El síndrome de la hoja en blanco, ¿qué es? No sé, no lo conozco. Siempre tengo algo que decir sobre los temas más diversos, siempre tengo una idea. Siempre tengo un pedazo de papel y un poco de tinta listos para contarme al oído lo que quieren que sea escrito. No digo que todo lo que escriba es de gran calidad o que sea digno de leerse, pero sí lo es de escribirse, al menos para mí. ¡Qué maravilloso siempre tener ideas! No. No es tan bonito como aparenta. Las personas que sobrepensamos todo, que nos cuestionamos todo, tampoco vivimos en el paraíso de la creatividad. Al contrario, muchas veces procrastinamos tratando de encontrar la perfección. Nada nos convence o todo nos interesa. Es un problema tan grande, como el de no tener ideas, pero a la inversa.
Un antídoto contra este laberinto es sin duda aceptar la imperfección, pero es algo difícil de hacer en un mundo donde vemos a nuestro alrededor una perfección inalcanzable. Deportistas de alto rendimiento, modelos de pasarela, eruditos en filosofía, expertos en marketing y muchas otras cosas más con solo dar un clic en nuestras redes sociales. Cada día vemos perfección, pero en realidad nos sabemos imperfectos, así vamos luchando por alcanzar un ideal que no existe y está basado en apariencias.
Hace poco leía sobre dos palabras japonesas que hablan de la importancia de la imperfección. El kintsugi que es el arte de arreglar piezas rotas de cerámica por medio de resina espolvoreada de oro. Mas allá del significado material de elevar el valor del objeto, esta forma de ver la vida hace entender que las cicatrices que tenemos en el interior, más que ser unas imperfecciones que nos restan valor, están ahí esperando el momento para hacernos mucho más valiosos, para convertir nuestras imperfecciones en uniones luminosas de nuestra esencia. La otra palabra es Wabi-sabi que busca reconocer el valor de la belleza de lo simple, de aquello que se va gastando de forma natural con el paso del tiempo, pero que va marcado por el gozo del cumplimiento de su finalidad. Para ejemplificarlo pienso en las arrugas pronunciadas que son consecuencia de múltiples sonrisas a lo largo de la vida o en el caer de las hojas de un árbol.
Me parece que es tiempo de superar la perfección y aceptar la imperfección con amor. Esa imperfección que nos hace seres humanos y nos da la oportunidad de ser cada día mejores. Esa imperfección que nos hace necesitar los unos de los otros, que nos lleva a ser sociales por naturaleza. Esa imperfección que nos hace poder rectificar al comprender nuestros errores, pero también que nos permite ser lo suficiente humildes para no creernos superiores los unos sobre los otros. Esa imperfección que da la tranquilidad de saber que no tenemos que vivir obsesionados con ser mejor que nadie, sino simplemente mejor que ayer.
Qué fácil es a veces amar las imperfecciones del otro y qué difícil aceptar las propias, perdonarse a uno mismo. Sí, a veces en la vida somos nuestros jueces más duros. Otras veces nos creemos con la capacidad de juzgar a otros, como si estuviéramos libres de culpa. Así de paradójicos somos los seres humanos, así de imperfectos y contradictorios. Esto que escribo está muy alejado de la perfección, pero probablemente eso es lo que lo hace valioso, porque es una oportunidad para que el otro piense y vea mis errores y los corrija o tal vez para que se anime a escribir y pensar, aunque lo que escriba y piense tampoco sea perfecto.
Ciudad de México, 15 de enero 2023
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* Teresa Esteban es escritora (terestber@gmail.com).
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