Se va el fin de semana y los recuerdos del sábado caen entremezclados con secuencias que no sé si pasaron.
Este momento de mierda también es el más interesante para existir. Es contradictorio y suena a cliché, pero no hay otra forma de describirlo.
Respiro una época única, los maravillosos años 20′.
Durante la última década este rincón del universo fue testigo de cosas impresionantes. En algún punto de la historia nos cansamos del chamuyo de las generaciones viejas y comenzamos a intervenir.
Nacía de los ovarios y de las pelotas. Lo que le pasaba al otro era un asunto más que personal y el «no te metas» una actitud imposible de adoptar.
Una camaradería que jamás experimenté.
Armados con empatía, la única herramienta necesaria era hacer ruido… ¡y se hizo! Ya que muchas voces, que por años fueron enmudecidas por lo arcaico, se hicieron oír sacudiendo a más de una sensibilidad retrógrada.
No íbamos a cometer las cagadas que se mandaron nuestros padres, ahora nos tocaba a nosotros señalar… y lo hicimos tan bien, que casi sin darnos cuenta, nos transformamos en eso mismo que quisimos destruir.
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