El muchacho miraba hacia el cielo. Ya desde niño las estrellas lo atraían.
Sabía que la mayoría de ellas eran fuentes de luz y calor.
Y que éstas alumbrarían millones de mundos.
Lugares muy distintos a los que él conocía.
—¿Alguna vez conoceré habitantes de otras galaxias? ―se preguntó―. ¿Cómo serán? ¿Qué costumbres tendrán?
¡Por supuesto que mejores que las nuestras! ―exclamó más por deseo que por certidumbre―. Nuestra gente siempre está declarando guerras y matándose unos a otros.
El egoísmo, el odio racial y religioso, las diferentes opiniones. ¡Todo sirve como excusa para matarse!
Contando nuestro mundo con tantos recursos naturales, muchas personas pasan mal.
Y hay otras que tienen tanto, en vez de compartir, derrochan y tiran.
Solo con lo que se gasta en armas se alimentaría sobradamente a la población mundial.
¡No hay caso! ―pensó, cada vez más amargado―. Poseemos un hermoso lugar para vivir y no sabemos usarlo debidamente.
Tuvimos miles de años para cambiar y no lo hicimos. No merecemos nuestro planeta.
Imposible que exista otro mundo tan dañino y autodestructivo como el nuestro. Imagino allá arriba lugares de paz y felicidad eterna.
Con sus habitantes ayudándose unos a otros, abundando en dicha y prosperidad.
¡Pensar que nunca voy a llegar a ellos! ―concluyó con lágrimas en sus tres ojos, mientras sus cuatro brazos apuntaban a ese cielo ideal, imaginado por él, mientras lo bañaban con su luz las dos lunas del planeta.
LUIS NELSON RODRÍGUEZ CUSTODIO
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