Querida inspectora Jiménez,
Permítame dirigirme a usted como si fuera una amiga. Hace tanto tiempo que nos conocemos que no se me ocurre tratarla de otra manera. Sabe el aprecio que le tengo, por eso he decidido escribirle esta carta en la que, lo primero que voy a hacer, es pedirle perdón.
Imagino su cara de estupefacción cuando acabe de leer: le prometo que me ha costado mucho tiempo escribirla, atreverme a explicar todo lo que he guardado durante tanto tiempo.
Como sabe, hace siete años que comencé a trabajar como camarera de habitación en el Hotel Nieve. Le dije que el trabajo lo había buscado porque necesitaba soledad, alejarme de mi vida anterior, y en eso no le mentí. Pero lo cierto es que huía de mí misma, de mis pensamientos, de mi dolor, de los recuerdos… Y cuando se intenta huir de los sentimientos no hay lugar en el que ocultarse. Pocos años antes había perdido a mi pequeña Natalia, la alegría de mi vida. Con solo siete años, un conductor borracho la borró de mi vida sin piedad, dejándome con el mayor vacío que jamás he sentido. El estado inicial de shock dio paso a la tristeza más absoluta, al dolor que se apoderaba de mí día y noche: no me permitía dormir, descansar, comer o llorar. Había agotado todas las lágrimas cuando pensé, o quizás no pensé, en escapar a la montaña y buscar una vida diferente, alejada de todos y de todo. No pretendía dejar atrás a Natalia, jamás podría hacerlo, pero quizás, al poner tierra de por medio, conseguiría comenzar a curar el corazón. O simplemente, permitir al tiempo escapar sin echarlo de menos.
Así fue como encontré este trabajo. No conocía a nadie y no pretendía hacerlo. Solo unos despistados buenos días y buenas noches a los clientes, sin más trato que el necesario para mantener la cordialidad.
Pero, inspectora, la vida es cruel o irónica o despistada y quiso jugar conmigo una vez más. Lo hizo cuando aquel maldito conductor pasó el fin de semana en el hotel y yo me vi obligada a actuar: no podía permitir que él siguiera con su vida mientras mi pequeña descansaba en una caja de madera. Compré un veneno sin pensar en nada, sin calcular las consecuencias, sin creer que sería capaz de hacerlo. Pero lo hice, inspectora. El té que tomó aquella tarde de sábado para relajarse fue el último de su vida.
¿Sabe? Mis manos no temblaron cuando deposité la bandeja sobre la mesita de la habitación, ni tampoco cuando cerré la puerta con el convencimiento de que a los pocos minutos él iba a dejar de respirar. Es más, sonreí mientras caminaba por el pasillo de regreso a la cocina.
Me preparé un café solo y me senté en una de las mesas del fondo del salón, nos permitían utilizarlas cuando no había clientes. Cerré los ojos para absorber el olor amargo de la bebida y, entonces, no va a creer lo que ocurrió, inspectora. Vi de nuevo la sonrisa de mi pequeña Natalia. Noté la caricia de su mano sobre la mía, su calidez, su alegría. Le prometo que no fue una ilusión, fue real. Yo también sonreí y comprendí que no me importaba acabar en la cárcel por lo que había hecho.
Sin embargo, mi sorpresa llegó cuando el doctor Mora estableció el infarto como causa de la muerte.
Inspectora, de verdad que no lo planifiqué, pero se me abrió el cielo. Descubrí que aquel veneno era mi salvación, podía hacer desaparecer a esas personas que no apreciaban la vida; podía eliminarlas para que no dañaran a nadie más y, con cada nueva víctima, mi niña me sonreía más, me hablaba, podía incluso tocarla.
Por favor, no piense en mí como una loca, una enferma o una asesina. No lo soy, inspectora. Soy una madre que perdió lo que más amaba y que solo consiguió volver a vivir a través de las muertes de personas que no merecían la pena. Usted es madre, seguro que me comprende.
Estará pensando en todas las veces que hablamos en el hotel sobre cada víctima y en mis argumentos: le explicaba con tranquilidad que quizás eran personas enfermas a las que la muerte les sorprendió entre estas montañas nevadas, como si el frío pretendiera salvarlas de una vida de dolencias.
Inspectora, ¿recuerda a la directora de la revista de moda? Ocurrió algo. Ella estaba estresada, con ansiedad, tenía problemas y pensé que podría ayudarla a acabar con todo. Lo hice, lo confieso. El té que le preparé era delicioso y lo degustó con placer. Mi intención fue ayudarla, pero el resultado no fue el de siempre. Mi pequeña Natalia no vino a verme aquella noche, no apareció su sonrisa, ni su mirada alegre, ni sus caricias. Comprendí que todo acababa allí.
Le escribo esta carta para que sepa la verdad: usted lo hizo todo bien, pero mi trabajo fue muchísimo mejor, no se ofenda. Le repito que le tengo verdadero aprecio, siempre fue muy amable conmigo. ¡Por supuesto! ¿Cómo iba a pensar en mí como verdugo?
Le pido, por favor, que no me busque, aunque estoy convencida de que me encontrará. En cuanto escriba el punto y final de esta carta, viajaré hasta el mar y me prepararé el último té. Es la única forma de volver a encontrarme con Natalia. Mi niña me espera con la mano tendida y ha llegado el momento de acompañarla.
Inspectora, gracias por ser tan amable, tan cordial, tan atenta. La recordaré siempre con cariño. Ojalá pueda hacer usted lo mismo conmigo.
María
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