Abrió la ventana y dejó que el aire le estallara en el rostro. Afuera, las farolas empezaban a encenderse y la temperatura había bajado considerablemente. Con suerte, pronto las calles se vaciarían de gente corriendo de un lado a otro, de coches y de ruido infernal.
Pensó en él. Recordó las noches en que se asomaban a fumar un cigarro y a charlar después de haber acostado a la pequeña, cuando la vida no la ahogaba, mucho antes de que descubriera que su marido estaba haciendo la maleta para irse con otra. Aquel día vio cómo se alejaba el coche por la avenida, mientras apretaba los nudillos contra el cristal, tan fuerte que se hizo daño; después se hundió en el sofá y lloró hasta el amanecer.
Volvió la cabeza y vio a los niños jugando tranquilamente, ajenos a la tormenta que se iba formando en el interior de la madre. Los quería, a pesar de todo, se lo repitió una y otra vez, pero eran suyos y de nadie más. No, él no se los iba a quitar y haría lo necesario, lo que fuera, para alejarlos.
Empezó a llover con fuerza. Cerró la venta y se dirigió a la cocina. Hoy tocaba su cena favorita: tortilla francesa y salchichas para todos. Y antes de ir a la cama, un vaso de leche caliente con miel, para que los niños no notaran el sabor y se abandonaran los tres en un sueño eterno.
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