Cada palabra que ella pronuncia se queda flotando, suspendida forzosamente en el aire denso que invade mis pulmones. Aspiro grandes bocanadas, buscando ese poco oxígeno que me concede, pero es como si cada sílaba se enroscara dentro de mí, asfixiante.
Su mirada, fría como una ventisca invernal, me roza primero y luego atraviesa cada poro de mi piel, congelándome desde adentro. Todo mi cuerpo tiembla bajo ese toque invisible, como si su desaprobación fuera un cuchillo de hielo que se clava lento, metiéndose en mi garganta, atascando las palabras que quisiera gritar, convirtiéndolas en piedras que cargo en mi pecho. Las contengo, y en ese silencio autoimpuesto, me hago prisionera.
Y siento su perfume dulce impregnando mi amígdala cerebral, activando recuerdos infantiles que aparecen como sutiles puñales. De repente, mi cuerpo adulto se encoge, se vuelve pequeño y desprovisto; vuelvo a tener cortos 4 años, gritándole a kilómetros de distancia que me proteja, que me están haciendo daño. Pero su consuelo es solo un espejismo, un abrazo que dura apenas un parpadeo, porque al final siempre elige dañarme.
Esa niña le llora y reclama desde este cuerpo adulto fragmentado. Pero ella renuncia a escucharme e incapaz de sostener el peso de mi reclamo, se voltea, como si mis heridas fueran un espejo que no quiere mirar. Y en ese gesto, lo entiendo todo: siempre he sido la niña desprotegida. Todo en ella es un recordatorio de lo que nunca tuve y de lo que me fue arrebatado, como una caricia que duele, un abrazo que asfixia. Sus palabras se clavan como anclas invisibles, sujetándome al suelo mientras la imagen de la madre protectora se disuelve en una tormenta de reproches.
Es entonces cuando se cruza de brazos, finge oírme, y siento cómo mi poca humanidad se cuela por sus dedos llenos de anillos de Saturno. Sé que son de ahí, porque Saturno devoró a sus hijos, y yo siento cómo ella me mastica hasta hacerme mínima. Escupe partes de mí solo para devolverlas a su boca, porque todo de mí le pertenece, y repite. Su boca no se sacia nunca, repite y mastica, siempre con esa sonrisa que promete protección y entrega cuchillos.
Sus palabras no solo hieren, sino que erigen murallas invisibles a mi alrededor. Cada insulto es un ladrillo que me encierra, cada burla un candado que aprieta mis entrañas. Estoy atrapada en su laberinto emocional, donde ella dicta las reglas y yo no tengo más opción que callar. Ella me recuerda que soy exagerada, una niña haciendo berrinches, pero sus frases han cincelado grietas en mi psique, dejándome rota en lugares que ni siquiera sabía que existían.
Ella dice que soy inteligente, tan inteligente que mi cabeza me empuja a sentirme así, que mis emociones son fruto de una mente demasiado viva. Y, sin embargo, sus palabras, dulces como veneno, son las que penetran mi carne, dejando cicatrices invisibles que cargo como tatuajes de dolor. Me recuerda que solo ella podría quitarme la vida, y al hacerlo, no sé si me está protegiendo o amenazando, porque al final, solo soy otra presa de su festín, una pieza más de su colección.
Ella me tuvo y aún me tiene, un eco de gritos ahogados que jamás permitirá salir, porque su poder radica en el control, lo que la mantiene viva y pulsátil, mientras a mí me deja despojada, un cascarón hueco, sofocada por el peso de lo que nunca diré. Estoy atrapada en una muerte lenta, donde cada palabra silenciada es otro clavo en mi ataúd emocional.
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