La última vez que las vi estaban en un álbum de fotos. El siete o puede que el ocho. No sé. Pero puedes buscarlas si quieres. A lo mejor hasta entiendes algo. Son dos postales, una la escribí yo para enviártela a la otra isla, donde estuviste aquel mes buscando un poco más de dinero para nosotros. Jugando inventé un alfabeto. Quiero decir un código de dibujitos híbrido de geométrico y arabizante a los que hice corresponder una letra de estas que uso ahora mismo, cuando escribo esto, veintitantos años después. No tenían más que cierta disposición estética, de esas que tanto nos gusta ver en facsímiles de documentos antiguos cuya autoría atribuimos a nigromantes, alquimistas o a sabios de los hubieron de ocultar su nombre a los poderosos de la época… el caso es que copie unos versos que te había dedicado trasladando letra por letra su contenido a mi nuevo alfabeto y te lo envié. Lo de que fuera en una postal era para dejar bien a las claras a todo el mundo que teníamos una forma de entendernos que ellos no. El cartero después de leer tu nombre y la dirección vería aquella serie trazos indescifrables para él y seguro que lo contó en el bar…
Días después yo recibí una postal con el mismo código de dibujitos que habías logrado desentrañar. Tus palabras traducidas: “De acuerdo, vuela, yo te acompaño” respondiendo a mis versos.
Ya no estoy muy seguro pero creo que mientras dibujaba la postal para ti, en la cinta sonaba Brel “…je t´inventereai de mots insensées que tu comprendrás…” Una forma de amar que sólo está al alcance de quien sepa dónde buscar, en los anaqueles de arriba, donde las escaleras no alcanzan… Ahora suena Zitarrosa: “…qué pena que no me duela tu nombre ahora…”
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