Le llamábamos Patirrojo desde el día aquel en que se presentó a jugar un partido con unas medias de color rojo fuerte, saltándose la norma sobre el uniforme deportivo que tenían los equipos de los Jesuitas.
Era nuestro portero: rápido, con buenos reflejos, dominio de la posición y sobre todo con una capacidad para agarrar un balón que ya quisiera para sí el más avaro cuando coge una moneda.
Había llegado al equipo de la manera más tonta. Se presentó a las pruebas del equipo de futbol porque no sabía qué hacer tras las clases. El día de la selección de jugadores para el Benjamín A y el Benjamín B, el entrenador titulado del primer equipo tuvo muy claro a quien elegir: al alto y espigado portero de otros años o al rechoncho y bajito recién llegado. Con una sonrisa de medio lado y un guiño dejó al Padre Gabriel, el sacerdote que hacía las veces de entrenador en el equipo B, con los descartes de su buen ojo futbolístico, entre los que yo estaba.
Aquel día, por ser el primero de la temporada, entrenamos todos juntos ( luego los dos equipos se separaban, no fuese a ser que lo malo de unos se pegase en las figuras en ciernes del fútbol patrio). Primero carrera para calentar, luego toques de balón y finalmente golpeo a portería, turnando los porteros cada cinco chutes.
En la primera tanda los dos cancerberos pararon sin dificultad, luego se empezaron a endurecer los disparos al marco, cada vez un poco más fuertes y los esféricos comenzaron a entrar golpeando con violencia la red, pero sólo cuando estaba el portero del primer equipo. Patirrojo lo paraba todo, era imposible colocar un balón lejos de sus manos. Le lanzaron balones altos, colocados, rasos y a la escuadra, él los alcanzaba con facilidad. Cuando saltaba parecía liviano, una araña recogida sobre si misma suspendida en el aire a la espera del golpe de aire que la llevase hasta la bola encuerada.
Finalmente comenzó a golpear el balón el entrenador titulado del primer equipo, tres balonazos que nuestro regordete portero detuvo con facilidad, mientras con una sonrisa le retaba a lanzar más fuerte. El cuarto no llegó, el padre Gabriel al ver el cariz que estaba tomando el duelo, cortó rápidamente llamando la atención a los dos.
Patirrojo sólo estuvo un año con nosotros, en el que no fuimos los campeones de liga, ni tan siquiera dejamos de ser los últimos de la cola, aunque sí los menos goleados. Luego se mudó, su padre perdió el trabajo y emigraron la ciudad fronteriza de Metz, en Francia.
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