Los cráneos de los cadáveres secos y pelados alrededor del nigromante crujen y se quiebran ante el peso del bárbaro que, con decisión y sin ningún temor, se aproxima al hechicero rodeado de las sacrílegas criaturas que le protegen. En la derecha empuña la espada; en la izquierda, el hacha que tantos cuellos ha cercenado.
Los demonios invocados desparecen bajo los fieros tajos de la espada y los bestiales hachazos. A paso lento pero constante, el gigante bronceado gana terreno ante el adversario que con embrujos convirtió a sus camaradas en polvo y cenizas.
Una vez frente a frente, los grandiosos enemigos lanzan sus mejores ataques. El brujo arroja una marejada de fuego que se estrella con una cruz formada por la espada y el hacha. Por su parte, el cimerio concentra sus fuerzas en un golpe de hacha que hiere al invocador de diablos. Es lo único que el salvaje guerrero necesitaba: la certeza de la sangre. Pues por experiencia sabe que no necesita más para matar a un enemigo: porque si sangra, puede morir. Y si es mortal, el bárbaro será el causante de su último aliento.
RaS [17/4/2020]
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