La familia daba vueltas y vueltas en la sala de espera mientras mi mujer rezaba de rodillas junto a la estatuilla de una Virgen. Mi cigarrillo, entre mis dedos, seguía apagado. Más tarde salió el cirujano y en tono serio dijo que todo había salido muy bien, que teníamos que esperar dos o tres días. Gemí de alegría y apreté los puños. Todos empezaron a saltar y a gritar de emoción ante la mirada molesta de dos enfermeras. Yo permanecí distanciado, junto a la puerta de cristal, mirando cómo llegaban y se marchaban las ambulancias. Las tragedias nunca se detienen y las alegrías cada vez escasean más. Solté el cigarrillo apachurrado y mojado por el sudor. El crucifijo me apretaba el cuello y me lo arranqué de un tirón.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó mi esposa. No la vi llegar y tuve que disimular para dejar caer el collar dentro de una maceta de tierra.
—Estaba nervioso y no quería asustar a los demás.
Me abrazó con fuerza y casi de inmediato apartó los brazos. Mi cuerpo temblaba y estaba frío.
—Nuestro hijo se salvó —dijo con los ojos bien abiertos y llorosos—. Ya ves que sí sirvieron todos nuestros ruegos. Nunca pierdas la fe.
La última frase me pareció un reclamo.
—No la perdí —mentí.
Solo cambié de fe, pensé.
—¿Con quién hablabas hace rato? Me causó miedo ese… hombre raro.
Sin pensarlo observé el dorso de mi mano y distinguí unas quemaduras en forma de dedos largos y delgados: aquel saludo me había dejado un recordatorio permanente.
—Un amigo me visitó. Bueno, yo le llamé porque necesitaba algo.
Mi esposa no entendió y descubrió el cigarrillo aplastado junto a mi zapato.
—Yo sé que estás preocupado porque la cuenta del hospital es impagable —dijo—. También sé que ya no tenemos nada para vender, pero podemos pedir otro préstamo.
Pegué mi cara en la puerta de cristal. Cerré los ojos: la silueta de mi acreedor seguía ahí, castigándome el cerebro. Escuché cómo llegaba otra ambulancia al hospital. Una mujer lloraba. Abrí de nuevo los ojos. El tipo raro me miraba con sus ojos refulgentes del otro lado de la acera mientras se enroscaba la barba de chivo; ni hablar, yo fui quien lo llamó.
—Siempre se puede vender algo más, cariño.
SERVANDO CLEMENS
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¡Muy bueno!
Ése sí, vendió hasta el alma.