sábado, junio 13 2026

Experiencias con la hipnosis por Mirna E.Gennaro

Mucho se ha dicho sobre la hipnosis. Se usó como entretenimiento, como forma de ejercer un poder sobre el hipnotizado y ahora hasta como tratamiento médico. Pero lo que les voy a contar está a un paso del delito, aunque no estoy tan segura.

Hay razones que la razón no entiende… Eso pensé cuando mi amigo Lucio decidió entrar en la banda del colegio. Él no dominaba ningún instrumento de metal para ingresar a la orquesta, así que se tuvo que conformar con tocar los chinchines.

Más pronto que tarde, Lucio se aburrió. O eso fue lo que dijo, por lo menos. En realidad, yo creo que se sentía avergonzado. Cualquiera puede tocar los chinchines, no por nada los enseñan a los chiquitos de jardín de infantes, junto con los toc-tocs.

Como no disponía de mucho tiempo para aprender el arte del instrumento que a él le parecía más bello, el trombón, decidió recurrir a un tratamiento de aprendizaje acelerado que promocionaba un supuesto médico.

En solo dos meses él dominaría la técnica para tocar el trombón. Así lo creía y con ese ánimo se dispuso a someterse a las sesiones de hipnosis. Cuando yo le pregunté cómo eran las clases, lo único que pudo decirme fue que, al llegar al consultorio, él debía mirar fijamente el péndulo del reloj de pared durante una hora seguida. Otra cosa no recordaba hasta que, pasada la hora, despertaba del ensueño y recuperaba su sentido de la realidad.

—¿Y cómo te está yendo en la orquesta? —quise saber.

—De maravilla —respondió él, feliz de la vida.

—¿Cuántas sesiones te faltan con el médico?

—Solo una más. Él dice que ya domino el instrumento como los dioses.

La expectativa me mataba. No podía creer que tan solo en dos meses mi amigo Lucio fuera un experto ejecutor del trombón. Intenté colarme en uno de los ensayos de la orquesta, pero ese lugar parecía un fuerte inexpugnable, custodiado por varios preceptores.

Tanto era mi entusiasmo que insistí para que mis padres fueran a presenciar el milagro. Y, por lo que me dijo mi amigo, toda su familia estaría presente, también. Llegó el día. El salón de actos estaba a reventar. Los padres, hermanos, primos y abuelos estaban presentes para vitorear a los favoritos de ese día, los miembros de la banda escolar.

Según el programa del acto, serían el último espectáculo, ejecutarían varias marchas y cerrarían con el Himno a la alegría, de Beethoven. El acto transcurrió sin problemas, salvo por un par de bailarinas que se tropezaron en escena y un niño que olvidó la mitad de su poema. Pero el público hacía caso omiso de esos reveses, porque a los niños no se los juzga tan duramente y porque sabía que al final estaba la recompensa.

Se apagaron las luces del salón. En la penumbra, podíamos escuchar cómo corrían las sillas para que se ubicara la orquesta. El ruido de los atriles, las pequeñas pisadas, algún que otro sonido a violín o flauta traversa, afinando. Yo esperaba que sonara el trombón, pero no pasó nada. Cuando encendieron las luces, allí estaba mi amigo Lucio, en un rincón, no llevaba instrumento, o eso creí.

La orquesta ejecutó las piezas musicales con gran soltura. Eran muy buenos, se notaba que estaban bien preparados. Los violines dulces, las flautas cantarinas, un timbal profundo y algunos otros sonidos celestiales. Lucio finalmente intervino. Con una enorme sonrisa, como si estuviera en el mismo cielo de los músicos, levantó sus brazos y ejecutó: chin, chin, chin.

¡Yo no entendía nada! Pensé que Lucio me había mentido, luego pensé que el tratamiento no había funcionado y, pese a todo, Lucio se había resignado a lo que le había tocado.

Cuando fui a felicitarlo, no hice ningún comentario, no quería revolver el cuchillo en la herida. Solo le dije que su participación había estado perfecta y él aceptó el alago de buen grado. Días después fui a ver al médico que lo había tratado con hipnosis. Para mi sorpresa, su respuesta a mi reclamo fue:

—¡Pero niña! ¿Te crees que en dos meses se puede enseñar a alguien a tocar el trombón? Deberías saberlo. Pero lo que sí se puede hacer es que la persona sienta que ha logrado su meta y sea feliz tocando los chinchines.

En fin, cosas de la hipnosis. Lucio creía que tocaba el trombón, de alguna manera era feliz. ¿Quién era yo para decirle que estaba equivocado? ¿O no? No estoy muy segura.

@Mirna E. Gennaro texto
@imagen Pinterest


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