Llegó como llegan siempre, a destiempo, ensombreciendo sus recuerdos, haciéndole perder el control de su sosegada existencia. A su mente regresa, sin pretenderlo, la casa de su infancia, aquella que compartió con sus abuelos, sus padres y sus hermanos. Una casita encalada, de un blanco resplandeciente; recuerda perfectamente la puerta de entrada, siempre pintada de verde mayo, y las dos ventanas de la primera planta, las que siempre aparecen cerradas en sus recuerdos. Por más que lo intenta no consigue recordar la razón. Su memoria selectiva le ha hecho relegar los intensos recuerdos vividos tras aquellas ventanas. Al cerrar los ojos, como si de un mal sueño se tratara, escucha de nuevo las voces, aquellas que se negó a recordar durante mucho tiempo, los golpes que mamá recibía tirada en el suelo, arrastrándose, suplicando por sus hijos, los pequeños, que salían a la calle para escapar del horror, de los puños de hierro, de las patadas en la barriga o en la cara, rogando por ella misma, ahogándose en sus propias lágrimas.
Son recuerdos lejanos que hoy, en el otoño de su vida, regresan para recordarle que quien más decía quererla no era más que un monstruo capaz de transformar su vida en un suplicio, mientras continuaba creando monstruos a su alrededor.
Por un momento vuelve a ser aquella niña que se enrosca desesperada en el cuerpo de su madre que yace fría sobre el suelo de tablas de la habitación, mientras un fino reguero de sangre se desliza entre las grietas de su alma. El contacto y el calor de su menudo cuerpo obran el milagro. Aquella misma noche, al amparo de la oscuridad, abandonaron la casa en la que soñaron ser felices.
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