡Me duele! ¡Mamá! ¡Casa! Regresas rápido, rápido; no, no sientes el brazo. Estás… Me estoy… Polvo. Caigo. El suelo nubla mis ojos… Polvo.

Te mordió, fue después que a Aisha, y la víbora ya no tenía tanto veneno. Te dio tiempo a llegar hasta mamá. Sobreviviste. Como ahora; como cuando ayer, en el hotel, se te cayó ese vaso de agua con un sabor extraño que alguien dejó en la mesilla de noche. Se te cayó de las manos y no pudiste terminar de beberlo entero. Por eso, has resucitado de debajo de los plásticos con los que se envuelven los cadáveres. Por eso, has salido de la morgue. Pero ¿qué hacía aquel sabor extraño, veneno como el de la víbora de las marismas, en mi vaso de agua de ayer por la noche en el hotel? ¿Quién lo echó dentro del cristal, dentro del vaso? ¿Por qué?


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