Me ha emocionado encontrar en un cuaderno de aforismos que fue coleccionando Charles S. Peirce una anotación suya del 17 de marzo de 1888: “La máxima mejor al escribir quizá sea realmente la de amar a tu lector por sí mismo” (MS 891). Desde hace muchos años he tomado esta recomendación como una norma permanente para mi escritura. He intentado siempre esforzarme en lograr una claridad y una sencillez que hiciera posible una buena comunicación: que entiendan lo que quiero decirles.
No siempre se consigue. A veces hay temas muy enrevesados y oscuros. A menudo pienso que si no soy capaz de explicar el asunto de que se trate con claridad es que no lo he estudiado suficiente.
Viene ahora a mi memoria aquello que escribió Ludwig Wittgenstein en el prólogo del Tractatus Logico-philosophicus (1922) manifestando que el objetivo de su libro “quedaría alcanzado si procurara deleite a quien, comprendiéndolo, lo leyera”. Así es. Cuando leemos algo comprendiéndolo nos causa placer porque estamos aprendiendo algo nuevo o recordando algo que ya sabíamos, pero que en aquel momento no teníamos presente.
Amar a quienes nos leen se opone a agredir a nuestros lectores. Invitarles a pensar, transmitirles una inquietud no es, no puede ser, como darles una bofetada. Al menos es lo que pienso yo.
Cambridge, MA, 19 julio 2024.
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* Jaime Nubiola es profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Navarra, España.
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