El pasado fin de semana me levanté con el ánimo crecido y el espíritu feudal y nobiliario. Con estas premisas me puse a escribir un relato con pinceladas históricas. Espero que os guste, mis queridos vasallos.
El conde de Cebolledo
No conocí a mi abuela, ella murió mucho antes de que yo naciera. Pero los que la trataron hablaban maravillas de ella: simpática, amable, culta y, sobre todo, con una gran personalidad. Mis abuelos murieron jóvenes y dejaron huérfanos a mis padres, que tuvieron que buscarse la vida desde pequeños. A base de trabajo y esfuerzo lograron sacar adelante una pequeña familia de la que yo era su retoño querido. A mis padres no les gustaba hablar de su familia ni de su pasado. Sólo decían socarronamente que eran de buena familia venida a menos. Algo que nunca llegué a comprender del todo.
Mis padres vivieron una vida sencilla pero sin estrecheces. Y cuando llegó el momento, uno detrás de otro se fueron al cielo. Con pocos meses de diferencia. A mi me dejaron un titulo universitario y un pisito bastante céntrico. Lo primero me permite vivir bastante bien de mi trabajo. Lo segundo me da tranquilidad financiera y me trae recuerdos de mi infancia.
Entre las pertenencias de mi padre encontré, al fondo de un armario, un cofre de aspecto muy antiguo. Estaba repleto de papeles, documentos, cuadernos, fotos antiguas y un par de librillos. El primero de ellos narraba la historia del Conde de Cebolledo.
«Don Ramiro Pérez de Aguiar, caballero español, fue un militar y marino que despuntó a las órdenes del rey de España en diversas batallas.» Una vida de aventuras en los siglos más brillantes del Imperio Español. Don Ramiro luchó en el Mediterráneo y en el Atlántico, defendiendo plazas y escoltando a los convoyes provenientes de América. Fue capitán del galeón “Asia”, uno de los más importantes de la flota imperial. Y terminó sus días como embajador en Francia y escribiendo sonetos y entremeses en sus ratos libres. Todo un caballero del renacimiento. Por sus méritos, el rey Felipe le concedió el título de Conde de Cebolledo y un castillo en las montañas de León.
En el otro librillo, manuscrito como el anterior en cuidada caligrafía inglesa, se hacía inventario de los siguientes herederos del título nobiliario. Desde don Ramiro, primer Conde de Cebolledo, hasta mediados del siglo XIX, donde el título se da por extinguido, al morir sin descendencia su último propietario.
En documento adjunto, los sobrinos nietos del último conde envían carta al rey Amadeo I (Amadeo de Saboya) suplicando la restitución del título y las consiguientes propiedades y derechos adquiridos. Al parecer, la familia había caído en bancarrota y esa era su única esperanza de volver a los antiguos fastos condales. Desafortunadamente, la Primera República archivó el tema.
En una de las libretas estaba apuntada la lista de misivas, instancias y rogativas enviadas a los gobiernos y/o monarcas subsiguientes. Junto con el nombre de los correlativos herederos dinásticos del título. La última de la lista resultó ser mi abuela. Intuyo que fueron mis bisabuelos los que siguieron y recopilaron los documentos y los que añadieron el nombre de mi abuela. Ella, sin embargo, parece no haber continuado con las gestiones. Y mucho menos mis padres, que ni siquiera lo nombraron ni como anécdota en toda su vida.
Si todo esto es cierto, siguiendo la línea sucesoria yo sería el décimo quinto Conde de Cebolledo. He buscado en internet y he encontrado el escudo heráldico que me corresponde. Sobre campo de gules una cabra rampante de oro con una cebolla, también de oro, en la boca. Ya he encargado una copia en madera policromada para colgar en el salón de casa. Y una insignia de plata para llevar en la solapa.
A partir de ahora voy a vestir siempre de traje y corbata y exigir que se me trate de Ilustrísima.
No sé cómo se lo van a tomar en la oficina…
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