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El Pirata y Los delinqüentes. By Diana González

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Los bares en este país son como dársenas en  mar abierto. Puertas indispensables, lugares de paso obligado. Cita con el consuetudinario encuentro con uno mismo. El bar, cualquiera, es parte de la cultura nacional. Allí la gente habla de lo que no se habla en casa,  café, telenovela, prejuicios o discusión de por medio.

No bien se cruza la plaza del Gran Capitán, justo donde Emperatriz Eugenia se tuerce hacia Ronda, está El Pirata.

En El Pirata las cervezas rubias, y la música son ríos de los que todos beben. Es parte de su paisaje escuchar Er Migue (1)

Nube de pegatina

Farola de serpentina

Marinero de los mares

Con las olas de cartulina.

 

Allí emergen acordes que piratean las horas, las roban.  En las mesas hacen coros, palmas y se come rico. Hay un mágico escorzo en el  runrún de voces, palabras  de desamor, órdenes de bebida,  gritos por el futbolín.

Atrás de la barra, atentos, están  los médicos con  oídos, los impertérritos asistentes, los hieráticos y memoriosos valets del desencanto, el fracaso y las euforias, todo lo miran, todo lo ven con ojos sin censo,  aceptando las almas desnudas les abrigan  cuando la música se detiene, entre tirada y tirada, dándole  al play.

Después de un largo tiempo escondío

Todo oscuro con hambre y muerto de frío

Sin nada que hacer tan solo esperar

Busco libertad amigo mío tengo que volar

 Saben que muchas almas se desnudan bajo los efectos del alcohol, la música, los recuerdos, los otros.

Los bares tienen su aquel en esta ciudad, ésta ciudad fundada de historias lejanas, ladrillos de tiempo, aljibes de arena. Guarecida en tertulias, guitarra, río y empedrados.

Esta ciudad donde no abundaban nuestros recuerdos.

Esta ciudad que me acuna, me baña, me abraza. Esta ciudad que me enseñó a dilucidar en sus mares de piedras, en sus zambras, en sus ojos prietos.

Los bares, también aquí,  son escuelas, inextinguibles confesionarios, indispensables lugares de paso de vivos y muertos.

Las aceras son de barro

Y cuando me llueve en marzo

Se me quedan pegaos los zapatos

Y llego yo a mi casa descalzo.

Como una campana dando paso a  la Santa Compaña salió María  detrás del mostrador, Ana le dijo sin enojo, ni énfasis:

— Me cago en tus muertos.

María giró en redondo señalando su frente y mirándola fijo

— ¡No! En mis muertos no, cagate en todo, pero en mis muertos no.

Después del humo negro

hay que ser valiente y despertar

Y vivir como vive la gente

En El Pirata la cocina se ha cerrado y ambas manillas del reloj han pasado holgadamente las doce, hora sacra en la que empieza el libre albedrío de solo copas y chupitos. Los que comieron se van y quedamos los rumiantes de siempre.

Sentada a la barra miro la noche  enredando de sombra sueños, apuros, abrazos, miradas. Pasa la vida como una película magnífica y espeluznante. Mi propio cuerpo, convertido en inexactitud y penumbra propicia inestabilidad, sopor, inconsistencia y temblor que me mantiene de pie frente a la realidad irreal que ha acomodado la última birra. Los gestos de los demás, por mínimos que sean, adquieren dimensión de biblioteca cerrada, de playa en la noche, de bosque sin luna.

Coge el tiempo, salta la reja

y vámonos a compás

que esta noche es bandolera

y quiero verte soña

A mi lado Fé, Ana y Malia se esfuerzan por modular su lengua en una conversación llena de incontenibles hipos y eructos

— Nnno.. nno venía para aquí. Mavoy a ccassaa.

— Bebe y calla.

— Ssshh… Nno, ya no me cayo.

— ¡Maria!, pon-me-me tres  xu- xuppitos.

El perro de Malia, sentado a sus pies la mira condescendiente.

En una mesa al costado de la barra hay dos que no dejan de mirarse a los ojos.  Tres en la puerta fuman y canturrean.

No, ya no puedo quedarme aquí

Si tu quieres quédate tú

Esta vida no es para mí

Y pensar que no fumabas.

No, no te perdono. No puedo hablar sin que algo se rompa.

Sabía que aparecerias.

Y entraste, con tus jeans azul  claro, tu infaltable camisa de cuadritos al tono, tu sonrisa divertida, tus manos de largos dedos delgados, tu chaqueta marrón, tu andar enérgico. Viniste directo hacia mí y te sentaste en la banqueta a mi lado. Practicamos la vieja costumbre de hablarnos sin pronunciar palabra. Me mirabas como preguntándome

— ¿Hasta cuando?

— Hasta que se me pase.

— ¿Y cuándo se te va a pasar?

— No sé, tal vez nunca.

— Pues mal te veo.

— ¡Callate!, no tenes derecho.

— Si, si que tengo. Vine a que hablemos claro de una vez, a que me digas a la cara todo lo que tengas que decir.

— ¿Acaso no lo sabes?

— Si, claro. Pero nunca  lo has dicho.

— También hay un montón de cosas que nunca me dijiste y otras que ocultaste.

—  Como todo el mundo.

— Tendrías que haberte quedado, tendrías que haber hecho el esfuerzo de  quedarte un tiempo más.

Detrás de la barra El Búlgaro nos canta

Ya no puedo quedarme aquí

Si tu quieres quédate tú

Esta vida no es para mí

Yo quiero vivir y comé jamón

Olvidar para siempre el reloj

— Todavía no entendiste

—Vete a la mierda.

— Y qué más.

— ¡Y no vuelvas!

— ¿Estás segura?

— No me jodas. Siempre estás ahí, siempre mirándome. Todo, me banque todo, tus ausencias, tu caracter de mierda, tus otras, tus culpas. Solo te pedí que aguantaras, aunque más no fuera un poco más.

— Ya está, estamos a mano.

—Lo habíamos prometido.

—Y cumplimos para bien. Todo es para bien.

— Si, claro. Todo, como  tu apuro de siempre, para ir a ninguna parte.

— ¿No hay perdón?

— Sabes que si. ¡Pero te podías haber quedado un poco más!

El Verde Reverde nos canta a todos

Si me aburro miento yo solito me abro las heridas

Sin idea yo retengo el destino de mi pobre vida

Yo no quiero malos rencores solo busco todas las salidas

 

Malia había llegado al punto en el que el dedo índice se transforma en batuta, Excalibur y látigo. Con los ojos dispersos consultó el reloj, mirando a Manuel e hipando dijo

— … ¿Yatevastú?

— ¿Qué dices?

— ¡Hip!… ¿Quem llevasa mmmicsa?

Manuel asintió con la cabeza. Fé pidió otros  dos chupitos para ella y Ana. Malia miró a su perro y le explicó.

— Que ssola conntigo no lleggggamos.

Golfo, el perro de Maila me observa, luego mira a mi espalda y tras un rezongo suelta un ladrido.  Lo mirás divertido y le decis — ¡Callate soplón!— Él entiende y nuevamente se acomoda a los pies de su ama, su dueña, su humana.

Me tomas del hombro y me decis.

— Nosotros también nos vamos.

Pagué y salimos a la calle, el aire fresco de las últimas estribaciones en los negros bucos del invierno me da en la cara, el frío le explica a mi cuerpo por qué en la noche de todos los gatos pardos, todos los seres se juntan en un acompasado son de convocadas almas.

Nadie como la noche para derribar barreras de color, tiempo, estado y distancia.

Er Migue, El Verde Reverde, Gufi, El Búlgaro o El Cuerdo, todos el mismo,  viene con nosotros canturreando:

Y con la fé ganada que ni en campos de granada,

Desterrada se sintió y vio el mañana

Agua clara, ojo reseco, para este pobre que de

Lejos, ya no dica un pulso gana

Sin mirarme, ya sin abrazarme, me preguntas

— ¿De qué te reís?

— ¡Seguro todos se piensan que voy sola!

La sinfonía de tres  carcajadas se acoplan a la noche, las estrellas, y se quedan sentadas y silbando  como testigos sobre el cartel del bar “El Pirata”

Cantamos los tres

Tu sólo quieres quererme cuando tu quieras

Cuando hueles los naranjos y la sangre se te altera

Tu sólo quieres quererme en primavera

Pero yo no soy Pinocho que el corazón tiene de madera

Como se abrazan los que ayudan, los que bailan y los que cantan, los auxiliados, los rescatados y los invidentes te abrazaste al Migue.

Los dos me hacen la venia y se van cantando y haciendo palmas y dando taconazos que solo yo escucho y veo, se van al lugar de encuentro.

A  la otra cara de la vida.

Yo quiero vivir y comé jamón

Olvidar para siempre el reloj

Caminando hacia el atardecer

Como un niño jugando otra vez

 

Notas: (1) Miguel Ángel Benítez Gómez: (Jerez de la Frontera; 20 de junio de 1983Ib.;6 de juliode 2004) conocido también como Er Migue, El Verde Reverde, Gufi, El Búlgaro o El Cuerdo, fue un músico español integrante y fundador con Marcos del Ojo del grupo Los Delinqüentes.

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