miércoles, septiembre 16 2026

Maldita soledad (I) La soledad en la filosofía by Avelino Muleiro

En poco más de tres meses se conmemorará el tercer centenario del nacimiento del gran filósofo alemán Inmanuel Kant (22 de abril de 1724). Pero todavía ahora continúan manifestándose vivas aquellas preguntas que marcaron la eclosión y la evolución de su pensamiento: qué puedo saber? Qué debo hacer? Qué me está permitido esperar? Tres preguntas que pueden quedar sintetizadas en esta otra: qué es el (hombre) ser humano? La primera pregunta exigía una respuesta epistemológica y metafísica; la segunda reclamaba una solución ética; la tercera demandaba un dictamen sobre la religión; y la cuarta -que integraba a las otras tres – requería una contestación antropológica.

La antropología es la parte de la filosofía que se centra en la investigación y en el estudio del ser humano como especie. Analiza a la persona de una forma integral en su totalidad: cultural, evolutiva, social, económica, religiosa, política…En cambio, la psicología centra particularmente su estudio en el aspecto mental (cognitivo, afectivo, conductual) de la persona. A pesar de esas diferencias, ambas disciplinas tienen como finalidad el análisis e investigación del ser humano, aunque desde ópticas distintas.

Abordar con cierto rigor la soledad significa ensamblar ese concepto en el centro de la antropología filosófica y de la psicología. La antropología filosófica será la responsable de explicar dicho concepto desde una perspectiva histórica y metafísica, mientras la psicología intentará justificarlo dentro de un marco esencialmente emocional. Ambos enfoques enriquecen la visión de un fenómeno social tan dramático que inquieta a la sociedad y origina un dolor inmenso a sus víctimas.

Existe una soledad creativa, introspectiva, asociada al pensamiento divergente, provocada voluntariamente; y hay otra, opresiva, mórbida y patológica, afiliada a los trastornos mentales. Esta última está catalogada como una maldición contemporánea, porque no solamente las personas mayores y ancianas, sino también gente joven y adulta, en demasía, está atrapada en las redes de esa insoportable prisión.

La filosofía instala los soportes racionales de la soledad existencial aportando los argumentos necesarios para su comprensión. La psicología, por su parte, desentraña de ese concepto objetivo la singularidad existencial de la soledad en forma de emoción subjetiva.

El dilema de la soledad

Desde una perspectiva filosófica debemos preguntarnos si la soledad es un modo de ser o una forma de tener. Somos seres esencialmente solitarios o seres que tenemos (o podemos tener) soledad? Forma parte la soledad de nuestra esencia como humanos o la adquirimos circunstancialmente en determinados momentos de nuestra vida? Las respuestas filosóficas a esta pregunta no son unánimes ni concordantes. Incluso hallamos opiniones totalmente contrarias entre sí. En todo caso, en la ecuación filosófica, la soledad sobrevive conceptualmente a la psicológica.

Previa a la filosofía existió la mitología, en la que no faltan referencias a las nefastas consecuencias de la soledad. Una de las primeras víctimas de la soledad fue Narciso, aquel joven de presencia tan hermosa del que muchos quedaban enamorados, como nos relata la mitología griega. Él, en cambio, rechazaba a todos sus pretendientes. Ante tanta arrogancia, Némesis lo castigó obligándolo a que se enamorase de su propia imagen reflejada en un estanque. En un momento de ebria contemplación, se sintió incapaz de alejarse de su propia imagen y decidió lanzarse al agua.

En este mito ya se advierte de las letales consecuencias que supone alejarse del mundo rumiando las propias ideas dentro de su propio universo.

Para Aristóteles, la soledad representa un defecto de la naturaleza humana, porque somos animales con capacidad de utilizar la palabra (zóon lógon echón) y animales sociales (politikón). La soledad inhabilita esas dos capacidades, por cuyo motivo Aristóteles la considera un fenómeno contra natura. “Si el ser humano es infinitamente más sociable que las abejas y que todos los demás animales, se debe a que la naturaleza no hace nada en vano… La naturaleza arrastra instintivamente a los seres humanos a asociarse. Desde esa posición original, el ser humano busca la felicidad -como un estado de satisfacción completa- en cuanto es un animal gregario, un ser social. Y solo los dioses y las bestias pueden vivir felices en completa soledad” (Aristóteles: Política).

Séneca (4 a.C – 65 d.C) narra en las Cartas a Lucilio que Crates, discípulo de Estilbón, viendo a un hombre que andaba por la calle le preguntó que hacía caminando solo. Crates, refutándolo, le contestó:

“No estoy solo; ando conmigo mismo”. A lo que Crates le respondió: “Ten mucho cuidado, porque estás en compañía de un hombre malo”.

La intención de Séneca en este relato era seguramente la de reflejar la estupidez y el despropósito de la soledad. Estar solo consigo significa desconectar del entorno y encontrarse sin ninguna posibilidad de conocer el mundo ni de recibir auxilio en su islote solitario en caso de peligro o de una urgente necesidad de supervivencia.

El renacentista francés Michel Montaigne (1533-1592) valoró la soledad como una situación emocional en la que el ser humano puede encontrar la auténtica libertad. Él mismo reconoció haberla vivido y practicado: “Yo me he estudiado a mí mismo más que a cualquiera otro objeto: ésta es mi metafísica y mi física” (Ensayos III, 13). La soledad se ve aquí como un valor creativo.

Sería Descartes quien a comienzos de la Edad Moderna llegó a la soledad metafísica siguiendo el itinerario que se marcó en el Discurso del método. Al final de ese viaje no encontró a nadie que lo esperase en la estación de destino, viéndose así obligado a instalarse en un radical solipsismo. Descubrió que su pensamiento era simultáneo con su existencia. Y en esa conciencia no había información del mundo, ni de Dios, ni de nada. Quedó definitivamente preso en la jaula de la soledad. Cogito sum. Existo pensando.

Dos siglos después, Sören Kierkegaard (1813-1855) conectó con el filósofo francés afirmando que “la misión del pensador consiste en comprenderse a sí mismo en la existencia” (Postcriptum). Pero en la existencia hay etapas, que son caminos y formas de ser fundamentales de la vida humana. El filósofo danés citaba tres etapas fundamentales en la existencia humana: la estética, la ética y la religiosa. El salto de una etapa a la otra se lleva a cabo por una brusca conmoción vital que sacude a la persona en su propio ser desraizándola de su etapa anterior y sumiéndola en el aislamiento. Los factores emocionales de esta conmoción existencial son la angustia y la desesperación. Dos emociones corrosivas que están presentes en el análisis psicológico de la soledad.

Otro representante de la Edad Moderna ha sido el filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), quien expresaba y confesaba su soledad existencial interrogándose simultáneamente cómo sería su vida en el caso de salir de ella abriéndose al mundo. «Estoy aquí solo en la tierra, sin hermano, vecino, amigo o compañía que no sea yo. Pero yo, separado de ellos y de todo, que soy? Aquí está lo que me queda por descubrir» (J. J. Rousseau: Las fantasías del paseante solitario). El conflicto de Rousseau con el mundo exterior lo había obligado a hospedarse en su mundo interior, donde desarrolló con incontrovertible éxito los plurales formatos de su pensamiento. Sin embargo, tal actitud solipsista era una reflexión conceptual, posiblemente enmarcada en un contexto cartesiano en el que se movía, a pesar de que esa actitud intelectual no se correspondía realmente con su existencia vital.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) proclamaba que “la soledad es el privilegio de todos los espíritus excelentes”. Schopenhauer analiza la soledad como la capacidad de concentración que tenemos los seres humanos para reflexionar sobre nosotros mismos o sobre el mundo.

Federico W. Nietzsche (1844-1900) presenta en el Zaratustra un retrato dicotómico y ambivalente de la soledad. Por un lado, la defiende de forma categórica: “Refúgiate en tu soledad, amigo mío. Te veo pasmado por el ruido de los grandes hombres y herido por los aguijones de los mediocres… La plaza pública comienza donde acaba la soledad”. Pero, por otro lado, le dispara una crítica contundente: “En la soledad crece lo que cada un llevó a ella, incluso la bestia interior. Hoy todavía dispones de todo tu valor y de tus esperanzas. No obstante, tu soledad te fatigará un día. Tu orgullo se doblegará y tu valor te chirriará los dientes. Un día gritarás: “Estoy solo”. Un día no verás más tu ascenso”.

Esa ambigüedad polarizada con la que Nietzsche describe la soledad solamente se puede entender dentro de una obra tan enigmática como Así hablaba Zaratustra. Una obra maestra, ciertamente, pero como aparece en el mismo título, un libro para todos y para nadie.

En la Edad Contemporánea, la soledad entra con decisión en el existencialismo, considerándola condición consubstancial de la vida humana. Cada persona vive separada de las demás dentro de su propia mente, experimentando su existencia como una losa que pesa sobre ella.

El filósofo que remarcó de forma rotunda el rol metafísico de la soledad ha sido, sin ninguna duda, el existencialista germano Martin Heidegger (1889-1976). Para este filósofo, la soledad nunca puede ser superada ni evadida desde fuera. La soledad adquiere un significado particular como modo de ser que favorece una existencia más auténtica en el presente. El Dasein (el ser humano concreto) no es un ser solitario por naturaleza (aristotelismo), sino un ser que siempre se halla en relación con el mundo y con el resto de seres. En esa relación extramundana subyace la soledad como única posibilidad ontológica de una existencia individual auténtica. Cada persona -cada Dasein– tiene la posibilidad de comprender su propia existencia y de interpretar el ser de todos los entes del mundo de una forma distintiva a la suya.

“La finitud no es una mera propiedad añadida, sino el modo fundamental de nuestro ser. Si queremos llegar a ser lo que somos, debemos preservarla… y eso solamente se logra con el aislamiento en la existencia. Un aislamiento es un retiro a la soledad donde todo ser humano llega por primera vez a la proximidad de la esencia de todas las cosas, es decir, al mundo” (Heidegger: Fundamentos básicos de la Metafísica). Heidegger considera, pues, la relación con los demás (aristotelismo) como una estructura ontológica del Dasein (del ser humano concreto). La soledad, por ende, no deja de ser una limitación, una finitud, que nos permite sumergirnos en la esencia del mundo. No forma parte de la esencia óntica humana, pero es una exigencia ontológica existencial de su finitud.

Martín Buber (1875-1965) sintoniza con Heidegger al concebir la soledad como propiedad ontológica del ser humano. El ser humano -explica el pensador vienés- desembarca solo en el mundo, y en esa soledad cae sobre él todo el peso de su existencia. «Es en esa soledad cuando comienza a reflexionar sobre él y sobre el mundo. Y en esa reflexión se ve finito, frágil y tremendamente vulnerable, transitando por el estrecho sendero que lleva del nacimiento a la muerte» (M. Buber: Que es el hombre?) 

El filósofo lituano Emmanuel Levinas no comparte la teoría de Heidegger, sobre todo en esa relación de la soledad con la muerte. Pregunta Levinas: “Es la nada o la privación de los demás, subrayada por la muerte, lo que asigna a la soledad su carácter trágico?” (E. Levinas: El tiempo y el otro).

Levinas reniega de la soledad, incluso reconociéndole cierto valor sobre otras formas de relación humana. “No tengo ninguna complacencia con la soledad. Hay algo bueno, relativamente bueno en la soledad, en tanto que ella es mejor quizás que la dispersión en el anonimato de relaciones insignificantes; pero en principio, la soledad es una deficiencia. Todo mi esfuerzo consiste en pensar la sociabilidad no como una dispersión, sino como una salida de la soledad que tomamos a veces, como una soberanía en la que el ser humano es “amo de sí mismo y del universo”, donde la dominación se siente como la suprema perfección de lo humano. Yo rechazo esa excelencia. Entiendo la sociabilidad, la paz, el amor del otro como el bien, mejor que la dominación, mejor incluso que la coincidencia con el otro. (…) El amor es la proximidad con el otro, donde el otro permanece como otro” (E. Levinas: Ensayos y conversaciones).

Hannah Arendt tampoco ha querido dejar pasar la oportunidad de opinar sobre la soledad, fiscalizándola en su itinerario invasor. “Lo que prepara a los hombres para el dominio totalitario en el mundo no totalitario es el hecho de que la soledad, que en el pasado era una experiencia que habitualmente se sufría en ciertas condiciones sociales marginales como la vejez, se convirtió en nuestros días en una experiencia cotidiana”. Maldita soledad!

Como se puede comprobar, la soledad está sometida a diversas interpretaciones filosóficas, pero con una presencia innegable en la existencia humana. Aplazamos para la próxima entrega su visión psicológica, enraizada e injertada en las fincas de la filosofía.

Bio de autor:

-Colaborador semanal de Diario16 (desde finales de los ochenta y comienzos de los noventa).
-Colaborador semanal de Atlántico Diario, durante cinco años, con el logotipo El Surco (en castellano) y Xermolo (en gallego).
-Ha publicado trabajos de su especialidad (Nietzsche, Wittgenstein, Lóxica…) en libros y revistas filosóficas.
-Colaborador en libros y revistas culturales (Festa da palabra, Encontros coa tradición. Conversas no Ribeiro, Tres Campus, Verbas aos mozos galegos, de Álvaro das Casas -en edición facsímile-, O Manifesto UCRA, de Álvaro das Casas –edición facsímile-, etc).
-Prologuista de varios libros (Nomes do Ribeiro -de Frutos Fernández-, Os nomes beiramariños –de Gerardo Sacau–, Mar adiante, as Xeiras dos Ultreias, etc).
-Coordinador del libro Homenaxe a Neira Vilas e a Balbino, o neno labrego.

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