sábado, septiembre 5 2026

AL OTRO LADO DEL BIOMBO by Mayela Paramio

 

– ¿Cómo se siente? – era la décima vez que debía aportar educadamente una respuesta que ni yo misma sabía, o quizá sí, y mi miedo seleccionaba, como un tahúr busca sus comodines, una respuesta ambigua, algo así como: mejor, bueno, progreso con paciencia.

¿Cómo me siento? Me siento en plena noche y con la luz de cruce, aprendiendo que uno solo no puede resolver la encrucijada cuando ya no coinciden los caminos; cuando se pierde el rumbo de un sendero común.

Nunca había albergado mucha confianza en los psiquiatras. Sus conocimientos se limitaban a películas clásicas que ahondaban en el inconsciente más freudiano o al eterno retorno del diván de la filmografía de Woody Allen. Pese a sus reticencias decidió dar un voto de confianza a la ciencia y buscar un psiquiatra. Nada de regresiones que veía más cercanas a un timador de feria ni de hipnosis al estilo de Abracadabra o La maldición del escorpión de jade.

Debía solucionarlo y di el paso. Con el listín telefónico, soy poco dada a la tecnología, busqué un psiquiatra céntrico y acudí sin postergar ya más lo inevitable.

Con amabilidad me abrió la puerta.

Espere unos minutos.

Me sentía algo escondida tras un opaco biombo, pero me permitía echar un discreto vistazo: un piso viejo, un vestíbulo a modo de sala de espera con frases budistas enmarcadas y un incensario para ambientar la espera y mi desconfianza. Al otro lado del biombo, unas sombras, palabras susurradas y el golpe de la puerta de aquel apartamento-consultorio. Sombras

Mi nombre actuó de resorte y acudí a la llamada que me abría las puertas de un despacho ofreciéndome un confortable sillón articulado.

– Bien, aquí en la consulta queda todo. (La frase me hizo recordar Las Vegas pero no sonreí). Es decir, fuera, en la calle, ni tú ni yo nos conocemos. (Presentación sorpresa que causó efecto).

De inmediato, me invadió la extraña sensación de ser parte del hampa y cruzar una línea invisible al margen de la ley. No había abierto la boca y ya se me trataba como a alguien marginal y lo peor es que empezaba a hacer caso al instinto que señalaba que el único ser cuerdo ahí era yo.

– ¿Cómo te encuentras? – la eterna pregunta-.

– Algo desubicada –respondí-.

– Bueno, los divorcios…, debes intentar acercarte al padre de los niños para que los niños no se vean tan afectados -mi cara debió ser un poema…-

– Gracias, pero creo que podré ir resolviendo los conflictos que surjan.

Debí haberme quedado al otro lado del biombo -pensé-, y sentí desamparo.


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