La felicidad, un estado cuántico by Avelino Muleiro

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A lo largo de la historia constatamos la circulación por el bulevar de la cultura y por el camino del pensamiento de una amplia selección de teorías sobre la felicidad, generalmente conducidas y lideradas por pensadores de prestigio incuestionable en la egregia e insigne tribuna de la Historia. Citemos entre ellas la teoría aristotélica de la sabiduría como bien supremo –eudaimonía– (Ética a Nicómaco), la teoría del bien como placer de Epicuro (Carta a Meneceo), la teoría estoica de la felicidad como práctica de la virtud, de Zenón de Citio, Marco Aurelio y Séneca, la teoría de san Agustín según el cual la felicidad está en poseer y amar lo que es mejor para la persona, la teoría kantiana del deber, la teoría del compromiso incondicional de la persona con la propia vida que propone Jorge Bucay…

Después de compulsar y comparar todas esas teorías observamos la divergencia existente entre ellas a pesar de no hallar ninguna en la que no reluzcan destellos de verosimilitud empírica a nivel antropológico y de respeto formal a la coherencia lógica. Sin embargo, a todas y a cada una de esas teorías debemos apartarlas, aunque sea por puro pragmatismo, del plano epistemológico y del enfoque lógico para involucrarlas en los casos reales con la finalidad de descubrir si la felicidad de las personas consiste en disponer de los recursos que aporta cada teoría -sabiduría, placer, impasibilidad, libertad, dignidad, ilusión…- o, fundamentalmente, hallándose en esa posición real de sentirse feliz. Es decir, no enfocar la felicidad en los recursos que la puedan provocar, sino en la vivencia de sentir cada recurso como algo sumamente gratificante.

 

Ser feliz es sentirse feliz

Una persona es feliz cuando es consciente de estarse aproximando a las cosas que valora, de comprobar que se está acercando al ideal que se propone, o mismamente de lograr lo que se proponía previamente, sea lo que fuere. Se pueden dar las condiciones adecuadas para poder ser felices, pero en el caso de no reconocerlas ni de sentirse a gusto disfrutando de ellas, nadie se puede considerar feliz. La amistad, la salud, un nuevo hallazgo científico, el pago de una hipoteca, un viaje de ocio, el matrimonio … son circunstancias que estimulan la felicidad, pero si no se sienten como tales para disfrutar de cada una no hay felicidad. La felicidad no es una simple abstracción, un mero concepto, sino una emoción, una vivencia subjetiva y personal en la que cada cual selecciona los ingredientes para confeccionar su propia receta de la felicidad.

El detonante de un momento de felicidad puede estar en la situación más insólita. Incluso en fases vitales incompatibles. Hay etapas que en un momento provocaron vivencias y estallidos de una enorme felicidad, pero, pasado el tiempo, aquella felicidad renace en la cuna de una situación completamente antagónica. Por ejemplo, la boda suele generar felicidad en el matrimonio, no obstante, años más tarde, esa felicidad puede renacer en el divorcio. Lo mismo puede suceder con la felicidad que emana de la compra de un chalet, aunque más tarde puede ser su venta lo que produce felicidad.

En todo caso, la felicidad se fabrica, se disfruta y se vive en cada momento (carpe diem, aconsejaba Horacio). Por eso también, “en cada momento uno es tan infeliz como cree” (Giacomo Leopardi). Desde una perspectiva metafísica, la felicidad es una propiedad específica del ser humano -prescindo de entrar aquí en debate sobre la felicidad animal- pero no es un atributo necesario in actu, sino una condición permanente in potentia. En mecánica cuántica es, simplemente, un estado cuántico.

La arribada de la mecánica cuántica 

Carezco de información sobre posibles estudios que hayan establecido alguna relación entre la felicidad y la mecánica cuántica. No obstante, sabiendo que la realidad cuántica considera que la observación influye en el estado de las partículas, podemos intentar hallar alguna conexión entre nuestras percepciones y las emociones consecuentes que moldean nuestra experiencia de felicidad. Intentemos, pues, argumentar que la felicidad puede ser vista como un estado cuántico, donde las interacciones psicofísicas y la conciencia juegan un papel relevante. Este enfoque invita a considerar la felicidad no solo como un resultado definitivo, sino como un proceso dinámico influenciado por nuestras decisiones y por nuestros pensamientos. Intentémoslo, por tanto, conscientes de navegar en el arriesgado oleaje de esa docta ignorancia que describió el físico Richard Phillips Feynman (1918-1988): “Creo que puedo decir con seguridad que nadie entiende la mecánica cuántica”.

Una de las primeras revoluciones de la física cuántica fue abolir el paradigma analógico para aportar, hay ya varias décadas, los fundamentos de la transformación digital, un hallazgo excepcional sin el cual no podría funcionar actualmente de forma óptima nuestra sociedad. La gran aportación de la física cuántica estriba en la manipulación directa de la materia utilizando procesos cuánticos como la superposición y el entrelazamiento, unos recursos a través de los que se crean originales desarrollos técnicos para la computación, la comunicación y la detección, formando nuevas infraestructuras para la sociedad de un futuro inminente. Actualmente existen algunas tecnologías cuánticas  emergentes con un gran impacto de su potencial, como son la computación cuántica, los sensores cuánticos y la metrología cuántica. Estas tecnologías prometen avances disruptivos en ámbitos tan sensibles como la salud, el medioambiente, el transporte, la seguridad, la biología, etc. Así, en el campo de la salud, la computación cuántica podrá diseñar tratamientos farmacológicos a la medida del paciente y en menor tiempo. Mejorará la precisión de los diagnósticos y el seguimiento de las enfermedades; permitirá crear algoritmos de Inteligencia Artificial más avanzados que les será posible encontrar métodos de terapia más eficientes, e incluso va a posibilitar la manipulación de órganos a nivel molecular de forma inocua.

Estos hallazgos teóricos y todos estos extraordinarios avances tecnológicos al servicio de la sociedad, ¿serán también capaces de regalarnos y de incrementarnos la felicidad? ¿Seremos más felices en el futuro de la mano asistente y soberana de la mecánica cuántica? Es muy posible, pero empecemos por indagar cómo se puede incrustar la felicidad dentro de la mecánica cuántica.

El impacto social y científico de la mecánica cuántica

Max Planck (1858-1947) fue el creador de la física cuántica después de utilizar los “cuantos de acción”, una especie de pequeños paquetes de energía en los que se divide la luz y que funcionan de forma discreta, es decir, con números enteros (0 y 1). A partir de entonces (año 1900) se inició una carrera por cuantizar toda la realidad, comenzando por el mundo subatómico y finalizando en el mundo perceptible.

En el año 1924, el físico francés Louis de Brogli (1892-1987) defendió que la luz no es solo un conjunto de partículas -fotones-, sino que también se comporta como una onda. Luego se preguntaba, ¿por qué los electrones, que siempre se trataban como partículas, no se tratan también como ondas? Esta idea fue apoyada por Einstein. Entonces, Erwin Schrödinger (1887-1961) propuso utilizar la naturaleza ondulatoria de las partículas y formuló una teoría cuántica basada en las ecuaciones de onda. Nacía así la teoría ondulatoria de Schrödinger para la materia.

Respecto a nuestra relación personal con el mundo, todo es mecánica cuántica. La mecánica cuántica es una teoría que se acabó de construir hay noventa y siete años y, asumiendo la opinión de eminentes físicos, es la teoría más exitosa y poderosa que generó la humanidad. Todo lo que apareció después son añadidos. Los electrones, las partículas elementales, los quarks, etc., son hallazgos que han surgido dentro de la mecánica cuántica. Sorprende, sin embargo, que desde el año 1927, momento en que se consolidó la teoría, aparecieron, y siguen emergiendo aun ahora, diversas interpretaciones sobre la misma. Todas parten del mismo problema: del concepto de función de onda.

Esa pluralidad de interpretaciones puede clasificarse en dos grupos: el grupo de los que interpretan el estado cuántico o función de onda como un objeto con significado físico -como es, por ejemplo, el electromagnetismo- afirmando que la función de onda o estado cuántico tiene realidad física; y el grupo de los que consideran que el estado cuántico refleja una realidad física del sistema que se está observando, pero que funciona como una herramienta teórica utilizada para interpretar los fenómenos físicos, aunque esa función de onda no es física. En el primer grupo estarían, entre otras, la interpretación de Compenhague, las interpretaciones defensoras del colapso explícito y la teoría de los múltiples mundos o pluralidad de universos. En el segundo, estarían científicos como Einstein y Louis De Brogli.

La mecánica cuántica se aplica fundamentalmente al mundo subatómico, a los elementos ubicados entre los quarks y las moléculas, y por ahí comenzó su andadura; pero también se aplican al mundo supra atómico, al macrocosmos, al mundo perceptivo, y por eso se intenta descubrir la función de onda en los agujeros negros y en el universo. Además, la mecánica cuántica no se centra exclusivamente en la medida de los elementos, atómicos o moleculares, sino sobre todo en sus interrelaciones. Esas interrelaciones que acaecen en el mundo subatómico, y que no son observables, también trascienden al mundo observable, que está enraizado y asentado sobre el mundo subatómico. La mecánica cuántica es, pues, una herramienta muy potente para resolver problemas científicos, pero también para conquistar el progreso y el bienestar de la sociedad.

La función de onda o los estados cuánticos

Yo me sitúo en ese primer grupo de las interpretaciones de la mecánica cuántica para poder subir a su grupa la naturaleza y la esencia de la felicidad. Evidentemente es una visión absolutamente personal y subjetiva, que por supuesto ni se trató como tema ni se hizo la menor alusión a ella en la interpretación de Copenhague (1927). Pero al estar considerada como la interpretación ortodoxa de la mecánica cuántica, le aporta una validez científica indiscutible a todo aquello en que intervenga.

La interpretación de Copenhague aportó un dato muy interesante a la mecánica cuántica, esencialmente relacionado con el poderoso y sustancial papel del observador en la percepción de los fenómenos físicos, al afirmar que la observación crea el fenómeno. Esa interpretación modifica esencialmente la visión determinista del mundo de la mecánica clásica, dando paso a un mundo totalmente probabilístico e indeterminista. Esta interpretación de la mecánica cuántica le facilitó a la filosofía una ontología revolucionaria, pues descubría que existen realidades microfísicas que suelen encontrarse ubicadas en estados de superposiciones -combinaciones lineales- de estados elementales.

Una de las razones de la Interpretación de Copenhague -nombre asignado en reconocimiento al físico Niels Bohr, que era de Copenhague-, aunque la reunión en la que se forjó la interpretación tuvo lugar en Como (Italia), surge a consecuencia de la interpretación de la Ecuación de Schrödinger y de la superposición de estados. En aquella reunión, donde se juntaron Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Born…, -sorprendentemente no asistieron Einstein, Schrödinger ni Dirac-, Niels Bohr formuló el principio de complementariedad, según el cual dos propiedades complementarias no se pueden medir simultáneamente con total precisión, de modo que a una mayor precisión de una de ellas, menos exactitud se obtiene de la complementaria. El ejemplo en el que se centraba Bohr era en la dualidad partícula-onda, un hallazgo de Louis de Brogli pocos años antes de aquella reunión. En este caso, un fenómeno cuántico, como puede ser un fotón, solo se puede presentar en un momento concreto como onda o como partícula. Si aparece como onda, entonces su situación como partícula quedará indeterminada. Y al revés, si se presenta como partícula, la indeterminación del fotón será como onda. Ese planteamiento de Bohr fue fundamental para que Heisenberg propusiera su principio de incertidumbre o indeterminación.

El principio de complementariedad es un hallazgo de una enorme importancia porque significa que aquello que observamos en nuestros experimentos no es la naturaleza real que percibimos sensorialmente. Por ende, dos propiedades complementarias no se pueden medir con la misma precisión en el mismo instante. Y así el principio de incertidumbre formulado por Heisenberg postula que no podemos conocer la posición y la energía de un sistema de forma simultánea. De ambas teorías podemos inferir que no se puede observar la Naturaleza sin interactuar con ella, posibilitando así que los estados colapsen en uno único resultado. De esa forma, el mundo físico “real” es el colapso de los estados cuánticos.

Aquella idea de que el mundo que nos rodea esté determinado por nuestra propia observación y de que los resultados se rijan más por un sistema probabilístico que por el determinismo, no convencía a Einstein ni a otros científicos. “Dios no juega a los dados”, dijo Einstein. Pese a todo, la Interpretación de Copenhague se fue reforzando, mientras las teorías y experimentos diseñados para refutarla caían por su propio peso. Entre ellas la conocida paradoja EPR (Einstein-Podolsky-Rosen), que tiene como referencia dos partículas que interactuaron en el pasado y quedaron en un estado entrelazado. Imaginemos que dos observadores reciben cada una de esas partículas. Si un observador mide la inercia de una, sabe cual es la inercia de la otra. Se mide la posición, y gracias al entrelazamiento cuántico y al principio de incertidumbre puede saber la posición de la otra partícula de forma instantánea, aunque la otra esté ubicada en otra galaxia, lo cual contradice el sentido común. Esta paradoja pretendía criticar el concepto de localidad de la mecánica cuántica al admitir la acción a distancia y el problema de la medición.

Schrödinger pretendió incorporarse a la paradoja EPR describiendo cómo se podría crear una superposición en un sistema a gran escala haciéndolo dependiente de una partícula cuántica en una superposición. Y así propuso un escenario con un gato en una cámara de acero cerrada, en el que la vida o la muerte del gato dependía del estado de un átomo radiactivo que se podía descomponer emitiendo radiación o que no se descompusiera. Según la interpretación de Copenhague, el gato permanece vivo y muerto hasta que se entra en la cámara y se observa el estado del gato, que estará vivo o muerto.

La felicidad, un estado cuántico

Intentemos inicialmente introducir la felicidad dentro del lenguaje cuántico. Una vez que ya dejamos concretado anteriormente que la felicidad no es un atributo que forma parte sustancial del ser de la persona, sino del tener, admitimos que es un accidente que puede estar presente o ausente en cualquier ser humano. Por lo tanto, podemos decir que la felicidad es un estado -la palabra procede del verbo estar– en el que se puede encontrar una persona en los diferentes momentos de su vida. Y aquí ya quedamos atrapados en las redes de la mecánica cuántica.

lo que nos pasa en la vida son hechos, y un  hecho es un estado de cosas o una sucesión de estados. La felicidad no deja de ser un hecho, un fenómeno psicofísico de tipo emocional. No hay hechos sin cosas, como tampoco hay universo sin materia. El estado es cada uno de los sucesivos modos de estar en los que se encuentra una cosa concreta. El estado es diferente al atributo sustancial, ya que este tipo de atributos consiste en aportar cualidades características in actu o propiedades esenciales a un sujeto. Es, pues, inseparable del sujeto. En contraposición a atributos como “madre”, “médico”, “doctor”, “arquitecto”, “atracador”… que se asignan consubstancial e incondicionalmente a los respectivos sujetos (María es tu madre, Adela es doctora, tu vecino es médico, su primo es atracador…)- todos unidos con el verbo ser-, hay otros atributos o propiedades, como  “enfermo”, “cansado”, “dormido”, “feliz”, “distraído”… (Jacobo está dormido, Ana está enferma, Luis está feliz…) -todos relacionados con el verbo estar-, que aparecen relacionados con el sujeto tan sólo de forma circunstancial.

“Los estados de cosas se pueden describir” (L. Wittgenstein: Tractatus Logico-Philosophicius. 3.144). “La cosa es independiente en cuanto puede entrar en todos los posibles estados de cosas, pero esta forma de independencia es una forma de conexión con el hecho atómico, una forma de dependencia” (Tractatus. 2.0122). Estas afirmaciones de Wittgenstein, formuladas pocos años antes de la reunión en Copenhague, señalan la confluencia conceptual de la filosofía y de la física. Recordemos que el Círculo de Viena, fundado por Moritz Schlick e integrado por filósofos que abogaban por una filosofía centrada en la ciencia, nació como resultado del estudio del Tractatus de Wittgenstein que realizaron sus integrantes.

Si el mundo real es el colapso de los estados cuánticos -donde la observación crea el fenómeno-, la felicidad puede ser explicada como una superposición de estados cuánticos posibles. Eso significa que en un momento determinado, una persona puede estar experimentando simultáneamente alegría y tristeza, sentirse feliz y desventurada, considerarse afortunada y desafortunada… igual que el gato de Schrödinger, que estaba vivo y muerto. Solo cuando la persona se observe a sí misma y reflexione sobre su emoción del momento, colapsará de la superposición y se sentirá feliz. ¿Cómo estaba antes de reflexionar y de observarse interiormente? ¿Era feliz o desventurado?

De conformidad con la superposición cuántica -principio fundamental de la mecánica cuántica-, un sistema físico puede existir simultáneamente en múltiples estados posibles hasta que se realiza una medición. En consecuencia, no puede saberse si era feliz o desventurado por no haber colapsado; es decir, por no haberse observado interiormente para colapsar. Solo así se puede enterar si es feliz o infeliz -como en el célebre gato de Schrödinger, que no se podía saber se estaba vivo o muerto antes de colapsar, es decir, antes de abrir la cámara-.

Por lo tanto, el encaje de la felicidad en la mecánica cuántica parece lógico. La felicidad no es un atributo consubstancial, porque las personas no somos felices, sino que estamos felices. Y esos modos de estar crean estados, que son resultados de colapsos cuánticos.

Una conclusión adecuada para cazar la felicidad en un enclave cuántico podía ser esta: Ir a la caza de todo lo que nos ilusiona, nos agrada y nos enriquece como personas. Luego, intentar seleccionar en cada momento lo que más nos conviene y apasiona.… para disfrutarlo, amarlo, cuidarlo, vivirlo y sentirlo para que colapse lo antes posible. Y, sobre todo, no dejar pasar la oportunidad de programar al máximo los colapsos cuando las circunstancias son propicias, ya que hay trenes que solo pasan una vez en la vida.

 

 

 


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