Su valentía no tenía precio, su arrojo por defender a los más débiles; era su seña de identidad. Cuando la conoció a ella, supo que no la dejaría por ninguna otra, por muy arrebatadora que fuera.
Ella lo tenía hechizado, él bebía los vientos por ella. La besaba con ternura y cariño, ella se dejaba querer, sabía que no tenían mucho tiempo, así que se amaron apasionadamente, sin freno.
Él la quería más que a su vida, por eso el dolor que le causó que se la arrebataran fue indescriptible; su rugido de dolor resonó en los cielos, que apesadumbrados comenzaron a llorar con lluvia refrescante, pero ni eso calmó su dolor.
El odio comenzó a anidar en su otrora bondadoso corazón, convirtiéndolo en un corazón negro y ávido de venganza.
Descubrió quiénes la habían matado y su furia fue total, pero antes de desatarse, recordó lo que ella le dijo: «Lo que más me gusta de ti es la nobleza y bondad de tu corazón, nunca se deja llevar por el odio».
Esas palabras lo frenaron y detuvieron a los asesinos de su amada, llevándoselos a la comisaría más cercana. Serían juzgados y sentenciados por el crimen que habían cometido.
M. D. Álvarez
Imagen generada por LuzIA
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