Aparecieron por el camino el espigado Carballo, tirando de un carro de mano, y Montoro, el jorobado, que continuaba peleándose con la mula. Parecían una especie de don Quijote y Sancho. Se les unió mi padre y entre los tres trajeron la carga e intentaron subir al animal. No fue tarea fácil: la corriente zarandeaba el laúd y la pasarela amenazaba con irse al agua. Tuvieron que empujar, gritar y golpear a la mula, que se mostraba rígida, negándose a dar un solo paso. Cuando mi madre y mi abuela vinieron, los peones ya habían roto a sudar. Ayudados por otros hombres de tierra, que aquel día no embarcarían, trajeron al Cristo. El viejo estaba al timón, no le gustaba perder el tiempo. En la ribera se había formado un grupo de curiosos, sorprendidos los más porque alguien fuera a partir con tan mal tiempo.
Ocurrió algo en ese momento, un hecho que solo me explico conociendo a mi abuelo, sus valores puede que trasnochados, aquel puñado de creencias en las que había crecido, tan arraigadas en su personalidad, y que mezclaban la habilidad con la fuerza bruta y la desconfianza en lo que no se podía tocar con los dedos; aunque lo que voy a contar solo lo justifica ante mí. A ojos de otros seguramente parezca un chiflado, como se lo pareció a la mayoría del pueblo. Los peones acababan de tumbar la imagen entre el resto de la carga e iban a atarla, cuando oímos la voz del patrón por encima del río y el viento, un grito destemplado y áspero, de los que no admitían réplica:
—¡Martín, la cabeza! Lo primero, destápale la cabeza.
—Me cago en la madre que me parió —rezongó Montoro.
Mi padre y Carballo se miraron entre sí, pero no dijeron nada y desataron la lona que cubría la estatua, sacando la cabeza a la luz.
—Arriba con ella ahora.
Yo me esforzaba por ver algo, lo que no era fácil con medio pueblo delante. Oía, eso sí, los cuchicheos maliciosos, más o menos disimulados para que ni mi madre ni mi abuela los oyeran. En mí, en cambio, no reparaban; un niño pequeño es casi lo que un perro, y por eso me enteré de lo que decían, cómo se burlaban de aquel loco que debía creerse Colón, y al que si no mataba el río, lo que daban por seguro, lo iba a partir un rayo por jugar con cosas con las que no hay que jugar. Hubo quien se persignó. Recuerdo como si la tuviera delante la cara de Montoro, blanca como un cirio; parecía más desamparado que nunca. Al gallego la sonrisa se le había quedado un tanto deslucida, como cogida con alfileres. Mi padre era el único que mantenía la serenidad, o al menos disimulaba el miedo mejor que los otros. Entre los tres consiguieron enderezar la talla, a pesar del balanceo de la embarcación; alguien soltó un grito cuando un bandazo del laúd estuvo a punto de tirar a los hombres y la estatua por la borda. La cabeza de madera era ahora visible para todos, incluso para mí. El escultor había sabido captar el instante de mayor sufrimiento, con los ojos apretados en un rictus de una humanidad descarnada, como si le acabasen de clavar la lanza en el costado; la sangre le resbalaba por el cabello ensortijado, seguía por la frente y las sienes, por los pómulos afilados y los huecos de las mejillas, hasta dar con la barba, esa barba negrísima, como hecha de alambres. A alguien, una mujer joven, le dio un vahído y se la tuvieron que llevar a casa. Hubo otras que se arrodillaron para rezar, con las manos apretadas contra el pecho. Para que todos las vieran, claro. Mi madre y mi abuela, pálidas también, apartadas unos pasos, parecían dos Marías.
El viento, racheado y húmedo, se lanzaba ululando contra la gente, sacudía las embarcaciones. Los peones tenían serios problemas para mantener la estatua en pie. Fue entonces cuando el viejo añadió algo, aunque yo no llegué a entenderlo. Solo le vi la cara, el gesto sereno, incluso un tanto despectivo, diría yo, la boca articulando palabras que se me escapaban. Tenía los ojos clavados en la imagen, pero a diferencia de las beatas y los meapilas que me rodeaban, no hizo ademán alguno de santiguarse.
—¡Abajo! —ordenó. Eso sí que lo oí—. Y mucho ojo con volver a taparlo.
Montoro nunca fue otra cosa que un ablandabrevas. Trabajar, lo que se dice treballar de valent, trabajaba poco, lo justo e incluso menos, pero a la hora de hablar, entonces sí, se las daba de valentón; enseguida se le soltaba la sinhueso, sobre todo con vino de por medio. Muchas cosas se contaron del asunto del Cristo, la mitad embustes que él repartía a manos llenas entre los parroquianos de la taberna. Pasadas algunas semanas también yo quise saber y le pregunté a mi padre, pero él le restó importancia. Tonterías, me contestó, revolviéndome el pelo. En el pueblo no hubo dos que se pusieran de acuerdo, y si para unos puso en pie al Cristo para injuriarlo y reírse de él en público (estos eran los que estaban convencidos de que el patrón del Espiadimonis olía a azufre), otros aseguran que lo que hizo fue preguntarle si tenia els collons ben posats para cabalgar el Ebro, sobre todo con la crecida, y luego añaden que se reía, aunque ya he dicho que pocas veces le vi reír, y menos aún en un barco. Mi abuelo no era de los que se tomaban su trabajo a chacota. El tío Angulo, que no estaba aquel día en la orilla, también tenía su opinión, ¿quién no la tuvo en Albanalmar? Me dijo que lo que quería era enseñarle el río. Si se iban al fondo, el Cristo se iría con ellos. «¡Y qué mal lo debió ver, si tenía que nadar!», graznaba el muy tuno, carcajeándose. Yo estaba lejos y no me enteraba algunas cosas. Lo cierto es que tanto los que hablan sin haberlo visto como los que lo vieron y no hablan, los que subieron al laúd aquel día y los que se quedaron en la orilla, estaban tan acobardados por el vendaval y la fuerza de las olas, los roznidos de la mula eran tan sobrecogedores y violentos, que dudo que nadie se enterase mucho mejor que yo. Bajaron la imagen y, con la cara descubierta, la amarraron y aseguraron la carga.
Soltaron amarras y se separaron del embarcadero. Alguien les deseó suerte tímidamente, puede que fuera mi madre. El laúd se movía despacio, de eso me acuerdo bien, hasta que de repente, como si el Ebro quisiera reclamar lo que por derecho le pertenecía, se sacudió y se precipitó en medio de la corriente. Lo que ocurrió a partir de entonces lo sé por mi padre: «Hijo —me contó una tarde, paseando por la ribera—, no te deseo un viaje ni la mitad de complicado que aquél. Hala, si lo tienes, ojalá que sea alguien como tu abuelo quien lleve el timón». A partir de Caspe el río se encajona, divaga entre meandros. A los giros constantes había que añadir el viento, el vaivén de las aguas. La corriente era un aluvión de barro y suciedad, con grandes ramas arrancadas de cuajo. De cuando en cuando se oía el rascar de una piedra. El río mugía, navegar aquel día era como ir montado sobre un jabalí enfurecido. «Me encomendaba a todos los santos cuando las orillas se cerraban y pasábamos rozando las rocas. Y mientras tanto tu abuelo…, no sé qué tiene ese hombre en las venas. Sangre no, te lo digo yo. Porque yo tengo sangre y hubiera saltado por la borda antes que seguir un solo minuto». En la sama estaba Montoro. Junto a la carga, la mula, que no dejaba de patear. El bam-bam de las tablas los ponía a más nerviosos de lo que ya estaban. El gallego y mi padre tragaban agua a cada rato, empapados de arriba abajo y luchando con los remos, que se curvaban y amenazaban con astillarse. «No nos fuimos a pique de milagro, pero no sé si fue el Cristo o no quien nos echó una mano». Él lo veía desde el banco, con «la cabeza desgreñada, coronada de espinas, el gesto de un agonizante en medio de la tormenta. Si te digo la verdad, me daba escalofríos e intentaba no mirar en su dirección, aunque no creo que yo tuviera mejor cara. Carballo no la tenía, hazme caso». Hubo un momento en el que pensó que se irían a todos los diablos y tanto el gallego como él empezaron a rezar entre dientes, a pesar de no ser muy practicantes. A la altura de Mequinenza sintieron el crujir de una madera; les había atrapado un remolino, del que salieron dando un brinco que casi puso el Espiadimonis boca abajo. La corriente era muy fuerte y los empujaba hacia un roquedal. «¡Deja el remo, Martín!, me gritó tu abuelo. Yo me volví hacia él, pero él no me miraba ya. Toda su atención estaba en el río. Tenía los ojos muy fijos, muy grandes, daba la impresión de que no estuviera en sus cabales. Pero tampoco iba a ponerme a discutir justo en ese momento. Él era el patrón y a mí me tocaba bregar. En el barco, oír, ver y callar, ya lo sabes». Al gallego y a Montoro les dijo que se dejasen el alma si era necesario. «Solo fueron unos minutos, igual ni eso, pero mira, Clemén, no he pasado otros iguales. Mientras viva difícilmente olvidaré a Carballo y a Montoro a los remos, el agua rompiendo, esplás, esplás, la espuma saltando por encima del casco, ¡por todas partes! Las rocas estaban más cerca que tú y yo ahora mismo». Mi abuelo pretendía cortar la corriente al sesgo para sortear el escollo. Aquella maniobra era la más complicada de hacer y, seguramente, la única que podía sacarles con vida y navegando. Se oyó un ruido y Montoro cayó de espaldas en la cubierta de la sama. Había saltado el escálamo. Fue todo uno, el crac y que el Espiadimonis se lanzara hacia el roquedal como un halcón en picado. «Ya está, recuerdo que pensé. Me quedé sin sangre. Alguien gritó, no sé si Carballo, de pánico, o si fue la mula. Hasta puede que fuera yo, vete tú a saber. La madre que lo parió, con perdón. Ese viejo diablo que ya puedes decir que, cuando navega, se deja en casa el corazón y las tripas, ese patrón como no he visto otro, hijo mío, que es más listo que un gato, dio un golpe de timón a la derecha, inclinándose sobre la caña con medio cuerpo fuera. A sus años, ¿eh? Oímos crujir las junturas del laúd. Y si no saltó ninguna, yo no sé por qué fue, si por suerte o por qué. Fue tu abuelo. Él solo, Clemén. Lo que nos tocaba a nosotros puede hacerlo cualquiera. Pero él, no me preguntes de dónde sacó la fuerza. Enderezó la embarcación y pasamos como un relámpago a dos dedos contados del escollo, a punto de hacernos astillas». Y sonriendo, pero con el gesto nervioso por lo que acababa de contar, puso fin a la historia con un guiño: «Porque de laúdes y el Ebro, hijo mío, ni Cristo, que aquel día venía con nosotros, sabe más que tu abuelo».
(Continuará mañana, quedan 2 capítulos)
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