Un treintañero espigado, con alopecia prematura y gafas de pasta de 37 pulgadas, mira lánguidamente por la ventana, La vuelta al mundo de Julio Verne olvidada en el regazo. Cierra los ojos acunado por el traqueteo del tren, con el sol de la mañana aureolándole la cabeza en la butaca. Piensa si será posible ahora que vuelve a los mismos olores y rincones, a su mismo cuarto, cerrar los ojos y soñar con aquel niño que intentaba dormir y no podía, soñando en la oscuridad del tiempo unos sueños blancos como los bocadillos de los tebeos, las barbas del rey Melchor o el turrón duro de almendras, ese que tanto le gustaba a la bisa (lo chupaba con cuidado, golosa, a trocitos, sin dientes, como hacía con las peladillas), impaciente por despertar al sol de la mañana y descubrir una locomotora de juguete dando vueltas a su alrededor. Se pregunta si la vida no será esto, finalmente: un viajar en apariencia, una huida hacia delante. Montar en un carrusel y volver, volver siempre, tracatrá, tracatrá, sobre nuestros propios pasos.
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