Miranda se despertaba siempre con el sol en sus ojos. Lentamente se vestía, bebía alguna infusión y
comenzaba con sus labores en la huerta, cultivando y recogiendo vegetales y flores.
Pablo en cambio, salía casi de noche a enfrentar el mar para lograr una buena pesca. Siempre
regresaba cuando ella estaba trabajando. Era entonces que preparaba el pescado para venderlo en la
feria del pueblo. Hablaban poco pues en el silencio se entendían.
Cuando tenía todo listo, Pablo se marchaba no sin antes saludar a Miranda con la mano. Ella
siempre le devolvía el saludo con una sonrisa derrotada y se quedaba sola hasta el atardecer. Sus días eran siempre iguales; el trabajo en la huerta, alimentar a las gallinas, patos y cerdos, ordenar la pequeña cabaña, preparar la cena y llorar en soledad.
Al caer el sol su esposo regresaba. Ella reconocía el sonido sus pasos lentos.
—¿Cómo te ha ido en el pueblo?
—Bien, vendí todo, fue un buen día.
Acto seguido fue hasta su pieza para esconder en un mueble el dinero, mientras ella preparaba la
mesa y servía la cena, un estofado de conejo.
Comieron en paz y en profundo silencio.
Al finalizar, Pablo fue a caminar por la playa solo, pero Miranda lo siguió pues quería hablar.
Entre asombrado y complacido Pablo aceptó la compañía de su esposa por lo que caminaron juntos
hasta que ella en un momento dijo.
—Pablo, sé que no quieres pero debemos hablarlo, sabes que en definitiva somos responsables de
su desaparición.
Se abrazaron muy fuerte entre lágrimas y lamentos.
Más tranquilos se quedaron contemplando la inmensidad del mar.
—¿Recuerdas cómo fue todo?—preguntó ella.
—La memoria ya me comienza a dejar atrás, querida mía.
—Bien. Tú estabas con tus amigos bebiendo en la taberna cuando unos piratas entraron a nuestra
casa. Al verme, intempestivamente se abalanzaron sobre mí y me arrancaron la ropa dejándome
desnuda. A punto de ser violada recordé de pronto el dolor, la vergüenza y la indignación que me
había provocado la violación de mi tío cuando tenía doce años y grité con todas mis fuerzas.
Esmeralda presenciaba todo, escondida detrás de un cortinado. Cuando no soportó más, tomó el
trabuco y disparó. La munición le atravesó la cabeza. Esmeralda quedó paralizada, dejó caer el arma al piso y se llevó las manos a la cara para taparse los ojos y no vio que otro pirata se le acercaba. Le pegó un golpe tan duro que la hizo volar hacia atrás, golpeando su cabeza contra la pared. Ese golpe me produjo un furioso dolor por lo que corrí hacia el armario, tomé la vieja espada del samurái japonés y con una fuerza sobrenatural le corté la cabeza. Comenzó a caer pesadamente hasta quedar totalmente tendido en el suelo, el cuerpo, por un lado, la cabeza por otro.
Nos miramos con Esmeralda un largo rato sin poder articular palabra.
En cuanto pude hacerlo, me acerqué a nuestra hija para preguntarle cómo estaba. Su estado de
alteración era tal que salió corriendo. Quise alcanzarla, pero no pude, era muy veloz y se perdió en el bosque, ¿Recuerdas que la buscamos durante semanas sin resultados?
Pablo asintió con la cabeza.
—Nunca me perdonaré el hecho de no haber estado ahí para defenderlas.
—Y nos rendimos pensando que se había ahogado. Pero no fue así y elegí no decirte toda la verdad,
preferí lidiar sola con esto.
—¿De qué estás hablando, mujer?
— Habían pasado cinco años desde su desaparición. Estaba yo en la huerta cuando un olor
nauseabundo hizo que me diera vuelta y allí estaba, parada frente a mí, con la vista extraviada, sucia
y semidesnuda.
Quise abrazarla, pero se alejó. Luego comenzó a hablar.
—Solo vine a mostrarte como arruinaron mi vida, tú y ese borracho que se hace llamar mi padre,
dejaste que matara a un hombre y que otro me golpeara, por eso me fui. Me dio asco tu desnudez
frente a esos enfermos mientras mi padre estaba emborrachándose. Al principio vagué por la isla,
comiendo hierbas y durmiendo en los árboles. Al menos la luna me cobijó. Un día me decidí y me
acerqué a una tribu de indígenas del otro lado de la isla. Al comienzo me trataron bien, me alimentaron y me cuidaron, pero en cuanto crecí fui violada por casi todos ellos. Quise y quiero
morirme, arruinaron mi vida, no me dejaron crecer, me mataron a los ocho años. Y moriré otra vez,
ahora para siempre.
Desesperada me lancé hacia ella con la intención de abrazarla y pedirle perdón, pero me esquivó y
caí a la arena.
—¡Perdónanos por favor Esmeralda, te pido perdón, prefiero morir en tu lugar, no lo hagas, no lo
hagas por favor!
Se dio media vuelta y se alejó. Cuando se iba, pude notar que atado a la muñeca izquierda tenía el
pañuelo púrpura que le habíamos regalado una vez. Algo quedaba de mi preciosa niña.
—¿Dime mujer, como has podido vivir sin contarme todo este tiempo?
—Llorando en soledad, en silencio, no quería que ni Thomas ni tú sufrieran lo que yo viví ese día.
Rezo para que mi hija esté viva o se encuentre descansando en paz—dijo con la voz quebrada por el
dolor.
—Solo me queda morir de tristeza.
—No puedes, Thomas nos necesita y yo también.
Regresaron a la cabaña, alumbrada por la luz mortecina de un farol y se acostaron, aunque ninguno
pudo conciliar el sueño. Esa mañana se levantaron como de costumbre, aunque Miranda quiso acompañar en el bote a su marido para ayudarlo en la pesca.
—¿Estás segura que quieres venir conmigo?
La mujer no le respondió y se aprestó a partir. Se internaron en el mar, con sus redes, cuchillos y cubos. Al rato, el bote estaba atiborrado de pescados y regresaron. Pero el viento les jugó una mala pasada y los desvió de la ruta. Cuando se hallaban cerca de la costa, vieron un bulto grande sobre las rocas bañadas por olas furiosas. El corazón se les aceleró y remaron con fuerza hacia allí. Cuando llegaron, vieron con mucho pesar y dolor que era Esmeralda.
—¡Es un milagro! ¿Cómo es posible? ¿Está muerta?—preguntó Miranda.
—Respira vamos a llevarla.
Como pudieron la subieron al bote y se encaminaron hacia la costa donde estaba la cabaña. Pero una tormenta feroz y violenta comenzó a azotar el agua. Hicieron un gran esfuerzo para acercarse a la costa. Mas de pronto, el padre se cayó del bote.
—¡No, no, no!— gritó mientras estiraba sus brazos. Al rato no lo vio más, el mar se lo había
devorado.
Con lo poco de fuerzas que le quedaban, Miranda logró llegar y encallar en la costa. Thomas, al
verla corrió para ayudarla. Con un hilo de voz, le contó lo que le había ocurrido su padre y como la habían encontrado a la hermana.
—¡Cuídala hijo!—lanzando un último suspiro. El esfuerzo había sido demasiado para su viejo
corazón. Thomas dejó secar sus lágrimas sobre el rostro de su madre.
Luego regresó con su hermana, la alzó, la acostó en su vieja cama, limpió el espacio a su alrededor,
fue a buscar flores silvestres, colmó la pieza con las mismas y cuando llegó la noche, se durmió a su
lado. Pasaron los días, pero no había reacción, estaba viva, pero era evidente que su mente y su alma
estaban lejos de allí. El tiempo seguía su inexorable marcha con Esmeralda dormida.
Más, su belleza no se marchitaba. Su hermano la cuidaba de sol a sol, jamás se separaba de ella.
Recordó su cumpleaños número veinte y tres y quiso agasajarla igual por lo que organizó una
reunión con sus amigos y vecinos.
Esa noche se coronó la alegría después de mucho tiempo; recordaron anécdotas, comieron y
bebieron; los barriles con ron duraban lo que un suspiro. Y en medio del festejo, en la pieza iluminada por antorchas se encontraba el cuerpo inmóvil de Esmeralda.
Pero a la medianoche, algo inesperado ocurrió. De pronto vieron una luz muy brillante que surcaba el cielo. Algunos, aseguraron que la vieron emerger del mar…
Los rayos del sol despertaron a la gente que estaba allí, tirada en la arena. Comenzaron a retirarse, muy confundidos pues nadie lograba recordar nada. Thomas, al despertar, salió corriendo hacia el cuarto donde estaba Esmeralda y cuál fue la sorpresa al ver que su cama estaba vacía. Y en la almohada el pañuelo color púrpura.
Corrió hasta la huerta, en el fondo de la casa y allí la encontró, arrodillada contemplando las flores
que cultivaba su madre.
—Esmeralda—
El reencuentro de los hermanos fue conmovedor, el abrazo interminable, los corazones latiendo
frenéticos.
Cuando pudieron hablar fue ella que dijo.
—Perdón hermano mío por el tiempo que tardé en despertar. Gracias a papá y a mamá estoy viva y
no me alcanzará la vida para agradecerles. Dieron su vida por mí. Yo me equivoqué con ellos, pero
era muy niña para darme cuenta que no tenían la culpa de lo que pasó. Y el gesto que tuvieron fue
heroico, sublime y el mundo debe conocer la historia. También el tuyo que me cuidaste todos este
tiempo. Mas adelante te contaré como sobreviví este tiempo.
¿Thomas? vivamos nuestra vida como ellos hubieran querido que la vivamos; tú deja de dar vueltas y cásate con Ágata que está enamorada de ti, mientras, yo escribiré. Al terminarlo me casaré y tendré muchos hijos.
Se abrazaron otra vez y fue el muchacho que corrió hacia Ágata que estaba de pie en la puerta de la
pieza escuchando.
Pasaron algunos años.
Era la hora en que el sol caía sobre el horizonte y las primeras sombras tomaban su lugar en la
playa. Ella reconoció los pasos de su esposo entrando en la casa.
— ¿Cómo te ha ido en el pueblo, Thomas? —preguntó Ágata.
—Bien, vendí todo, fue un buen día esposa mía.
Mientras ella preparaba la mesa para comer, él jugaba con sus pequeños hijos, al mismo tiempo que
Esmeralda terminaba de escribir las últimas palabras en su libro Miranda y Pablo.
“Me han regalado el don de la vida dos veces y solo los Dioses pueden concederlo. Hasta siempre
padres míos, el amor es eterno”.
@Richard
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