El relato número 16 de mi colaboración con Masticadores vuelve a ser de motivo tecnológico. Casi se podría decir que pertenece a la Ciencia Ficción. O puede que se convierta en una realidad en un futuro próximo. Nunca se sabe.
El “Guayaquil” era nuestro último y más novedoso buque. El séptimo de los cargueros no tripulados de la Naviera Hispano Americana, líder en el tráfico de mercancías por el Atlántico. El continente sudamericano se había convertido en el gran proveedor de materias primas y manufacturas. Desbancando tanto a África como al sudeste asiático. Y Europa era su principal comprador. Los cargueros no tripulados habían marcado la diferencia. Y la Naviera Hispano Americana llevaba la delantera tecnológica y, por supuesto, había copado el mercado.
La novedad del “Guayaquil” era su mayor envergadura, nuevo récord de toneladas en su sector, sus siete motores atómicos (evolución de los de los submarinos militares de la época de la guerra fría). Pero, sobre todo, sus sistemas de seguridad y navegación por inteligencia artificial de última generación.
El lunes a primera hora recibí un mensaje urgente para que me presentara de inmediato en el despacho del director general. Aquello no pintaba nada bien. En efecto: en el despacho, junto al director general, estaban, cariacontecidos, el presidente, el vicepresidente y el consejero delegado. Vamos, la plana mayor de la Naviera.
Me pusieron al tanto de la situación sin dejar de insistir en la confidencialidad de la información tratada. Resumiendo, que nuestro buque insignia había desaparecido del mapa en su primer viaje oficial. Cargadito de mercancía.
- En lugar de “Guayaquil” le tenían que haber llamado “Titanic”. Les comenté con cierta sorna. Me lanzaron al unísono sendas miradas reprobatorias. Parece que no les hizo gracia.
Pero es que yo no estaba nada contento con el desarrollo del proyecto. Había pedido más tiempo para la puesta a punto de los sistemas. Pero los “jefes” siempre tenían prisa. Temían que la competencia se les adelantara. Querían ser los primeros, los mejores, los únicos, aunque el desarrollo estuviera a medias o sin probar del todo. Y, claro, luego pasa lo que pasa. Y yo ya se lo había avisado.
- Yo ya se lo avisé, necesitábamos al menos 6 meses, si no un año, para completar el Phantom II. El nuevo sistema de seguridad y control que mejora y resuelve los problemas detectados en la anterior generación. Ya saben, los otros 6 barcos autónomos, sin tripulación más pequeños.
- Ustedes, los ingenieros, siempre quieren más tiempo. ¡Qué sería del negocio si les hiciéramos caso! De todas formas, siempre acaban sacando el producto a tiempo. Un poco de presión hace que saquen lo mejor de si mismos. Reaccionó el Consejero Delegado, un antiguo ingeniero de procesos y director de producción.
El caso era grave y no disponíamos de mucho tiempo. El barco había zarpado cinco días antes del puerto de Cartagena de Indias. Cargado con todo tipo de mercancías producidas en todo el cono sur. Al cuarto día de singladura se perdió el contacto. Los cargueros no tripulados funcionaban de manera autónoma, guiándose por los sistemas de posicionamiento satelital y comandados por el programa de inteligencia artificial que tomaba las decisiones. Era la mejor forma de cruzar el Atlántico esquivando las frecuentes tormentas y resto de inclemencias. El carecer de personal humano a bordo, no sólo hacía más económico el viaje, lo hacía más seguro. Se ahorraba una buena cantidad de espacio, víveres, camarotes, camas, entretenimiento, botiquín, salvavidas…
Los sistemas de seguridad eran vitales. El sistema Phantom, en su primera versión, era capaz de detectar y repeler cualquier ataque, informar a la base y tomar decisiones rápidamente. Yo sabía que el barco había sido secuestrado, pero desde dentro, un ataque exterior era prácticamente imposible. Y de haberse producido, mis sistemas lo hubieran desactivado o al menos nos hubieran avisado de inmediato.
Afortunadamente yo no había hecho caso a los jefes, y en la última versión implantada en el “Guayaquil” yo había incluido un módulo que no había sido probado del todo. Los piratas sólo podían haber accedido desde el interior de alguno (o varios) de los 30.000 contenedores a bordo del barco. La ley de protección de datos nos impedía verificar el contenido de cada contenedor, por lo que podían estar vacíos o con cualquier material o personal. Tampoco podíamos fiarnos del personal de aduana, no era la primera vez que nos la colaban.
Pero los piratas no tenían toda la información. Cortaron las comunicaciones y consiguieron hacer desaparecer el barco. Se ve que conocían la tecnología.
* * *
El viernes a primera hora, el director general, el presidente, el vicepresidente y el consejero delegado trataban de tranquilizarse a base de infusiones de tila y poleo menta en el despacho del director general. Me miraron expectantes y nerviosos cuando entré y cerré la puerta despacio.
- Señores, el tema está controlado. Solté sin siquiera saludarles. Un suspiro colectivo de alivio recorrió la estancia.
- Díganos cómo lo ha hecho. Nos tiene en vilo. Respondió alegre el Consejero Delegado,sonriendo de oreja a oreja.
Pero la sonrisa del Consejero se heló cuando le pasé la factura del desperfecto. Factura que, lógicamente, no estaba extendida a mi nombre, sino al de la empresa “Caribbean Pirates, S.L.” con sede en las Islas Iguana. No les diré a cuanto ascendió la “dolorosa”, porque me resulta vulgar hablar de dinero. Lo que sí les diré es que, como Consejero Delegado de “Caribbean Pirates”, me llevé un buen pellizco. Libre de impuestos, por supuesto.
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