Cuando voy de vacaciones suelo llevar un manojo de mis libros. Por si cuela. Generalmente peco de optimista y quito de la maleta los calzones a cambio de meter dos o tres libros más. Después de titánicos en cursos de aquagym para ancianas y en los últimos estertores de las verbenas de pueblo soy capaz de colocar uno o dos tomos y el reconocimiento de borrachos, alimañas e ignorantes locales.
Este año decidí repetir lugar de veraneo y allí me topé con una lectora que me compró un libro el año pasado. No parecía contenta. Sus argumentos literarios se basaban en que no había asesinatos ni dragones heterocuriosos, mientras que el tamaño del tomo era exiguo para calzar su lavadora. No discutí más, acepté la devolución del libro y lo introduje en mi maleta. Para que cupiese he tenido que prescindir de los pantalones. Así que aquí estoy, tratando de colocar mis libros desnudo de cintura para abajo, sin calzones ni pantalones, procurando convencer a los señores agentes de que esto de escribir es un ejercicio de desnudez.
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