viernes, mayo 8 2026

Las posturas by Nacho Valdés

Lo político se manifiesta en múltiples formas, tantas como individuos conforman la sociedad. De manera patente, se producen distintas agrupaciones con intereses compartidos, pues, por mucho que se impongan las propuestas neoliberales tendentes al individualismo y la atomización, paradójicamente estas inclinaciones también están necesitadas de cierto nivel de organización y colaboración. El sujeto, por sí mismo, sin apoyo comunitario, está abocado a la disolución en el conjunto. No obstante, si se logran los imprescindibles respaldos pueden alcanzarse las metas propuestas dado que los conjuntos tienen más fuerza que la partícula. Ahora bien, la fusión de estas particularidades en un bloque con ideas más o menos coincidentes permite la obtención de los propósitos compartidos con independencia de las posibles divisiones internas, que igualmente se producen. Contamos con innumerables ejemplos históricos para demostrar cómo, una vez logrado el planteamiento inicial, se da la purga interna entre las facciones integradas en el conjunto. Para muestra la Revolución rusa, fenómeno sociopolítico que fue evolucionando hasta el estalinismo dejando atrás a los que no terminaban de comulgar, o lo hacían de manera tibia, con el mesianismo desarrollado y el culto al líder supremo. Aquí en España podríamos hablar del golpe de 1936 y la posterior deriva hacia el personalismo político dejando atrás a Falange y monárquicos.

No todos los individuos tienen el mismo peso en la comunidad. Está claro que aquellos con más recursos, mejor situados en un estrato social elevado o cargados de prebendas, sean estas del tipo que sean, tienen más posibilidades de hacer fortuna cuando se pretende bascular el orden social en una determinada dirección. Y esto con independencia de sus virtudes, aunque, en algunas ocasiones contadas, también puede darse la circunstancia de aunar en una única personalidad el abolengo y el talento; componentes que no suelen coincidir necesariamente por mucho que se caiga cotidianamente en la confusión óntica que embrolla el tener con el ser. Cuando se promueve el cambio político lo primero es tener garantizados los apoyos imprescindibles para consumar la alternativa. En caso contrario, todo quedará en un intento fracasado con grandes probabilidades de revertirse contra los instigadores de la disyuntiva política. Asimismo, existen innumerables ejemplos en este sentido, golpes de estado o cambios de rumbo abortados antes de darse los primeros pasos. Es, por tanto, condición necesaria lograr el patrocinio de los instalados en los poderes, tanto civiles como militares. Una alternativa es fusionar una masa humana de tales dimensiones que sea imposible oponerse a este empuje, pero esto cae más bien en el terreno del mito, pues, sin el sostén de la fuerza y los recursos materiales es imposible oponerse de manera concluyente al peso de la cotidianeidad.

Con todo, había quedado dicho que ciertos personajes, ya sea por su carisma o por sus posibilidades económicas, pueden ejercer una influencia sobresaliente que sobrepasa las posibilidades de cualquier particular. El primer caso, el de la valía personal con independencia del respaldo financiero, suele coincidir con algún líder social embargado en la consecución de derechos o sumido en la defensa de algún colectivo. La historia contemporánea es prolija en ejemplos sobre este tipo de ciudadanos, normalmente gente anónima obligada de manera casual a comprometerse con alguna causa entendida como superior. En Estados Unidos podríamos hablar de Rosa Parks y aquí en España de Clara Campoamor, representantes del enfrentamiento contra la injusticia. Existen innumerables personas anónimas enfrascadas en activismos silenciosos, pero imprescindibles para mantener la atención sobre las contradicciones y problemáticas insertas en nuestro orden social. Sin este generoso altruismo lo más probable es que muchas cuestiones cayesen en el olvido y terminasen por obviarse, algo que termina por enterrar cualquier movimiento civil. Por tanto, desde esta perspectiva resulta posible la influencia en lo político a pesar de los impedimentos y obstáculos a rebasar por carecer de los medios asociados al dominio.

En otro ámbito, podríamos hablar de cierta clase empresarial que también busca clavar su pica en el conjunto comunitario para así orientar el orden social hacia sus intereses. En este caso, más que un compromiso por las causas civiles, se muestra un empeño por defender sus posicionamientos privilegiados. Es decir, hoy por hoy podría traducirse en una desregularización y un adelgazamiento estatal con el peligro, tangencial para cualquiera con abundantes recursos, de hacer colapsar nuestro estado de bienestar. Se organizan campañas, se lanzan proclamas y se inundan los ámbitos de opinión para cambiar el sentir de los estratos inferiores y conseguir su favor. No en vano, los actuales multimillonarios son contemplados con una devoción prácticamente mística; se vuelve a dar la confusión entre el ser y el tener, algo que debiera estar más que aclarado. De nuevo la historia como magistra vitae puede traer a colación múltiples nombres que emplearon su fortuna para el desequilibrio comunitario; siempre hacia su lado, claro está. En España podría hablarse de Juan March o José Banús, personajes hoy ensalzados a los altares de la idolatría, aunque tuviesen un peso esencial en el ascenso y consolidación del totalitarismo patrio. Sería inocente considerar que esto ya no sucede, pues, por traer a colación una última muestra, podríamos hablar de Elon Musk y sus pretensiones por cambiar el paradigma, en este caso universal. Esta megalomanía, adoración y servilismo concentrados en tipos de esta catadura convierten el mundo en un escenario mucho más injusto. Será interesante comprobar cómo se desenvuelven las próximas elecciones estadounidenses.


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