Recupero un relato de 2019 pero que creo que está de actualidad. Los viajes espaciales, la física cuántica y los calcetines nunca pasan de moda.
La máquina diabólica
El profesor Julius von Thanner (pronunciado «fon-taner») se quedó viudo relativamente joven. Y digo relativamente porque el profesor nunca fue del todo joven. En la infancia debió ser tan repelente que parecía un niño-viejo. De hecho, cuando yo le conocí, de estudiante, ya tenía el cuero cabelludo plagado de canas. También el bigote. Nunca supe si eran canas de verdad o es que era albino.
A pesar de su aspecto de sabio despistado, el hecho de vivir solo hizo que se manejase bien en el ámbito de las tareas domésticas. Ponía la lavadora, fregaba los platos e incluso, los fines de semana, pasaba el polvo. Y eso precisamente fue lo que le hizo ganar el premio Nobel.
Von Thanner, era un admirador de Einstein. Hasta tenía el mismo aspecto cuando se ponía la bata de catedrático. Era un estudioso de la física cuántica, de la relatividad y de la astrofísica. Había escrito arriesgados artículos sobre la conservación de la paridad en el universo. Sobre la curvatura del espacio tiempo y los agujeros de gusano. Y, últimamente, estaba enfrascado en demostrar la influencia del «spin» en la variación de masa de las partículas no subatómicas.
Solía dejar programada la lavadora de tal forma que le permitiera sacar la colada y tenderla justo cuando volvía de dar clase en la universidad. Después de desayunar la recogía y la ordenaba metódicamente en el cajón de la plancha. Lista para que Brigitte, la empleada de hogar, la planchara por la mañana. La plancha era precisamente la única tarea del hogar que Julius odiaba.
El día en que todo ocurrió el profesor había vuelto a casa más pronto de lo habitual. Aquel día no dio su última clase de la tarde debido a una huelga de alumnos, protestaban por la subida injustificada del precio de la cerveza.
Cuando llegó a casa, el programa «delicado» todavía no había finalizado, y el profesor se quedó un rato mirando el tambor dando vueltas. Como hipnotizado.
Y entonces ocurrió. Se le encendió la bombilla. ¡Eureka!
Sólo tuvo que juntar sus tres teorías favoritas para desentrañar el problema más importante de la historia de la humanidad. Un trabajo que le valió el premio Nobel y el reconocimiento internacional. El más importante descubrimiento desde la época de Einstein.
El giro del tambor de la lavadora, a una velocidad constante, pulsante e intermitente producía un «spin» característico. Justo lo necesario para poder aplicar el principio de conservación de la paridad del universo. Y todo junto producía un agujero de gusano en el interior de la lavadora. La teoría de von Thanner es mucho más compleja, por supuesto. Y este no es el lugar donde exponer toda esa ristra de integrales y laplacianas, ininteligible para cualquiera que no sea un matemático avanzado.
Gracias al profesor, hoy sabemos por qué desaparecen los calcetines en determinados programas de lavado con suavizante. La suma del «spin» y la ley de conservación de la paridad del universo generan un agujero de gusano por el que se cuela el calcetín. Una vez que un calcetín se desempareja, la paridad se rompe, lo que obliga a que otro calcetín, en otra parte del universo desaparezca también. Y eso sólo puede ocurrir en un ambiente de «spin» característico.
Este gran descubrimiento no sólo le valió honores a von Thanner, también va a servir para impulsar los viajes interestelares. Por ahora, tanto la NASA como la ESA están desarrollando lavadoras gigantescas y naves espaciales con forma de calcetín. Se supone que de esta forma seremos capaces de enviar astronautas a cualquier parte de la galaxia burlando las limitaciones de la velocidad de la luz. Ya veremos.
De todas formas, yo me pregunto ¿en qué parte del universo estarán almacenados todos esos millones de calcetines?
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours