Parecía estar tranquilo pero meditativo, algo que a menudo se descubre en las caras de las personas muy tristes o muy juiciosas. Pero seguía vagando por las calles de la ciudad, siempre silencioso y solo”.
Carson McCullers. El corazón es un cazador solitario.
De oca a oca y tiro porque me toca. Corazón tocado y hundido. El amor y la vida son puro juego. Salto porque es la única alternativa que me queda, sí, pero la acepto a regañadientes.
De continente a continente, la corriente me lleva y yo me dejo arrastrar como una frágil rama partida que cae al agua.
Voy a tapar mis heridas con las vendas de otros, a que el olor del éter me haga caer en un sopor del que no quiero que me despierten hasta que la vida me haya pasado por encima sin dañarme.
Y así, esta fluye libre por cauces secos de justicia hasta que llega al océano y vira hacia el lado correcto.
A veces nos desdoblamos y vemos a nuestro otro yo observándonos en la distancia. Es la vida, soltar amarras, dejar atrás todo lo que ya no nos pertenece y mirarlo con ojos nuevos.
Desde la otra orilla del mundo la parte mía que se quedaba en tierra me observaba con rencor, yo le había ganado la partida, el pulso que habíamos mantenido durante meses y ahora me alejaba y oteaba la costa desde la cubierta de un barco. No quise mirar mucho para no ver su rostro, para no tener tentaciones de dar la vuelta y tirar por la borda la vida que acababan de inventar para mí, era demasiado cómoda y no dolía como la que dejaba atrás.
Mi familia, decidida a hacer todo lo posible para que olvidara a Marina, me había buscado un trabajo en un lugar lejano, pero los amores prohibidos se agarran con la misma fuerza que las lapas a la roca.
Marina. Le pusieron ese nombre en honor a su abuelo, que había sido pescador, un hombre valiente muerto en un naufragio cerca de Terranova. Y a buena fe que le hizo honor; Marina estaba acostumbrada a lidiar con vientos y tempestades y luchó contra viento y marea por mi amor, hasta que tropezó con un escollo que la devolvió a tierra firme: la indecisión, la cobardía que le mostré.
Me abandonó, a mí y a su vida ordenada, a los planes que le habían diseñado concienzudamente para que siguiera el camino recorrido antes por sus antepasados. Yo representaba para ella todo lo que rechazaba su familia, hasta creo que en parte me quería por eso, por llevarle la contraria a sus padres. Pero se enamoró hasta el tuétano y fue ante mí que se rebeló, ante mi apatía; hizo el equipaje y cambió el calor de un hogar posible a mi lado por el frío y la soledad de las tierras del norte. Cuando quise darme cuenta de mi error, ella ya se bañaba en lagunas azules de aguas termales e iba a conciertos de Sigur Rós y Björk entre línea y línea de sus traducciones de las novelas negras de Arnaldur Indridason.
Huyendo de su abandono, en el otro extremo del mundo, tejí una vida que discurría por el camino que llevaba a mi consultorio, un cuartucho gris cercano a la kasbah, equipado con el material justo para tratar resfriados y poco más.
La primera imagen que tuve de Tánger fue desde el mar, percibí el ajetreo de su puerto, el ir y venir de barcos, gente y mercancías y entonces ya supe que esta ciudad iba a atraparme con algo que se percibe en el ambiente, quizás la huella que dejaron artistas y escritores que cayeron rendidos a sus pies.
Alquilé una casita por un precio irrisorio y una mujer de Asilah iba cada dos días a ordenar las cosas y hacer la comida. Yo me pasaba el día viendo pacientes en la consulta, principalmente niños, y visitando por las casas a los viejos que no podían salir.
De tanto recorrer los angostos callejones pintados de azul, de tanto fumar la pipa de narguile con los paisanos algunas tardes de verano en el Café Hafa, llegué a sentirme como si mi vida hubiera transcurrido eternamente en esa ciudad de calles encaladas en laderas de cerros que miran al mar.
Poco a poco, me fui acostumbrando a vivir solo y a buscar de vez en cuando la compañía de mujeres descarriadas, solas y tristes como yo. Las busco por las callejuelas de la medina, en las esquinas oscuras de las inmediaciones del puerto o sentadas a una mesa de un café. Algunas tienen la luz y los colores de las pinturas de Henri Matisse y el carácter de las heroínas de Tennessee Williams, mujeres desterradas por la vida a un futuro delirante. Son princesas destronadas, condenadas a vivir como simples mortales. Otras, en cambio, tienen los rostros atormentados de los retratos de Francis Bacon; nacieron con su triste sino, que cargan con resignación a la espalda, doblegadas por el peso del dolor del que no saben ni quieren huir. Con ellas comparto tabaco y destino y me desdoblo y durante unos instantes me siento ajeno al yo que compongo.
Pero al final de todas ellas, diversas como la ciudad, me encuentro con el mismo hombre, marcado por la herida de un amor que no supo mantener, que se mira las cicatrices a propósito para no olvidar.
Hace tiempo desistí de encontrarme con Marina de nuevo. La llamé años después de nuestra huida en direcciones opuestas, pero un tenso silencio atronador me respondió en lugar de su voz. Nadie sabe nada, nadie quiso informarme. Y hace ya tanto de aquello, que no espero encontrar un día a Marina al doblar la esquina de un callejón pintado de azul, con su pelo mojado secándose al sol o conversando con unos colegas de congreso, sentada en una terraza que mira eternamente al océano. Esas cosas solo suceden en los cuentos de hadas, donde todo se resuelve con tanta sencillez al final. Nuestra vida carece de personajes planos, esos que no se complican la existencia y en ella tampoco abundan los finales felices, esos que resultan tan ridículamente absurdos.
Paseo por la ciudad blanca, subo a la Gran Mezquita y bajo al mirador. Desde allí se ve el puerto y me quedo un rato contemplándolo. El mar está revuelto y van adquiriendo paulatinamente un color gris desolador. El viento empieza a soplar cada vez con más fuerza; apresuro el paso para poder llegar a casa lo antes posible y guarecerme de su furia.
¡Me siento tan abandonado, sin mano que estrechar ni oído que escuche mis penas!
El pelo, alborotado por el viento, me tapa los ojos y me impide ver el camino adecuadamente. Y en medio de una tormenta de arena, aturdido por la nostalgia, pienso en Marina y la imagino como una princesa de hielo sentada en su trono azul.
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