martes, septiembre 15 2026

SUPERHEROINA DE COCINA by Rosa Balbuena

Se formó un estruendo terrible en la cocina. Todo salió volando; las cucharas, el abridor de latas, el colador, todo lo del cajón. Mi madre lanzó un alarido y un “me caguen diez” a media voz que nos hizo levantarnos del sofá y correr hasta la cocina a ver qué había pasado.

–          Ya no puedo más ¿Qué pasa hoy?

–          Tranquila mamá, solo es un mal día. Yo te ayudo

–          Eso lo podías haber dicho antes. Llevo tres horas en la cocina y nadie se levanta, aunque me veáis ahogada.

–          Bueno ya estoy yo aquí. Espera que recojo esto un poco y luego seguimos con la cena.

Los trastos volvieron a su lugar y por fin mi madre se calmó un poco. Entre las dos hicimos la cena y nos sentamos a la mesa. Mis hermanos pequeños, siempre peleándose, podían sacar de quicio a cualquiera y mi padre con su periódico era capaz de abstraerse del mundo completamente.

Tras ayudar a mi madre a recoger la mesa, me puse a estudiar un rato más; era época de exámenes y nunca estaba sobrada de nota.

Ella siguió en la cocina preparando la comida para el día siguiente, recogiendo todo y preparando la merienda de mis hermanos. Colocó la ropa de la plancha, colgó las toallas limpias, hizo la lista de la compra y por fin oí que se iba a acostar, no sin antes darles un beso de buenas noches a mis hermanos y desearme suerte en el examen del día siguiente.

Por la mañana, ella tenía que ir al médico porque llevaba una temporada que no se encontraba bien. Estaba muy cansada y no podía con la vida, cosa que, por otro lado, no me extrañaba nada.

Mi padre en esta ocasión pidió un rato en el trabajo para acompañarla. No quería dejarla sola. Eso sonaba bastante raro, nunca había hecho eso. Por norma general era mi madre la que acompañaba al médico a todo el mundo, pero él nunca había ido con ella.

La primera consulta ya fue un poco extraña. Enseguida le dieron vez para hacer no sé cuántas pruebas y la reenviaron para otro médico.

Después de no sé cuántas analíticas, pruebas y consultas sucesivas la diagnosticaron un tumor en el intestino.

La tragedia se instaló en un hogar donde siempre había risas y alegría.

Ya no se oían las cacerolas bailar en la cocina. El más mínimo ruido era motivo de sobresalto, hasta mis hermanos habían aprendido de golpe a comportarse. Ya no se peleaba ni discutía en la casa. Todo cambió de la noche a la mañana.

Operaron a mi madre en muy poco tiempo, todo iba tan deprisa que hasta me da vértigo recordarlo.

Todos estábamos asustados, no podíamos creer su mala suerte, nunca le había hecho daño a nada ni a nadie, no se merecía este destino. Nadie se lo merece, pero ella hacía mucha falta en esta familia. Estaba deprimida, asustada, nerviosa. Se alteraba por todo y ella que nunca lloraba ni con las películas ahora era puro llanto por cualquier cosa. No lo podía remediar. Daba tanta lástima.

Después de muchas sesiones de quimio, después de muchas analíticas nuevas, después de todo un proceso largo y tedioso mi madre quedó por fin libre de su mal.

Estaba curada. Eso era lo más importante. Poco a poco todo volvió a ser como antes. Su sonrisa volvió a pintar nuestra casa de colores. Mi padre la acompañaba a todas partes, hicieron planes como hacía mucho tiempo que no hacían, salían más y eran un poco más felices. Eso siempre se contagia.

Veíamos a mi madre comprarse ropa nueva, comprarse una peluca para los estragos de la quimioterapia, todo parecía que iba sobre ruedas, pero ella cada vez estaba más delgada. Nos animaba diciendo que no quería engordar y que prefería cuidarse. Yo sabía que algo no iba bien.

Temía otra vez el mismo proceso, estaba ahora más asustada que nunca. Ahora sabía lo duro que sería otra vez la quimioterapia, otra vez las salas de médicos y los nervios en las salas de espera

No podía o no quería creer que había que volver a empezar. Sabía del engaño de mi madre, pero ella demostraba una valentía capaz de hacerme dudar. Iríamos al médico a ver si había suerte y yo estaba engañada. ¡cuánto lo deseaba!

Llegó el día, mi padre nos acompañó y lo fatal se confirmó. Otra vez. Los tres lloramos mucho antes de entrar en casa y dar la mala nueva.

El cáncer se había extendido y no había muchas opciones para combatirlo. La quimio no haría mucho efecto, aunque lo intentarían.

Mi madre se negó en rotundo. No se pondría más quimio ni gaitas. No quería pasar sus últimos meses vomitando y retorcida de dolor. En el fondo la entendíamos, pero era muy duro pensar que no quisiera luchar para estar un poco más de tiempo con su marido y con nosotros.

Intente hablar con ella, convencerla de que la necesitábamos

Se negó en rotundo. No había más que hablar. Ella también quería más tiempo, pero a que coste. Si ella sufría, todos sufríamos y de eso no quería ser culpable.

Tres meses pasaron hasta que despertamos un día y ella se había ido. Duelo, negación, aceptación, todos los pasos para superar el peor trance nunca superable.

Ahora sí que la vida había cambiado. Ahora sí que estábamos solos. Ya no había vuelta atrás. No me quedaba más que mis hermanos y mis libros. Le había prometido a mi madre que estudiaría y cuidaría de mi padre y de mis hermanos y en eso se transformaría mi vida a partir de ahora.

Estudié con las mejores notas posibles. Ayudé a mis hermanos a que fueran buenas personas. Con mi padre no pude porque su ánimo era imposible de ayudar. Ahora sabía lo que la había querido y aunque nunca lo demostraba delante de nosotros la quería más de lo que sabíamos.

Pasaron los años y toda la tristeza del mundo se fue diluyendo poco a poco y cada uno encauzó la vida como mejor supo.

Estudie medicina y ahora soy médico de familia en un pueblo precioso de Asturias donde vivo con mi padre. Nunca he podido separarme de él. Le necesito como el eslabón que me une a mi madre a la que recuerdo cada día

Siempre en mi memoria mi heroína.

 


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