sábado, septiembre 12 2026

Los tres perros de la muerte.-Crónica.- por Jesús Cello

Una madrugada como tantas otras hace algunos años, cuando vivía en el piso 7 de un edificio, se desató un diluvio inusual que no dejaba de caer como una maldición, como un castigo, como una negra profecía.

Desde la perspectiva de la altura tenía una imagen privilegiada de la ciudad, los edificios del centro se recortaban en el horizonte con líneas asimétricas negras por la noche y azules por un cielo que comenzaba a desplomarse sin piedad.

Los relámpagos que iluminaban con rayos esa postal del infierno, me transmitían con eficacia esa sensación clásica del cine de terror, los truenos además explotaban como bombas con una acelerada y nerviosa frecuencia, como si estar en un edificio me acercaba más al cielo enfurecido del espanto y el sonido y la bravura del viento desde el este,  que rugía amenazante entre las paredes de las construcciones vecinas, me daban la sensación por momentos que estaba dentro de un tornado.

Desenchufé todos los artefactos electrónicos por precaución, mientras mi mujer y mi hijo de 7 años dormían seguros en las habitaciones contiguas. Se va a cortar la luz en cualquier momento pensé en voz alta y así ocurrió apenas concluí la frase como un mal presagio. A tientas busque en el viejo cajón del mueble de algarrobo, la linterna verde y las velas, e ilumine el reloj de la pared cuyas manecillas dibujaban las formas de las 3 en punto, con un ritmo suave pero febril, porque de eso trabajan los relojes, de contarnos la exactitud del tiempo a través de los años.

Tenía una radio a pilas diminuta que todavía agonizaba una energía estéril por la corrosión, entrecortándose por las descargas eléctricas de la estática y la furia de la tormenta, pero aún así, me alcanzaba a vaticinar algunas cosas.

Desde la altura el viento siempre contiene velocidades diferentes, eso lo aprendí en las montañas cuando como soldado nos dejaban perdidos por días en los inviernos más crueles.

Me acerqué a las ventanas para cerciorarme que estén bien selladas y fue ahí que los vi, a esos tres perros negros de la calle corriendo desesperados buscando un refugio. Me dieron ganas de bajar y rescatarlos, porque seguramente morirían ahogados o electrocutados por los cables cortados por el viento bajo el agua.

Entonces los perros me dejaron perplejo cuando los vi remover las bolsas de basura de los sumideros, llevándoselas apretadas en la boca contra la pared de una librería. Enfrente había un pequeño techo de lona de un quiosco abandonado en una esquina, frente a una escuela, y ahí se quedaron los tres juntos como si fueran hermanos esperando la muerte hasta el final, soportando el vendaval con sus cuerpitos negros pegados, como hacen los pingüinos en las tormentas polares, girando sin parar con los pichones en el centro para darles calor. Por suerte la tormenta empezó a ceder hasta convertirse en una cortina débil, lo mismo que el viento, que esparcía con furia las miserias de una sociedad injusta y desordenada hacia el oeste mientras los perros desaparecían de mi vista, tal vez buscando un refugio más seguro.

Preparé café mientras mi mujer se vestía para ir al trabajo y desperté a mi hijo despacio para ir a la escuela. Pero la lluvia y el viento seguían, con una desigual intensidad pero implacables. Ya era la hora del ingreso de la escuela secundaria que estaba enfrente y al acercarme a la ventana veo pasar a un colectivo a demasiada velocidad, como si estuviera escapando de algo, más teniendo en cuenta que debía doblar en la esquina.

Después escuché la frenada, los gritos, el silencio de muerte posterior. Salí del departamento como un reflejo humano, sin pensar, tal vez atropelló a los perros, decía para mis adentros mientras bajaba las escaleras de a saltos, ya que el ascensor estaba muerto por la falta de electricidad. Cuando llego a la esquina, veo por la calle interior, el cuerpo de una chica adolescente tirado al costado del colectivo, el chofer arrodillado en estado de shock, los pasajeros y vecinos llorando en la vereda en pijama y pantuflas algunos, horrorizados. Cuando llega la policía, tapan el cuerpo con una bolsa de plástico y se llevan al chófer detenido, dejando un guardia de custodia junto al cadáver. Cuando llega por fin una ambulancia una joven médica constata el deceso visiblemente consternada pero le informa al policía que no la pueden trasladar porque es menor de edad y por protocolo oficial debía hacerlo la ambulancia del hospital de niños que como una burla del destino se encontraba solo a tres cuadras. Algunos vecinos, los más exaltados comienzan a insultar a la médica y al chófer que se resguardan dentro de la ambulancia, esperando bajo la custodia del policía.

La imagen de la calle parece extraída del neorrealismo italiano de pos guerra, pobreza ,muerte,
desolación. Justo en ese instante aparecen los 3 perros negros y se acuestan junto al cadáver de la chica llorando, gimiendo, pidiendo ayuda.

Nadie hace nada, sin hablar los perros nos interpelan a todos, la médica atada a la legalidad de un protocolo absurdo, deshumanizante, vecinos paralizados por la policía, una sociedad enferma e indiferente y en el medio tres perros de la calle llorando por una niña que jamás conocieron.

A veces los veo dando vueltas por ahí, buscando un hogar, callejeando la vida para poder comer.
Siguen juntos los tres a pesar de todo.

@Jesús María Cello.


Descubre más desde Masticadores

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Descubre más desde Masticadores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo