jueves, septiembre 3 2026

SIMPLEMENTE JULIA (2ª parte) by Felicitas Rebaque

 

Publicada la 1ª parte el 12 de junio 2024

 

Se abrió paso como pudo. Al llegar a su altura, la mujer la miró y, viendo que buscaba un sitio, le dijo:

—Puedes sentarte si quieres, yo ya me iba. Estoy sola.

—Gracias —respondió Isabel aceptando la invitación y sentándose en la silla que quedaba libre

—Estoy sola —volvió a repetir—. Me alojo en los apartamentos de enfrente.

Isabel sonrío distraídamente a modo de respuesta, mientras observaba cómo los músicos afinaban sus instrumentos.

—Como estoy sola —insistió—, he bajado a pasar un rato, a tomar una infusión, un poleo. No hago bien las digestiones y el poleo ayuda.

Esa nueva e insistente alusión a su soledad le sonó a Isabel como una llamada desesperada que se adueñó del ambiente y silenció las bulliciosas voces y risas de la sala…

Isabel la miró. La mujer que tenía enfrente le sonreía intentando captar su atención. Era bajita, entrada en años y en carnes. Una sonrisa, casi infantil, reía en su cara redonda, risa que se ahogaba en sus pequeños ojos oscuros tras lo que se reflejaba el pozo oscuro y profundo de la soledad.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó Isabel en un inicio de conversación.

—Sí, desde principio de mes. Creí que ya te lo había dicho —contestó mientras se subía el borde de una camiseta blanca que dejaba al descubierto el inicio de su pecho y los bordes negros de un indiscreto sujetador. Volvió a repetir el ademán, como si de pronto se avergonzara del generoso escote que dejaba ver bastante más de lo que hubiera deseado.

— ¿Tú también estás sola?

—No, estoy con una amiga. Quedó fuera hablando por teléfono —contestó Isabel, para arrepentirse al momento de su absurda mentira. Pero, ¡qué demonios!, tampoco tenía por qué dar explicaciones a una desconocida.

—Has tenido suerte. Si no es por mí, no habrías encontrado sitio donde sentarte. Yo ya me voy, tanta gente me agobia. —De pronto, se río nerviosa—. Hace un momento estaba sola en el bar —de nuevo esa palabra resonaba en el aire—, y ahora estás tú conmigo y esto hasta los topes.

—Es por la actuación del grupo de jazz —le aclaró Isabel—. Hay mucha gente que le gusta esta música.

—Pues entonces me quedo contigo, ¿no te importa verdad? Para mí esto es una experiencia nueva, no hay que perderse ninguna experiencia nueva. ¿No crees? —preguntó—. No sabemos los que nos queda por vivir.

¡Qué suerte que hayas entrado! —le dijo acercando su silla a la de Isabel—. Ya me iba a ir. Es que yo entre gente tan joven… como que desentono

—No hay que tener prejuicios, eso son tonterías.

—No, en serio, me da apuro. Pero si hay actuación es distinto. ¿No te parece? Además al estar tú y tu amiga, ya somos tres.

Isabel no pudo reprimir la carcajada. Sin pedir permiso las había integrado en el mismo grupo, no sabiendo bien qué factor común había utilizado: la soledad o la edad, aunque entre ella e Isabel existía una diferencia notable de años, o quizás, no tanta.

—Sí — la contestó sin poder reprimir la risa—. Es cierto. Gracias a ti encontré mesa libre

—No, de eso nada. Gracias a ti yo me he podido quedar. Nunca he asistido a un concierto en un bar. Es muy bohemio, ¿a qué sí?

Hablaba, hablaba sin parar. Intentaba que nadie pudiera robarla ese momento del que estaba disfrutando al máximo. De vez en cuando se retiraba el flequillo que le caía por la frente y se llevaba la mano a la nuca buscando, quizás, una melena sacrificada por un cabello cortito en aras de tener un aspecto más juvenil.

—Oye, está tardando mucho tu amiga. ¿Estás segura de que vendrá?

Isabel se avergonzó de nuevo de su mentira ante la sencillez e ingenuidad de su compañera. Iba a decirle la verdad cuando fue de nuevo interrumpida:

—Claro, tú sí que has estado en actuaciones de este tipo. Tienes un aire diferente y moderno. Debes de ser de Madrid —afirmó.

Isabel volvió a sonreír, ante la simpleza de sus razonamientos.

—No, no soy de Madrid.

—Ah, pues no hay más que mirarte para saber que tienes mundo.

—No lo creas, no te dejes llevar por la primera impresión.

—Sí —dijo sonriendo con picardía, no me engañes. ¿Estás de incógnito?

Ahora sí que Isabel no pudo reprimir una abierta carcajada.

—¿De incógnito?

—Sí, vamos, como esas mujeres que vienen con sus amigas, sin decir a nadie donde van, para escapar por unos días de su familia de sus maridos y divertirse, ¡sin hacer nada malo! —se apresuró a aclarar temiendo haber metido la pata y haber ido demasiado lejos con su comentario.

—No, para nada. No es ése mi caso —aclaró Isabel.

—Oye, no creas, que no las critico. Sólo que no las entiendo, porque a mí lo que me hubiera gustado es tener una familia, hijos, amigos; estar rodeada siempre de gente. ¿Estás casada? —preguntó a bocajarro.

La música ya bailaba en el aire y sus vibraciones se trasmitían rítmicas en los cuerpos de las personas, que se dejaban llevar por su compás.

—No, no estoy casada.

—¡Mira, como yo! Yo tampoco me he casado. He tenido algún pretendiente, ya sabes, cuando era más joven, pero nada serio. A mí los hombres no me van o, bueno, no les iba yo a ellos. ¡Las mujeres tampoco! —exclamó aterrada pensando que Isabel la pudiera malinterpretar.

—Tampoco pasaría nada porque te gustaran las mujeres.

—Ya, bueno, eso ahora se considera normal, pero bueno, no es el caso- El caso, es que ya no me como un rosco, como decíamos antes. Vamos, que de hombres, nada de nada. ¡Que más quisiera yo!

Isabel trató de concentrase en la música pero su compañera de mesa no estaba dispuesta a peder la oportunidad de compartir ese momento. Un camarero, abriéndose paso con dificultad, logró llegar hasta ellas.

—¿Qué quieren tomar? — preguntó.

Antes de que Isabel pudiera contestar su compañera de mesa pidió:

—Un güisqui para mí y para mi amiga lo que quiera.

Eran amigas. En el poco tiempo que llevaban juntas se habían hecho amigas.

—Para mí una cerveza —pidió Isabel—. Invito yo — advirtió.

—De ninguna manera, no sería correcto; el güisqui es mucho más caro. Invitó yo. El caso —dijo ahogando una risita cuando el camarero se alejaba— es que no estoy acostumbrada a beber alcohol, pero un día es un día. Si ves que me paso, sólo tienes que cruzarme la calle y me acercas a casa.

»No he tenido amores en mi vida, no he estado con ningún hombre —continúo diciendo. Su voz se alzó sobre la música, suspendida por encima de todo—. Bueno —prosiguió hablando con una triste dulzura—, yo sí me enamoré, o al menos eso creía, pero él no me quiso o no le dejaron quererme; ya sabes, cosas de antes: era el hijo del más rico del pueblo y yo hija única de uno de los más pobres. Era poca cosa para él. Bueno, eso ya da igual. —Se echó a reír y apartó de nuevo de la frente el flequillo—. Antes me hacia daño, ahora ya no. Cuando murieron mis padres, me quedé sola, no tengo más familia y me marché del pueblo a la capital. Pensé que allí podría olvidarle, pero fue inútil. Hace unos años volví al pueblo y le encontré: no era feliz, soportaba un matrimonio roto de esos que están juntos por aparentar. Se les nota en los ojos, están tristes pero siguen ahí, viviendo una mentira, haciendo de su vida un engaño. Son como zombis que repiten una y otra vez los mismos gestos, los mismos actos, las mismas sonrisas. Llevan al colegio a los niños, los viernes cenan con los amigos… Pasan días enteros en los que sólo se dicen: «Buenos días, buenas noches, ¿Mucho trabajo? ¿Estás muy cansada?… Hoy me toca, hoy no me toca, ¡qué alivio! Hasta mañana». Viven juntos momentos vacíos, resignados, sin ilusión. Para eso mejor estoy sola —volvió a afirmar rotundamente—. Cuando lo vi así aumentó aún más mi pena —susurró como hablando consigo misma—. Dirás que soy tonta, pero hubiera preferido saberle feliz.

Isabel la escuchaba y de repente la invadió una angustia terrible. Había rasgado, sin saberlo, el gran secreto de su vida. Describía el estado en que vivía el hombre que la amó, y a quien ella aún amaba, pero que rompió su corazón, destrozó su alma, precisamente, por las razones que estaba exponiendo su compañera de mesa.

Sonrío tristemente y asintió con la cabeza cuando la oyó preguntar si no estaba de acuerdo con ella.

—Oye, no te estoy dejando escuchar nada con tanta charla —se disculpó—, pero te has puesto triste —le dijo al percatarse de la expresión de la cara de Isabel y el brillo húmedo de sus ojos—. Perdona, siempre hablo demasiado. Es que como paso tanto tiempo sola no pierdo la oportunidad de hablar con alguien cuando la ocasión se presenta,  sobre todo cuando es tan interesante como tú. Tú si que habrás tenido amores de verdad, seguro. Eres guapa, fina, elegante, con cultura y mundo, ¡vamos!, que no eres una pardillita como yo.

 Isabel le tapó la boca con su mano en un gesto brusco para impedir que siguiera diciendo barbaridades.

—Calla, no digas nada. A mí tampoco me ha querido nadie; estoy como tú, sola.

Se quedó de piedra. La miró con fijeza, tratando de averiguar por qué hacía esa afirmación. La examinaba exhaustivamente buscando un fallo en ella que justificase sus palabras, como si la respuesta pudiera estar escrita en su cara.

—No lo entiendo, de verdad, no lo puedo entender —exclamó perpleja.

Isabel soltó una risotada.

—No me conoces, no debes fiarte por el aspecto exterior.

—No juzgo tu aspecto, pero tantas horas sola, observando, he tenido tiempo de especializarme en conocer a las personas, y tus ojos tienen algo que emocionan, dicen muchas cosas.

¡Siempre sus ojos! Los cerró.

—Vamos a dejarlo, ¿vale? —le pidió Isabel impaciente—. ¿Qué tal si oímos un poco la música?

Isabel intentaba concentrarse en el sonido del saxo, del bajo, de la música que tanto la gustaba, pero era imposible, las palabras de esa desconocida habían revuelto de nuevo sus aguas interiores y estaba a punto de iniciarse una tormenta. Ella la miraba disimuladamente apoyando su mano gordezuela en la barbilla mientras que con la otra intentaba subir la camiseta demasiado estrecha para contener el volumen de su generoso pech

—Lo siento, creo que te puesto triste. Perdona. ¿Alguien malo que te dejo? ¿Has tenido hombres en tu vida?

Isabel asintió con la cabeza.

—Sí, varios novios de juventud, un marido, un amor desgraciado y dos amantes.

—¿Y ninguno cuajó? Seguro que has sido amada.

—No. De mi matrimonio mejor no hablar. Fui utilizada sin saberlo. Le ayudé a prosperar y el resultado: diez años llenos de problemas, discusiones, soledad;  ni siquiera tuve el consuelo de unos hijos en los que proyectar mi cariño. Al poco de separarme apareció en mi vida alguien a quien amé con locura, pero no podía escoger. No era libre. Me amaba, pero no se quedó a mi lado. Inicié una relación con otro hombre para intentar olvidar y acallar el dolor que me producía su ausencia, pero era una buena persona que no se merecía mi engaño. Y el segundo fue para olvidar al anterior, pero esa historia también terminó. O sea —dijo esbozando una forzada sonrisa—, estamos igual tú y yo.

—No —dijo airadamente, derramando la copa de güisqui con la brusquedad de su gesto—, no es igual. Yo daría la mitad de mi vida por haber vivido esas relaciones que cuentas a pesar del sufrimiento y dolor que te hayan causado. Es mejor vivir eso que no vivir nada, ¿entiendes? No vivir nada de nada. —Casi gritaba—. Tú aún eres joven y hermosa, todavía puedes tener más experiencias, conocer a gente…

Isabel la quiso interrumpir para decirla que ya no, que ya era tarde, pero no se lo permitió; la mujer continuó con su discurso desgarrado.

―Mírame, yo ya soy vieja, una vieja jugando a ser joven, una vieja que no ha vivido nada, sola, que no tiene nada que contar, que se arrima a cualquier persona que pase a su lado para disipar un poco su soledad, que quisiera haber vivido vuestras historias, vuestras vidas. Es más fuerte el dolor que se experimenta cuando no se ha vivido que el sufrimiento que produce vivir.  Tu vida está llena de algo, la mía está llena de nada.

Isabel no encontró palabras para contestarla. Instintivamente la agarró de la mano queriendo compartir con ella su soledad, su nada. Una mujer entró por la puerta del bar y se dirigía hacia ellas.

—Mira, debe de ser tu amiga. Al menos la tienes a ella. Bueno, yo os dejo —dijo levantándose y alisándose la falda e intentando recuperar el control.

—Espera, ¿qué prisa tienes? ―La retuvo Isabel—. No es mi amiga.

—Se me ha hecho tarde; tendréis que hacer mejores cosas que escuchar a esta solitaria —dijo alejándose de la mesa.

Isabel se levantó y la llamó:

—Oye, espera, por favor. Ni siquiera me has dicho tu nombre…

Ella se volvió:

— Me llamo Julia.

—Julia, qué más… podríamos seguir en contacto.

A Isabel la estremeció la mirada vacía que le dirigió antes de contestar:

—Julia, simplemente Julia.

 


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