Unos pasos se acercan sigilosos, cual felino que acecha a su presa. Un foco de luz muy escasa ilumina la sala donde se encuentra Elvira comprobando los últimos detalles antes de la exposición que se iba a presentar al público como » Egipto, una cultura milenaria». Al sentir los pasos ella se giró para comprobar si había alguien a su espalda. Sus ojos inquietos miraron a todas partes, allí en la sala no había nadie; sin embargo, no contenta aún con el resultado de sus pesquisas se atrevió a ir de sala en sala linterna en mano para averiguar el origen de los pasos. En el exterior del museo las gotas de lluvia, cada vez más gruesas, mojaban el suelo hasta empaparlo. El brillo de la luz de los relámpagos era cada vez más intenso. El estruendo de los truenos era más y más potente haciendo vibrar alguno de los cristales del edificio, mientras Elvira escrutaba hasta el rincón más oculto.
Justo cuando se hallaba en la sala, especialmente dedicada al faraón niño Tutankamón, notó cómo algo le tocaba la espalda ascendiendo por ella hasta rodear su cuello por completo. Acercando su respiración, su aliento a la oreja izquierda de Elvira que se quedó inmóvil, sin mover ni un sólo músculo, sin tragar saliva apenas. Un sudor gélido le recorrió todo el cuerpo por la espalda, por el pecho desde el cuello hasta…..Sentía aquel tacto en su piel como rugoso, en realidad no le parecía humano. En esos instantes se le pasaba por la cabeza que pudiera ser la misma momia del faraón, pero por otra parte le parecía imposible ya que la expuesta era una réplica. Aquel minuto escaso transcurrido entre trueno y trueno eran como días para ella. Toda la sala repleta de multitud de piezas de oro se iluminó, cada escondrijo por pequeño que fuera quedó a merced del fulgurante relámpago y del atronador ruido del consiguiente trueno. El rayo hizo saltar media docena de cristales y milagrosamente sin perjudicar ninguna de las valiosas antigüedades atravesó aquel lugar a ras de suelo dejando el parqué humeante.
Un instante de silencio, del silencio más absoluto y sobrecogedor…Elvira ya no sentía aquellas manos apretando su cuello ni percibía el extraño aliento ¿a cerveza?..
En ese momento abrió los ojos y miró a derecha e izquierda, el cuerpo se le paralizó de nuevo sin poder respirar durante un eterno segundo. Sus bellos ojos se abrieron como nunca antes…..
Lo que veía Elvira Marropp, egiptóloga de prestigio internacional, era una nube de polvo desértico que tras disolverse como por arte de magía dejaba a la vista la entrada de la tumba donde descansaría su faraón, Tutankamón. Podía ver como un sin fin de obreros trabajaban en su construcción unos tallando piedras otros en su dificultoso traslado. El sol se había despertado con tonos anaranjados propiciando un día de los muchos de calor insufrible. Ataviada con ropa de trabajo y con una maleta de piel cargada de planos e instrumentos de medición, allí estaba ella atrapada entre dos épocas sudando de arriba abajo y a sus pies una pieza de oro mezclada con la arena, un sello con una enorme T grabada y dos recipientes de perfume…¿ Del faraón?.
El rayo grabó una sola palabra sobre el parqué del Museo L. Egipcio de León, una de diez letras…
Carlos Cubeiro
Mayo 2023
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